Por Sofía Rosenfeld.
«El simulacro no es lo que oculta la verdad. Es la verdad la que oculta que no hay ninguna. El simulacro es verdadero.»
Jean Baudrillard
Durante décadas nos acostumbramos a decir que vivíamos en la postmodernidad. La palabra terminó sirviendo para nombrar la fragmentación, la pérdida de certezas, la crisis de las ideologías, el individualismo, el consumo, la multiplicación de imágenes y el debilitamiento de las instituciones. Lyotard habló del agotamiento de los grandes relatos, Vattimo de la imposibilidad de sostener una historia unitaria, Baudrillard de la simulación y Lipovetsky de un individuo entregado a la elección, el deseo y el presente. El problema es que quizás seguimos utilizando el nombre de una época que ya terminó.
La postmodernidad había nacido alrededor de una sospecha. La razón moderna prometió progreso, conocimiento y emancipación, mientras el siglo XX acumuló suficientes catástrofes para destruir aquella confianza. Marx había advertido que detrás de las ideas existían intereses y relaciones materiales; Freud descubrió un inconsciente que volvía imposible la transparencia del sujeto; Nietzsche atacó la pretensión de una verdad desprendida de la perspectiva; Heidegger observó la expansión de una racionalidad calculadora; Adorno y Horkheimer mostraron que la razón emancipadora podía convertirse en instrumento de dominación. El sujeto soberano comenzaba a agrietarse y la postmodernidad hizo de esas grietas su territorio.
Durante algún tiempo aquello pudo parecer una liberación. Caían las autoridades, se debilitaban las identidades obligatorias, las verdades universales eran sometidas a sospecha y el individuo conquistaba espacios antes regulados por estructuras disciplinarias. La multiplicación de opciones parecía ampliar la libertad. La sociedad se convertía en aquel enorme supermercado descrito por Lipovetsky: estilos, identidades, consumos y formas de vida disponibles para sujetos aparentemente emancipados de las antiguas obligaciones.
Algo ocurrió después. El vacío también podía administrarse.
El supermercado se convirtió en plataforma. La televisión en pantalla permanente. La publicidad en vigilancia. El consumidor en dato. El sujeto fragmentado terminó convertido en perfil.
Esa transformación modifica el problema. El poder contemporáneo necesita conocernos menos de lo que imaginamos. Le alcanza con calcularnos. No necesita descubrir quiénes somos, necesita anticipar qué probablemente haremos. Cada búsqueda, compra, desplazamiento, reproducción, pausa, fotografía y reacción deja una huella susceptible de ser procesada. Nunca hablamos tanto de nosotros mismos y nunca fue tan sencillo convertir esas expresiones en información económicamente aprovechable. La intimidad comienza a adquirir el aspecto de una anomalía histórica.
La ironía resulta extraordinaria. Durante siglos el poder encontró dificultades para observar a los individuos. Ahora transportamos voluntariamente los dispositivos capaces de registrar nuestros movimientos, relaciones y preferencias. Los llevamos al trabajo, a la mesa y al dormitorio. Los alimentamos permanentemente con información y sentimos ansiedad cuando la batería amenaza con apagarlos. El panóptico habría envidiado nuestra colaboración.
La postmodernidad celebró la proliferación de opciones como una forma de emancipación. Nuestro presente descubrió algo bastante más sofisticado: pueden multiplicarse las posibilidades mientras se organiza silenciosamente el campo dentro del cual elegimos. Podemos pasar horas seleccionando películas, canciones, noticias, restaurantes, productos, parejas, opiniones y formas de entretenimiento. La cuestión decisiva está en quién ordenó previamente el menú.
El algoritmo no necesita prohibir. Recomienda. Tampoco necesita imponer. Sugiere. Aprende qué nos detiene frente a una pantalla, qué despierta nuestra indignación, qué deseamos comprar, qué rostros atraen nuestra atención y qué opiniones confirman aquello que ya pensamos. La antigua disciplina exigía obediencia. La nueva arquitectura del poder aspira a algo mucho más cómodo: nuestra participación.
Entonces aparece la inteligencia artificial y lleva el problema hacia un territorio que la teoría postmoderna apenas podía imaginar. Después de haber dedicado décadas a desmontar la figura del sujeto racional soberano, comenzamos a transferir algunas de sus antiguas funciones a sistemas artificiales. Preguntamos a máquinas, escribimos con máquinas, seleccionamos mediante máquinas, producimos imágenes con máquinas y aceptamos recomendaciones elaboradas por sistemas cuyo funcionamiento la enorme mayoría de sus usuarios desconoce. La razón no desapareció. Se volvió infraestructura.
También la simulación cambió de escala. Baudrillard pensó una cultura en la que las imágenes podían terminar sustituyendo nuestra relación con lo real. Hoy una fotografía puede representar un acontecimiento inexistente, una voz puede pronunciar palabras jamás pronunciadas, un rostro puede pertenecer a una persona que nunca nació y un texto puede circular sin que exista detrás una conciencia humana que lo haya escrito. La simulación dejó de ser una extravagancia filosófica. Se convirtió en una herramienta cotidiana.
Las consecuencias políticas son enormes. Una democracia necesita alguna forma de realidad compartida. Podemos discutir interpretaciones e intereses porque todavía suponemos que existe un mundo común sobre el cual discutir. Cuando esa superficie comienza a romperse, cada comunidad recibe sus imágenes, cada individuo sus recomendaciones, cada grupo la confirmación de sus sospechas y cada algoritmo aprende qué versión de la realidad consigue retener mejor nuestra atención. Seguimos llamándolo comunicación mientras compartimos cada vez menos mundo.
El viejo temor era que alguien controlara toda la información. Nuestro presente ofrece una posibilidad más inquietante: que exista tanta información, tan veloz, contradictoria y personalizada, que resulte imposible distinguir aquello que merece nuestra atención. La censura incluso puede resultar innecesaria. El ruido cumple mejor la tarea.
También desapareció el vacío que había diagnosticado Lipovetsky. Cada espera puede llenarse, cada silencio interrumpirse, cada momento de aburrimiento capturarse. Una pantalla acompaña el desayuno, el viaje, el trabajo, el descanso y el insomnio. Nunca almacenamos tanta información y nunca olvidamos con semejante velocidad. Nunca tuvimos tantas posibilidades de comunicarnos y pocas veces resultó tan difícil permanecer realmente atentos a alguien. Incluso la soledad tiene conexión inalámbrica.
Por eso resulta insuficiente continuar llamando postmodernidad a nuestro tiempo. Aquella categoría describió admirablemente la demolición de las certezas modernas, pero dice bastante menos acerca de lo construido sobre sus ruinas. La fragmentación, el individualismo, la estetización, el relativismo y el consumo fueron absorbidos por una arquitectura tecnológica capaz de registrarlos y convertirlos en información. La diversidad produce datos. La identidad produce datos. El deseo produce datos. La rebeldía produce datos. Incluso la crítica produce datos.
El capitalismo contemporáneo aprendió además a metabolizar aquello que pretendía enfrentarlo. La contracultura puede convertirse en estética, la disidencia en marca, la identidad en segmento de mercado, la revolución en camiseta, la angustia en contenido y la autenticidad en estrategia publicitaria. Incluso el deseo de escapar puede venderse por suscripción.
La postmodernidad anunció la muerte de las grandes certezas y creyó encontrar detrás de ellas una multiplicidad de individuos finalmente liberados de los viejos relatos. Varias décadas después descubrimos algo menos tranquilizador. Sobre las ruinas de aquellas certezas creció una estructura capaz de transformar la fragmentación en información, la información en predicción y la predicción en poder.
La modernidad soñó con un sujeto capaz de conocer el mundo. La postmodernidad sospechó de ese sujeto. Nuestro tiempo resolvió la disputa de una manera inesperada.
Ya no necesita que el sujeto conozca el mundo. Le alcanza con que el sistema conozca al sujeto.
