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Del Jardín al Meme: Tucumán y la farsa del poder.

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Por María José Mazzocato.

Tucumán alguna vez fue el Jardín de la República. Hoy, a fuerza de escándalos, clientelismo y mediocridad, corre riesgo de convertirse en su caricatura. No por su gente, sino por su dirigencia.

El último episodio de este sainete político lo protagonizan dos viejos conocidos: José Alperovich, exgobernador y figura de un poder añejo; y Marianela Mirra, ícono mediático de los 2000 que supo ganar Gran Hermano con inteligencia y estrategia. El reencuentro —o el cruce mediático— entre ambos no revela tanto un escándalo personal como una radiografía cruda del funcionamiento real del poder en Tucumán.

Porque Tucumán no se gobierna, se escenifica.
Hay actos, no acciones; papeles, no proyectos.
Los intendentes actúan de gestores, los concejales simulan legislar, los funcionarios repiten guiones sin contenido. Las municipalidades operan como comités privados, donde los linajes mandan y los punteros sostienen.
Tucumán es un feudo sin rey, pero con todos los vicios de una monarquía decadente: herencias políticas, obediencias ciegas, escenografía institucional y una ciudadanía que asiste —cansada— a la misma obra de siempre.

El episodio Alperovich-Mirra: un espejo del sistema

Que Marianela Mirra haya reaparecido en redes hablando de su pasado vínculo con Alperovich no debería sorprender. Tucumán tiene una larga tradición de mezclar lo mediático y lo político como si fueran lo mismo.
Los escándalos se reciclan, las figuras caídas vuelven en loop, y todo se convierte en contenido para la indignación exprés.

Pero el tema de fondo no es quién dijo qué, ni si hubo romance, abuso o encubrimiento. El problema es lo que simbolizan.
Alperovich encarna la política del patrón: la que no negocia ni dialoga, solo ordena. Gobernó la provincia entre 2003 y 2015, dejó como sucesor a su entonces vice, Juan Manzur, y fue denunciado en 2019 por abuso sexual por su propia sobrina. El caso sigue en la Justicia.
Aunque la causa está empantanada, el símbolo persiste: un poder masculino, impune y blindado.

Mirra, por su parte, no pertenece al engranaje político, pero sí entendió —y utilizó— sus reglas.
La exposición como moneda, el silencio como estrategia, la supervivencia como objetivo.
Su reaparición molesta porque incomoda. Porque apunta sin metáforas a lo que muchos callan: que en Tucumán el poder no se conquista, se hereda; y no se disputa, se administra como si fuera un campo privado.

Tucumán: feudalismo en loop

Mientras en Buenos Aires se debate federalismo, en Tucumán se practica un feudalismo aggiornado.
Los municipios operan como territorios privados. Las comunas, como extensiones de apellidos históricos.
El acceso a derechos depende más del padrino político que del Estado.
No hay planificación, hay reparto. No hay gestión, hay administración de favores.

En este esquema, la ciudadanía no participa: sobrevive.
Los servicios básicos son privilegios. La educación y la salud, obstáculos.
La política se reduce a garantizar lo mínimo: agua, gas, cloacas, y mucha prensa. El resto, que espere.

Tucumán repite una y otra vez el mismo ciclo: los que se van, nunca se van del todo.
Los nuevos llegan contaminados.
Se elige por descarte, no por convicción. Se vota con resignación, no con esperanza.

Lo más grave no es solo la corrupción o los abusos de poder.
Lo grave es la banalización del Estado.
La política del like, el acto sin contenido, el tuit con bandera.
Lo simbólico reemplazó a lo estructural.

Y mientras tanto, los problemas reales —inseguridad, desempleo, pobreza estructural— se maquillan con inauguraciones, premios comprados y videos bien editados.

Tucumán tiene concejales que no saben lo que legislan, intendentes que delegan todo en su entorno familiar, funcionarios que nunca pisaron un barrio sin cámaras.
Pero todos tienen community manager.
Todos saben cómo posar para la foto.
Porque en el show del poder local, lo importante no es gobernar: es parecer.

La cultura política que colapsa

En Tucumán no hay una crisis de representación. Hay una crisis de cultura política.
La clase dirigente desprecia la crítica, castiga la inteligencia y premia la obediencia.
Se reparten cargos como si fueran herencias. Se castiga al que piensa. Se ridiculiza al que denuncia.

El colapso no es solo institucional.
Es simbólico. Es moral.
Tucumán tiene universidades, artistas, científicos, periodistas valiosos. Tiene historia. Tiene memoria.
Pero también tiene una élite política que hace todo lo posible por condenarla a la irrelevancia.

Y cuando aparece alguien que se sale del guión —sea una outsider como Mirra, un periodista independiente, un docente que protesta— el sistema reacciona con violencia o burla.
Porque el sistema no se sostiene solo por lo que hace, sino por lo que calla.

¿Vamos a seguir actuando?

La pregunta no es qué hará la Justicia con Alperovich.
La pregunta es qué vamos a hacer nosotros con todo lo que representa.

¿Vamos a seguir normalizando el feudalismo con pancartas institucionales?
¿Vamos a seguir fingiendo que esto es democracia cuando funciona como una finca?

Tucumán no necesita salvadores ni mártires.
Necesita ciudadanía activa. Medios críticos. 

Necesita que dejemos de mirar el decorado institucional y empecemos a ver el detrás de escena: ahí donde se deciden las cosas, sin cámaras ni prensa.

Porque Tucumán no es un meme, aunque algunos se esfuercen en convertirlo en uno.
Es una provincia con historia y con futuro.
Pero ese futuro no va a llegar por inercia. Va a llegar si dejamos de aplaudir el show.

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