Por José Mariano.
“La contradicción es el criterio de lo real.”
— Simone Weil.
Hay algo en esta época que ya no puede explicarse desde la ignorancia. Durante mucho tiempo creímos que el problema era no saber. Que alcanzaba con mostrar, con revelar, con hablar, contar. Que una vez expuestas las cosas, algo iba a cambiar. Pero no. Hoy sabemos que eso no va a pasar.
Antes, las contradicciones podían sostenerse en la falta de información. Había zonas de sombra, márgenes de duda, relatos más o menos estables. En ese contexto, sostener posiciones incompatibles no necesariamente implicaba un conflicto evidente.
Hoy todo eso dejó de funcionar.
La información que antes faltaba, hoy sobra. Circula, se superpone, se corrige en tiempo real. Vemos más de lo que podemos procesar. Sabemos más de lo que podemos sostener.
Y, sin embargo, las contradicciones no se disuelven. Se vuelven visibles. Permanentes. Y aun así, siguen ahí.
Porque lo que cambió no es solo la cantidad de información, sino también la forma en la que convivimos con ella. Ya no se trata de no saber, sino de convivir con lo que sabemos sin que eso nos afecte demasiado. Como si la evidencia se hubiera vuelto parte de lo cotidiano.
Tal vez el problema no sean las contradicciones, sino la idea —todavía muy arraigada— de que los sistemas que usamos para pensar el mundo pueden ser completos. Que pueden explicarlo todo, justificarse a sí mismos, cerrarse sin fisuras.
Pero no.
Siempre hay algo que queda afuera. No por falta de información, sino porque ningún sistema puede decirlo todo sobre sí mismo sin dejar algo afuera. Hay un límite. Un resto.
Y es ahí donde empieza la incomodidad.
Seguimos discutiendo como si el problema fuera la falta de datos. Como si alcanzara con señalar, con denunciar, con explicar. Como si eso pudiera ordenar algo.
Se habla de libertad y de igualdad, de mercado y de Estado, de derechos y de orden, como si esas categorías pudieran sostenerse en estado puro. Como si no estuvieran atravesadas, todo el tiempo, por tensiones que las desbordan.
Y en el medio, nosotros. No como espectadores, sino como parte de ese entramado. Sosteniendo sin demasiado esfuerzo posiciones que no encajan entre sí. Habitándolas como si fueran coherentes.
Aprendimos a vivir así. A hacer de las contradicciones una forma de equilibrio. A ver la distancia entre lo que pensamos y lo que hacemos sin que esa distancia nos detenga.
No se trata de ingenuidad. Tampoco de hipocresía en el sentido clásico. Es otra cosa.
Una lucidez que no alcanza.
Una conciencia que ve, pero no interrumpe nada.
Sabemos muy bien lo que hacemos. Y lo seguimos haciendo.
Sabemos que las redes nos consumen, que nos vuelven más ansiosos, más previsibles. Sabemos que repetimos discursos, que reaccionamos más de lo que entendemos. Y aun así volvemos.
Sabemos que pedimos justicia cuando nos conviene. Que queremos reglas claras… hasta que nos tocan. Que criticamos la corrupción, pero naturalizamos el favor.
Sabemos que hay formas de explotación funcionando a la vista de todos. Nadie estaría de acuerdo con el trabajo infantil, pero consumimos productos que provienen de lugares donde no existen derechos laborales. Y, aun así, los compramos. Sin detenernos un segundo a pensar en ello.
Sabemos que las plataformas de apuestas invaden el deporte, que convierten cada partido en una invitación constante a jugar. Sabemos que están generando nuevas formas de adicción, especialmente en los más jóvenes. Y, sin embargo, lo incorporamos como si fuera parte natural del espectáculo.
Sabemos.
Y no alcanza.
Podríamos intentar enumerarlas. Ordenarlas. Darles nombre.
Pero sería una tarea interminable.
Porque no se trata de algunas contradicciones, sino de una forma de vida atravesada por ellas.
Hoy no son la excepción: son la regla.
Sabemos que lo que hacemos no coincide con lo que pensamos.
Sabemos que lo que defendemos no siempre es lo que sostenemos.
Sabemos que lo que criticamos es, muchas veces, lo mismo que reproducimos.
Y, aun así, seguimos.
No porque no sepamos. Sino porque saber no alcanza para interrumpir nada.
Quizás por eso la emancipación ya no tenga que ver con descubrir algo nuevo, sino solamente con dejar de sostener lo que ya sabemos que no funciona.
Porque mientras esa distancia —entre lo que pensamos y lo que hacemos— siga siendo habitable, nada cambia.
Pero cuando deja de serlo, cuando las contradicciones se vuelven insoportables, aparece otra posibilidad.
No como solución.
Sino como interrupción.
Tal vez no se trate de saber más.
Tal vez se trate de no poder seguir viviendo igual.
Edición 44.
Esto es Fuga.
