Por Patricio Berreta.
¿primer manifiesto de derechos humanos o propaganda imperial?
Un cilindro de barro de 2.500 años es considerado por la ONU como el origen de los derechos humanos. Pero, ¿y si en lugar de emancipación se trataba de control político?
“Algo nena, algo está pasando, cae Babilonia ya”, canta el homónimo Ciro y los Persas. Y no es casual: en el 539 a. C., al liberar a Babilonia del yugo de Nabonido, Ciro II —más conocido como Ciro el Grande— dejó las crónicas de su conquista grabadas en un cilindro de barro que siglos después sería famoso como el Cilindro de Ciro.
Descubierto en 1879 por el arqueólogo Hormuzd Rassam, este artefacto se exhibe hoy en el Museo Británico y muchos lo han celebrado como una especie de “Declaración Universal” de la Antigüedad. Naciones Unidas incluso lo reconoce como el primer antecedente de los derechos humanos, gracias a su contenido inusual para la época: liberación de esclavos, reconstrucción de templos, regreso de exiliados y libertad religiosa.
Ahora bien, conviene poner las cosas en perspectiva. El Cilindro de Ciro es un texto de apenas 45 líneas en escritura cuneiforme, redactado por la administración persa para ser depositado en los cimientos de la ciudad conquistada. En otras palabras, un mensaje oficial, unidireccional, sin réplica posible. Entonces, cabe preguntarse: ¿estamos frente a una auténtica declaración de derechos o ante una pieza de propaganda imperial?
Un pasaje llamativo aparece entre las líneas 10 y 15, donde se narra que Marduk, el dios principal de Babilonia, elige a Ciro como su soberano:
“Marduk, Señor de los Dioses, volvió su mirada hacia los asentamientos cuyos santuarios estaban en ruinas, y hacia los habitantes de la tierra de Sumer y Acad, que ya parecían cadáveres, para mostrarles su misericordia. (…) Tomó de la mano a Ciro, rey de la ciudad de Anshan, y lo llamó por su nombre, proclamándolo en voz alta como soberano sobre todo cuanto existe. Marduk, el gran señor, que sustenta a su pueblo, vio con agrado sus buenas acciones y su corazón sincero, y le ordenó que fuera a Babilonia…”.
De esta manera, Ciro se presenta como un enviado pacífico del dios local. ¡Qué conveniente! Y también extraño, si recordamos que los dioses de Persia eran Mitra, Anahita y Ahura Mazda.
El Cilindro además describe a Nabonido como un tirano impío que ofendía a Marduk, imponía trabajos forzados y traía estatuas de otros dioses a la ciudad. Frente a esa opresión, Ciro aparece ingresando pacíficamente como libertador y garante de los derechos de su pueblo.
Pero la historia, como siempre, tiene dos caras. Otras fuentes, como La crónica de Nabonido, cuentan algo diferente: una dura batalla en Opis, al este del Tigris, donde los persas triunfaron, sí, pero después de una masacre. La supuesta liberación pacífica empieza a desmoronarse.
No sería raro: la evidencia histórica muestra que el Imperio Persa reprimió rebeliones, arrasó ciudades y deportó pueblos. El propio Ciro había destruido el reino de Lidia; su hijo Cambises II conquistó Egipto con violencia; Jerjes pasó a la posteridad como “el azote de Grecia”.
Entonces volvamos a la pregunta: ¿es el Cilindro de Ciro una declaración de derechos humanos?
No hay dudas de que el documento enuncia prerrogativas y libertades. Pero como señalan muchos historiadores, es un error proyectar categorías modernas sobre una época que no las conocía. En la concepción actual, los derechos humanos son innatos, inalienables y universales. En el Cilindro, en cambio, dependen de la voluntad del soberano y de la aprobación de los dioses. El pueblo no es sujeto de derechos: es receptor de favores.
Y si miramos con lupa, el énfasis en devolver dioses a sus templos y restaurar cultos locales no responde solo a un espíritu tolerante. Era, ante todo, una estrategia de pacificación: calmar territorios recién conquistados, evitar rebeliones y garantizar tributos. La “liberación” de Ciro era, en realidad, la estabilización de su imperio.
Más que un acta fundacional de los derechos humanos, el Cilindro de Ciro podría leerse como uno de los primeros ejemplos de propaganda política: un texto que, bajo el ropaje de la misericordia, justificaba una conquista.
La pregunta incómoda es si no estamos ante un patrón que se repite: ¿cuántos manifiestos y declaraciones que veneramos hoy como garantistas nacieron de una voluntad real de emancipación, y cuántos fueron la obra maestra de gobernantes que supieron escribir la historia a su favor?
En definitiva, Ciro, el gran emperador aqueménida, Rey de Persia, Rey de Reyes, Rey de Sumer y Acad, Rey de Babilonia, Rey del mundo… ¿nos dejó un cilindro o nos vendió un buzón?