Por Maria José Mazocato.
“La pobreza no es falta de recursos, es el resultado de un sistema.”
— Eduardo Galeano.
Hablar de Cuba en 2026 exige escapar de simplificaciones cómodas. Durante décadas, el debate internacional ha quedado atrapado en una dicotomía estéril: el bloqueo estadounidense como causa total de todos los males o, en el extremo opuesto, la negación de su impacto para cargar toda la responsabilidad sobre el régimen. Sin embargo, la realidad cubana contemporánea obliga a pensar en capas superpuestas de causalidad, donde lo externo condiciona, pero lo interno estructura y profundiza una crisis que ya no puede describirse en términos meramente económicos. Cuba atraviesa hoy una crisis humanitaria en toda regla, no como horizonte posible, sino como presente tangible.
El embargo —o bloqueo, según la narrativa latinoamericana— impuesto por Estados Unidos desde 1962 constituye, sin duda, un factor relevante. Sus efectos acumulativos han limitado el acceso a financiamiento internacional, dificultado el comercio y generado distorsiones estructurales en la economía cubana. Aun en contextos de flexibilización parcial, como durante la administración Obama, el peso simbólico y material del embargo ha condicionado la inserción internacional de la isla. Pero reducir la crisis actual a esta variable es analíticamente insuficiente.
Aquí es donde resulta útil recuperar el enfoque de Karen Mingst y su análisis sobre la relación entre Estado y sociedad en sistemas políticos cerrados. Desde esta perspectiva, el problema central no es únicamente la presión externa, sino la naturaleza de un régimen que, en lugar de mediar y proteger a su población frente a shocks externos, termina por depredarla. Un Estado que monopoliza recursos, restringe libertades económicas y políticas, y desincentiva la innovación social no actúa como amortiguador, sino como amplificador de la crisis.
En Cuba, esta lógica se expresa de manera evidente. La centralización extrema de la economía, la ausencia de incentivos productivos y la falta de apertura política han erosionado progresivamente las capacidades de resiliencia social. La crisis energética, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicamentos, y el colapso de servicios básicos no son fenómenos exclusivamente atribuibles al embargo, sino también a decisiones estructurales del propio sistema político.
El resultado es una sociedad atrapada en una doble asfixia. Por un lado, las restricciones externas que limitan opciones de desarrollo; por otro, un aparato estatal que controla, regula y, en muchos casos, obstaculiza las estrategias de supervivencia de sus propios ciudadanos. Este escenario genera lo que, en teoría de relaciones internacionales, podría leerse como una “trampa de gobernanza”: un Estado fuerte en control, pero débil en la provisión de bienestar.
Las consecuencias humanas de este entramado son profundas. La migración masiva de cubanos en los últimos años —una de las más significativas en la historia reciente de la isla— no responde únicamente a aspiraciones económicas, sino a una pérdida generalizada de horizonte. Cuando una sociedad pierde expectativas de mejora dentro de su propio sistema, el éxodo se convierte en una válvula de escape casi inevitable.
A esto se suma un elemento preocupante: la progresiva normalización internacional de la crisis cubana. Lejos de ocupar un lugar central en la agenda global, la situación en la isla ha ido perdiendo visibilidad. Las prioridades geopolíticas han mutado, y conflictos más inmediatos o estratégicamente relevantes han desplazado a Cuba del foco internacional. En este contexto, la condena al embargo persiste en foros multilaterales, pero muchas veces sin una reflexión paralela sobre las responsabilidades internas del régimen.
Esta “fatiga internacional” frente al caso cubano tiene efectos concretos. Reduce la presión para reformas estructurales, limita la generación de iniciativas humanitarias sostenidas y, en última instancia, contribuye a un silenciamiento progresivo del sufrimiento cotidiano de millones de cubanos. El mundo no necesariamente ha decidido activamente “darle la espalda” a Cuba, pero, en la práctica, su crisis ha sido relegada a un segundo plano.
El desafío analítico —y también ético— consiste en evitar caer en narrativas binarias. Reconocer el impacto del embargo no implica absolver al régimen; señalar la responsabilidad estatal no significa ignorar las restricciones externas. La clave está en comprender cómo ambas dimensiones interactúan y se refuerzan mutuamente, generando un círculo vicioso del cual la sociedad cubana no logra salir.
Desde una perspectiva más amplia de las relaciones internacionales, el caso cubano interpela además a la noción de soberanía. ¿Hasta qué punto puede sostenerse una defensa irrestricta de la soberanía estatal cuando el propio Estado se convierte en un factor de deterioro sistemático de las condiciones de vida de su población? Este dilema no es exclusivo de Cuba, pero en la isla adquiere una intensidad particular.
Hoy, Cuba no está al borde de una crisis humanitaria: está inmersa en ella. La escasez, la incertidumbre y la falta de perspectivas configuran un escenario donde la dignidad cotidiana se vuelve una lucha constante. En este contexto, el debate internacional debería desplazarse desde la mera condena retórica hacia una discusión más compleja, que contemple mecanismos de alivio humanitario, incentivos para reformas internas y una revisión crítica de las políticas externas que, lejos de debilitar al régimen, terminan afectando a la población.
Cuba, en definitiva, se encuentra en una encrucijada donde las responsabilidades son múltiples y entrelazadas. Pero mientras el debate siga capturado por simplificaciones ideológicas, quienes continúan pagando el costo son los cubanos de a pie, atrapados entre un bloqueo que condiciona y un régimen que, como advierte Mingst, ha dejado de proteger para comenzar a depredar.
El desafío es, entonces, volver a mirar a Cuba con la complejidad que merece. No para justificar, sino para entender. No para tomar partido en abstracto, sino para poner en el centro a quienes hoy viven, resisten y sobreviven en una de las crisis más invisibilizadas del sistema internacional contemporáneo.
