Por Fer Flores.
Tuve muchas madres.
Tías, hermanas,
abuelas, vecinas, amigas.
En el barrio te crían así.
A todas soy parecida en algo. Y de todas me supe diferenciar.
Decile a la Nely que traiga la lata de durazno, que ya hay dulce de leche.
Andá hasta lo de Quiko y pedile que te fíe un kilo de pan.
¿Te podés callar, Betito? Estoy viendo la novela.
Silvana, vení ya para acá antes de que te mate.
¿Viste cómo creció la begonia? Está hermosa, pero mirá esta otra que no se quiere poner bien.
Trama de parentescos y amistades.
Casas ensambladas.
Rodillas raspadas, piso de cemento alisado color rojo.
Risas, carcajadas, vino en damajuana y soda en sifón.
Plaza con escultura de Evita,
para nosotros, santa.
Hamacas de herrajes fuertes, olor a hierro y madera de algarrobo.
Nunca me di cuenta de que era pobre.
Hasta que nos hizo exiliar.
Perder.
La memoria es más fuerte que el olvido.
Un hogar no es un lugar, sino linaje.
El té con canela de la abuela.
La mesa servida, el pan en la mesa.
Discutir.
Buenas noches con un beso.
Mate en la vereda, buenas tardes, buen día.
Lo que necesite, ya sabe, me pide.
Las puertas de las casas abiertas.
Nunca me di cuenta
de que había salido de la pobreza,
hasta que tuve casa propia, lejos de la de mis padres,
lejos de la de mis hermanas, lejos de mis recuerdos de la infancia.
En un barrio cerrado,
cero contaminación sonora, jardines con césped brasilero,
seguridad garantizada.
Recién casada, puérpera,
vecinos
que no quería conocer.
Nunca, jamás,
me sentí más
miserable.
