por José Mariano.
Nos dijeron que la democracia era una puerta. Que bastaba con atravesarla. Que al votar, al participar, al opinar, ya estábamos del otro lado. En Tucumán la puerta está siempre abierta, sí, pero da al vacío. A un patio sin salida, donde las decisiones ya fueron tomadas antes de que entremos. Donde el eco de nuestra voz se pierde entre paredes despintadas, despachos cerrados, micrófonos apagados.
Acá, el engaño no es sofisticado. No hay marketing de masas ni algoritmos de precisión. Hay pactos a la vista, apellidos que se heredan, favores que se cobran en la misma esquina donde se prometen. La democracia como escribió Rancière es la posibilidad de interrumpir el orden. Pero en Tucumán, el orden no se interrumpe: se recicla. Se disfraza. Se reproduce en bucles familiares, sindicales, judiciales, empresariales. El que habla distinto no es perseguido: es ignorado. El que protesta no es censurado: es decorado con alguna promesa vacía. La escenografía está tan bien montada que ya ni siquiera hace falta el castigo. Solo hay que dejarte hablar… sabiendo que nadie va a escuchar.
Walter Benjamín decía que todo documento de cultura es también un documento de barbarie. En Tucumán, todo símbolo democrático es también un símbolo de su desgaste. La sesión legislativa, la elección de medio término, la jura de un funcionario: todo forma parte de una liturgia que ya no busca transformar, sino mantener. El simulacro se volvió rutina. Y la rutina, sumisión sin ruido. Nietzsche lo vio claro: lo más peligroso no es el poder violento, sino el que se hace pasar por costumbre. El que se impone con una sonrisa. El que no necesita imponerse porque ya lo naturalizamos.
¿Hay democracia acá? Sí, en los papeles. En los spots, en los slogans, en la coreografía institucional. Pero una democracia que no redistribuye el poder, que no incomoda, que no interrumpe, no es democracia: es ficción. Es arquitectura vacía. Es un decorado prolijo montado sobre una provincia desigual, saqueada y sometida. Una puerta que te deja entrar, pero no tocar nada.
En esta edición, cruzamos esa puerta. No para legitimar el rito, sino para desarmar su montaje. Porque sin conflicto real, sin voces nuevas, sin redistribución simbólica y material del poder, la democracia en Tucumán seguirá siendo eso que vemos en la imagen: una abertura perfecta hacia la oscuridad. Y si todo permanece oscuro, entonces no alcanza con entrar. Hay que encender algo. Y alumbrar lo que no quieren que veamos.
Bienvenidos al número 08.
Esto es Fuga.