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Una relectura de la historia

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Por Nicolás Gómez Anfuzo.

Desde los albores de la civilización, la humanidad ha estado en una búsqueda incesante, la búsqueda de la libertad. A lo largo de los siglos, hemos erigido y derribado imperios, abrazado y rechazado ideologías, todo en nombre de una existencia más plena y más autónoma. Pero, ¿y si el verdadero arquitecto de nuestra libertad, el catalizador silencioso que ha impulsado a la humanidad hacia cotas impensables de desarrollo e inclusión, no fuera una figura política, una revolución social o un líder carismático, sino una fuerza mucho más fundamental y a menudo incomprendida, el capitalismo?

Esta afirmación puede sonar herética para algunos y una simplificación excesiva para otros. Estamos acostumbrados a ver el capitalismo a través del prisma de sus imperfecciones, sus desigualdades y sus crisis cíclicas. Sin embargo, lo que propongo es una mirada fresca y sin prejuicios, una inmersión profunda en la historia para desvelar cómo el sistema capitalista, en su esencia más pura y dinámica, se ha erigido como el motor inigualable de la evolución humana, el protector más férreo del individuo y el artífice de la mayor explosión de libertad que el mundo jamás haya presenciado.

Consideremos, por un momento, la narrativa dominante. A menudo se nos enseña que las grandes revoluciones sociales y los movimientos emancipatorios nacen de la lucha contra sistemas opresivos. Y si bien es cierto que la resistencia es un motor poderoso, ¿qué hay de las estructuras subyacentes que permiten que esas luchas se materialicen y, más importante aún, que sus victorias se consoliden? Argumentaré que el capitalismo, con su inherente necesidad de innovación, su recompensa a la iniciativa individual y su capacidad sin precedentes para movilizar recursos, ha sido el telón de fondo indispensable para cada salto cualitativo en la senda hacia la libertad.

La revolución silenciosa de la mujer y el capitalismo

Quizás no haya un ejemplo más elocuente de esta tesis que la emancipación femenina. Durante milenios, la mujer estuvo confinada a roles preestablecidos, sus posibilidades económicas y sociales severamente limitadas por estructuras patriarcales. Sin embargo, en el siglo XX, y de la mano de la explosión capitalista, fuimos testigos de una transformación sin precedentes. No fue solo la lucha por el sufragio o los cambios culturales, sino la revolución económica propiciada por el capitalismo lo que realmente liberó a la mujer.

A medida que las industrias crecían y se diversificaban, se abrieron nuevas avenidas de empleo que antes eran impensables para las mujeres. La demanda de mano de obra en fábricas, oficinas y servicios generó oportunidades para que ingresaran al mercado laboral, ganaran su propio sustento y, por primera vez en la historia a gran escala, alcanzaran una independencia económica del hombre. Esta autonomía financiera no fue un mero detalle, fue el cimiento sobre el cual se construyó la igualdad, permitiendo a las mujeres alzar sus voces, exigir sus derechos y redefinir su lugar en la sociedad.

Además, los avances tecnológicos, fruto directo del espíritu innovador y competitivo del capitalismo, aliviaron drásticamente la carga de los trabajos domésticos que antes ataban a las mujeres al hogar. Desde electrodomésticos que simplificaron las tareas cotidianas hasta métodos de producción que abarataron bienes y servicios esenciales, la mujer fue capaz de surfear la ola capitalista como una campeona, liberándose del yugo de la labor extenuante y abriendo las puertas a la educación, la profesión y una participación plena en la vida pública. El capitalismo no solo la incluyó, la empoderó.

La inclusión digital y el futuro capitalista

Esta capacidad inclusiva del capitalismo no se detuvo en la mitad del siglo pasado. De hecho, ha alcanzado su cenit con la era digital. Pensemos en Internet, la que podría ser la más grande revolución inclusiva de la historia humana. Nacida de la inversión, la innovación y la competencia inherentes al sistema capitalista, la red global ha derribado barreras geográficas, económicas y sociales, ofreciendo acceso al conocimiento, oportunidades de negocio y conexión a miles de millones de personas en todo el planeta.

Hoy, un agricultor en una aldea remota puede vender sus productos a nivel global, un estudiante en un país en desarrollo puede acceder a las mejores universidades del mundo, y cualquier individuo con un dispositivo conectado puede aprender nuevas habilidades y construir una carrera. Esta democratización del acceso, impensable en cualquier otro sistema económico, es un testimonio rotundo del poder del capitalismo para generar inclusión a una escala sin precedentes. Y esta tendencia se replica en cada nuevo avance tecnológico, desde la medicina hasta el transporte, la mayoría de la población, si no la totalidad, se ha beneficiado directa o indirectamente de los productos y servicios que emergen de un sistema de mercado dinámico y competitivo.

Este trabajo se adentrará en estas afirmaciones, explorando las conexiones a menudo pasadas por alto entre el capitalismo y los pilares de nuestra libertad y progreso. Invito a cuestionar las narrativas establecidas, a desentrañar la verdadera historia del motor que nos ha traído hasta aquí y a reconsiderar el papel fundamental del capitalismo no solo como un sistema económico, sino como el impulso más poderoso para la libertad individual y la inclusión social en la vasta y compleja alfombra de la historia humana. Prepárese para ver el mundo, y su propia historia, bajo una luz completamente nueva.

¿Quién se enriquece en un sistema capitalista y quién en uno socialista?

En el capitalismo, donde las fuerzas del mercado actúan libremente, para hacerse rico hay que producir un bien o un servicio que la gente valore. No alcanza con inventar algo, hay que hacerlo mejor y más barato que la competencia.

Bill Gates amasó su fortuna porque creó un software que facilitó el uso de las computadoras en todo el mundo y lo ofreció a un precio accesible. Lo mismo ocurre con quienes desarrollaron cadenas de farmacias o modelos de negocio que el público prefiere, prosperan porque ofrecen un servicio más eficiente, cómodo y conveniente que el resto.

El celular es otro ejemplo. Empresas como Apple y Samsung invierten miles de millones para mejorar la calidad y abaratar costos. Sin embargo, aparece Xiaomi desde China y gana mercado ofreciendo productos de alta calidad a menor precio. En esa competencia solo triunfan los que nos ofrecen el mejor producto al mejor costo. En un sistema de libre mercado, somos los consumidores quienes decidimos quién se enriquece. Nadie más.

Escogemos el supermercado al que vamos, el restaurante donde comemos, el auto que compramos o la ropa que vestimos. Siempre elegimos lo que nos da la mejor relación entre calidad y precio. Así funciona el capitalismo, donde el Estado es pequeño y no interfiere, se enriquece quien logra favorecernos con algo que valoramos. No hay otro camino.

En el socialismo ocurre lo contrario. Ahí no se enriquece el que produce ni el que innova, sino el que tiene el contacto correcto en el poder. Se hace rico el empresario amigo del ministro que recibe un contrato de obra pública inflado. Se hace rico el importador improvisado que, sin experiencia, obtiene una licencia exclusiva gracias a un funcionario. Se hace rico el que recibe dólares preferenciales solo por pertenecer al círculo del poder.

En el capitalismo, las desigualdades surgen del talento, el esfuerzo, la disciplina, el trabajo y el estudio. En el socialismo, las desigualdades nacen del amiguismo, los favores y la corrupción.

Por eso, la superioridad moral del capitalismo sobre el socialismo no es opinable, es total.

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