Lo siniestro

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Por Gabriela Agustina Suárez.

 cuando lo reprimido regresa con violencia. 

Lo siniestro, en realidad, no es nada nuevo ni extraño, sino algo familiar y arraigado en la mente, y que se ha alejado de ella solo a través del proceso de represión.

Lo siniestro, tal como lo define Sigmund Freud en su ensayo Das Unheimliche (1919), es “aquello que, debiendo permanecer oculto, ha salido a la luz”. Es en esta tensión entre lo familiar y lo extraño donde se revela la fragilidad de nuestra percepción de la realidad. No se trata de un simple temor ante lo desconocido, sino de la perturbación que emerge cuando lo conocido —lo que creíamos estable, confiable y seguro— se desfigura y retorna bajo una forma irreconocible.

Freud sostiene que lo siniestro nace del retorno de lo reprimido: de aquello que la conciencia intentó enterrar pero que, inevitablemente, encuentra un camino para manifestarse. Es la presencia inesperada de lo que creíamos ausente, un golpe seco contra la falsa certeza de que tenemos control sobre nuestras emociones, recuerdos e incluso sobre nuestra identidad.

En este sentido, “lo familiar que de pronto se vuelve extraño” no es solo una sensación, sino una revelación: que el sujeto no es dueño de sí mismo y que el inconsciente no responde a las leyes de la voluntad. Lo vemos en situaciones donde la repetición se vuelve insoportable, en la aparición de dobles, en recuerdos que irrumpen con violencia o en esa sensación de que la realidad se pliega sobre sí misma para devolvernos lo que creíamos haber superado. Freud lo explica con precisión: “lo siniestro está íntimamente relacionado con lo que alguna vez fue familiar y, sin embargo, fue reprimido” (Freud, 1919).

Esa es su fuerza: lo siniestro no proviene de afuera, sino de nosotros mismos. En una sociedad obsesionada con la estabilidad emocional, el control y la constante productividad, sigue funcionando como una grieta que nos recuerda que la racionalidad no es absoluta. Es una amenaza para la idea de que podemos ordenar la experiencia humana, porque muestra que hay zonas de nuestra mente y de nuestra historia personal que no se someten al mandato de la conciencia.

La literatura y el arte lo han mostrado con claridad. Hoffmann con El hombre de arena, Kafka con sus relatos en los que lo cotidiano se convierte en pesadilla burocrática, Hitchcock con la inquietud en escenas que parecen normales hasta que algo se quiebra. El cine de David Lynch o las ficciones de Stephen King también saben trabajar con esta materia: lo monstruoso no llega desde afuera, sino que emerge del interior de lo familiar. Esa es la incomodidad del espectador: que lo que debería dar calma —la casa, la familia, la rutina— se vuelve territorio amenazante.

Pero lo siniestro no es solo individual. También es social y político. Los pueblos cargan con lo reprimido de su historia: dictaduras, violencias silenciadas, injusticias nunca reparadas. Tarde o temprano, esas sombras vuelven. El pasado no desaparece: se filtra en discursos, en gestos, en repeticiones colectivas que parecen inevitables. Lo siniestro es esa irrupción de lo no resuelto que regresa disfrazado de novedad, pero con la fuerza brutal de lo que nunca se elaboró.

Tal vez por eso provoca tanta incomodidad: porque al enfrentarnos con lo siniestro descubrimos que lo reprimido nunca desapareció, que simplemente aguardaba el momento exacto para regresar.

En el fondo, este concepto es brutal porque nos desnuda: evidencia que nuestros límites identitarios son frágiles, que nuestra memoria está incompleta y que el yo, tan cuidadosamente construido, puede resquebrajarse con un solo encuentro inesperado. Freud no habla de un miedo irracional, sino de una confrontación inevitable con nuestra propia sombra.

Y quizá lo más inquietante sea aceptar que lo siniestro no es un accidente, sino una condición permanente de la existencia humana y colectiva: somos portadores de nuestros fantasmas, y por más que intentemos ignorarlos, ellos siempre encuentran la manera de volver.

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