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Pedagogía de la indiferencia

Publicado el

Por José Mariano.

“La indiferencia es más peligrosa que el odio.”

— Elie Wiesel.

La indiferencia no es un problema ético ni moral. Es, hoy, una forma de organización. No aparece simplemente por ausencia: se produce, se enseña, se vuelve hábito. En una época donde el sentido se construye a la velocidad de la imagen, donde todo aparece y desaparece antes de poder ser pensado, la indiferencia deja de ser una reacción para convertirse en una estructura.

Vivimos en un régimen donde la experiencia fue reemplazada por su representación, donde la intensidad de cualquier cosa dura lo que dura su viralización, y donde lo real compite —y casi siempre pierde— frente a lo visible. En ese movimiento, el otro deja de ser una presencia para convertirse en una figura inestable, irreconocible. La indiferencia organiza. Mientras más indiferentes somos los unos de los otros, más fácil se vuelve sostener el orden. Porque un mundo donde nadie ve al otro es un mundo donde nadie interrumpe nada.

En ese contexto, la violencia cambia de forma. Ya no necesita expresarse como agresión directa. Puede operar como vacío, como ausencia, como silencio compartido. No se trata de lo que se hace, sino de lo que deja de hacerse.

Porque esta distancia no apareció de la nada. Es el resultado de una construcción de sentido que viene desde hace décadas, de una memoria que no desapareció y permaneció incompleta por haber confundido prudencia con terror y con impotencia. Heredamos más que relatos. Heredamos formas de percepción. Aprendimos, muchas veces sin saberlo, que hay cosas que es mejor no mirar demasiado, que intervenir tiene un costo, que hay zonas de la realidad que conviene dejar pasar. No como decisión consciente, sino como hábito.

En ese sentido, lo que hoy llamamos pedagogía de la indiferencia no es un fenómeno reciente. Es una arquitectura social que comenzó a configurarse bajo el terror, cuando mirar, decir o intervenir implicaba un riesgo real. Y que, lejos de desaparecer, se consolidó en la democracia bajo otra forma: la sensación persistente de que no podemos cambiar nada.

Pero hay algo más.

Porque ese silencio que hoy atraviesa lo social no es solo el efecto de una organización externa. También es una experiencia interna. Una forma de estar en el mundo marcada por la sensación de que intervenir no modifica demasiado, de que hablar no alcanza, de que actuar no garantiza ningún cambio.

Y esa sensación no nació ahora.

Se fue sedimentando a lo largo de décadas, entre promesas incumplidas, crisis repetidas y una política que nunca logró transformar aquello que decía representar. Desde el retorno de la democracia, la expectativa de cambio convivió, una y otra vez, con su propio fracaso.

No se trata solo de una memoria incompleta. Es experiencia acumulada. Y en ese clima, la indiferencia deja de ser solo una estrategia del orden. Se vuelve una forma de protección.

No mirar demasiado. No involucrarse del todo. No esperar nada.

No por falta de sensibilidad, sino por exceso de frustración.

Ahí, el silencio ya no es solamente funcional al poder. Se parece más a la impotencia.

Esa misma lógica es la que produce el silencio frente a la injusticia y la desidia política. No porque no sepamos lo que ocurre, sino porque hemos aprendido a convivir con ello. La injusticia no desaparece: está ahí, a la vista de todos. Se integra a lo cotidiano hasta perder su capacidad de interrumpir.

Nos acostumbramos.

A que si llueve, nos inundamos. A que si hace calor, se corta la luz. A que los números digan una cosa y los precios otra. A que todo suba, siempre, por alguna razón que nunca depende de nosotros.

Y no es que no lo veamos. Es que aprendimos a soportarlo.

Porque la indiferencia no es solo la impotencia de no poder cambiar nada. Es algo más profundo y más difícil de nombrar: la capacidad adquirida de tolerar lo que, en otro momento, habría resultado inaceptable. Una forma de adaptación que no se vive como imposición, sino como normalidad.

Se nos educa en eso.

No en la confrontación, sino en la resistencia silenciosa. No en la interrupción, sino en la continuidad. No en el conflicto, sino en la tolerancia.

Aprendemos a circular en un mundo donde las reglas no organizan la convivencia, sino que aparecen selectivamente, donde incluso quienes deberían ordenar lo público parecen más preocupados por recaudar que por cuidar.

Y aun así, seguimos. Nos adaptamos. Ajustamos. Calculamos.

La vida se vuelve una práctica constante de negociación con lo que no funciona. Y en ese ejercicio cotidiano, casi imperceptible, se produce algo más profundo que la resignación. Se produce una forma de domesticación. No de los cuerpos, sino de la capacidad de reaccionar. De señalar. De interrumpir.

La indiferencia, en ese sentido, no es ausencia de sensibilidad. Es su entrenamiento. El aprendizaje progresivo de callar incluso cuando hay que hablar. Por eso el problema no es solo que no cambiemos las cosas. El problema es que hemos aprendido a vivir como si no fuera necesario cambiarlas.

 

Esto es Fuga.

Edición 43.

 

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