Por Ian Turowski.
Durante décadas, la historia oficial nos fue narrada como un dogma. Lo que llamamos educación fue, en gran medida, un mecanismo de adoctrinamiento diseñado para perpetuar un relato conveniente al poder. Bajo la apariencia de formación cultural se escondió un sistema de engaños que moldeó generaciones enteras en base a hechos distorsionados, héroes inexistentes y gestas inventadas.
La independencia, los procesos políticos y las narrativas fundacionales de la nación fueron reducidos a un libreto escolar que sirvió más para disciplinar que para educar. Se nos inculcó una memoria falsa, y en nombre de esa memoria se construyó una identidad atada a la obediencia y al conformismo. No se trató de errores ni de omisiones inocentes: fue la imposición de una hegemonía cultural que buscó instalar una visión única, funcional a intereses que nunca fueron los del pueblo.
En esa tergiversación histórica se ocultó, además, que el Río de la Plata nunca fue una ruptura genuina con España, sino la puerta de entrada para que Inglaterra y Francia socavaran al Imperio Español, entonces la mayor potencia del mundo. Nos vendieron la idea de independencia, pero la realidad fue otra: mientras se proclamaba la libertad, se abría paso la dependencia.
Basta con revisar los hechos:
Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 mostraron el interés británico en controlar el comercio del Río de la Plata, clave para romper el monopolio español. Aunque fueron rechazadas militarmente, dejaron instalada la influencia inglesa en sectores económicos locales.
Tras 1810, con el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación de 1825, la naciente Argentina reconoció a Gran Bretaña como primera potencia amiga y, a cambio, aceptó abrir sus puertos al comercio británico en condiciones desiguales. Ese tratado convirtió al país en proveedor de materias primas y consumidor dependiente de manufacturas inglesas.
Francia, por su parte, intervino en el Río de la Plata en varias oportunidades, como en el bloqueo francés de 1838-1840, buscando imponer privilegios comerciales y presionar a la joven Confederación.
El mismo Alberdi, en sus escritos, reconoció la “diplomacia británica” como un factor central en el debilitamiento del vínculo con España y en el armado de una nueva dependencia disfrazada de libertad.
El relato escolar omitió deliberadamente que nuestro nacimiento político estuvo condicionado por los intereses de las potencias que disputaban el orden mundial, y no por la voluntad de un pueblo emancipado.
El resultado ha sido un país moldeado sobre bases de cartón. Nos convencieron de que habíamos nacido como una gran nación, cuando en realidad fuimos entregados desde el inicio a la dependencia y a la condena de ser periferia. La historia manipulada no fue solo un relato, fue una herramienta de control político y social.
Desaprender se vuelve, entonces, una tarea urgente. Significa cuestionar los mitos, revisar las fuentes, recuperar lo silenciado y entender a quién le convino siempre la mentira. Sin este ejercicio, seguiremos atrapados en la ficción de una nación que nunca existió como nos la contaron, y aceptaremos como destino lo que en verdad fue una construcción deliberada para mantenernos sometidos.
Hace 250 años que nos mienten, y les creemos.
Impecable muy bueno! me volves a sorprender! como en cada nueva edicion! GENIO!