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Asistencia sexual y derecho al placer

Publicado el

Por Milagros Santillán.


La sexualidad debe ser pensada como un derecho a la vida, al cuerpo, al placer. 

Michel Foucault – Historia de la sexualidad.

¿Puede alguien contratar a otra persona para que le ayude a masturbarse? ¿A tener sexo? ¿Es prostitución? ¿Es salud? ¿Es amor? ¿Y si no se tratara de eso, sino de justicia?

Hay cuerpos que el sistema ignora. Que no entran en las camas del deseo, ni en las apps de citas, ni en los planes de educación sexual. Cuerpos que, en la narrativa dominante, están destinados a recibir cuidados, pero no placer.

En este contexto aparece una figura polémica, disruptiva, casi secreta: la asistencia sexual.

¿Qué es la asistencia sexual?

La asistencia sexual es un acompañamiento corporal, erótico o sensorial, destinado a que una persona con discapacidad pueda explorar su sexualidad, experimentar placer o mantener relaciones sexuales con otras personas.

Puede ser ayudar a alguien a desvestirse o acomodarse en la cama, acompañar una sesión de masturbación asistida, facilitar el encuentro entre dos personas que desean estar juntas pero necesitan ayuda técnica, o fomentar la autoexploración de quienes tienen movilidad reducida o parálisis. No siempre hay penetración, no siempre hay genitalidad. Lo que sí hay es cuidado, consentimiento y derecho al goce.

¿Es trabajo sexual? ¿Es terapia? ¿Es un derecho?

El debate es intenso. En países como España, Suiza o Bélgica, existen protocolos legales que regulan la figura del asistente sexual. En gran parte de América Latina, en cambio, ni siquiera se habla del tema: se lo considera tabú, ilegal o simplemente no se contempla.

Algunos lo entienden como una forma de trabajo sexual legítima y especializada. Otros lo vinculan a la educación sexual integral, o incluso al ámbito de la salud. Pero sobre todo, muchas personas con discapacidad lo reivindican como un derecho humano.

“No pedimos caridad. Pedimos poder vivir nuestra sexualidad como cualquiera. Poder gozar, tener orgasmos, sentirnos deseables”, afirma Montse Neira, activista española y trabajadora sexual.

¿Por qué incomoda tanto?

Porque nos enfrenta a todas las ideas que arrastramos sobre el cuerpo, el deseo y la normalidad. Nos obliga a reconocer que el sexo no es patrimonio exclusivo de cuerpos jóvenes, normativos y autónomos. Que el placer no debería ser un lujo, sino una necesidad. Que el cuerpo con discapacidad no es un cuerpo “a corregir”, sino también un cuerpo capaz de gozar. Y que pedir ayuda para alcanzar ese goce no es humillante, sino liberador.

¿Y en América Latina?

Silencio. Culpa. Riesgo.

En muchos de nuestros países, la asistencia sexual no es legal ni ilegal. No hay regulación, ni formación profesional, ni políticas públicas que la contemplen. Quienes lo hacen, lo hacen desde el activismo, el boca a boca, o los márgenes.

Pero la demanda existe. Y el deseo también.

Emergencia en Argentina

En Argentina, el tema resulta todavía más crudo: el sector de la discapacidad se declaró en emergencia. Familias, personas con discapacidad y prestadores denuncian recortes, atrasos en pagos y un abandono sistemático que no solo afecta la atención médica o la inclusión laboral, sino también la vida íntima y afectiva.

¿Cómo hablar de asistencia sexual si ni siquiera se garantizan prestaciones básicas? ¿Cómo pensar en políticas de placer cuando lo urgente sigue siendo cobrar a término o acceder a un transporte adaptado?

Y sin embargo, es justamente en este contexto donde la pregunta se vuelve más urgente: ¿vamos a seguir relegando la sexualidad de las personas con discapacidad como si fuera un “extra de lujo”?

¿Y si cambiamos el paradigma?

¿Qué pasaría si el placer no fuera un privilegio, sino un derecho? ¿Si la asistencia sexual se entendiera como una herramienta más para democratizar el goce? ¿Si aceptáramos que hay cuerpos que necesitan ayuda para alcanzar un orgasmo, y que eso no los hace menos humanos, sino más visibles?

Porque todos los cuerpos tienen derecho a ser tocados con ternura. Porque todos los cuerpos pueden ser deseantes, deseables y deseados. Y porque hablar de esto no es escandaloso: es urgente.

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