Por Elena Rauschen.
Durante mucho tiempo, el entretenimiento fue pensado como una zona secundaria de la experiencia, un espacio de evasión que operaba al margen de la vida social y política. Sin embargo, esa distinción ha perdido toda eficacia. En el presente, el entretenimiento ya no funciona como interrupción de la realidad, sino como una de sus formas privilegiadas de organización.
Lo que la teoría crítica identificó como industria cultural no puede ser comprendido hoy únicamente como un sistema de producción de bienes simbólicos, sino como un dispositivo integral de configuración de la percepción. No se trata solo de contenidos, sino de las condiciones mismas bajo las cuales algo puede aparecer como significativo. En este sentido, la cultura ya no refleja lo real: lo produce bajo determinadas lógicas de visibilidad, circulación y consumo.
La consecuencia de este desplazamiento es decisiva. El problema no radica en la existencia del entretenimiento, sino en la progresiva imposibilidad de acceder a lo real por fuera de sus formas. Como advirtió tempranamente la tradición crítica, la estandarización no solo afecta a los productos culturales, sino también a la experiencia misma. Pero a diferencia de las primeras formulaciones, hoy esa estandarización no se percibe como imposición, sino como elección. El sujeto contemporáneo no se siente dominado: se siente participante.
En este punto, la política sufre una mutación profunda. Ya no se define exclusivamente por su capacidad de organizar la vida en común, sino por su aptitud para adaptarse a las lógicas de circulación propias del ecosistema mediático. La visibilidad deviene condición de existencia. Aquello que no logra traducirse en imagen, en narrativa o en impacto inmediato, pierde eficacia política. No es que deje de existir en términos materiales, pero sí deja de operar en el plano donde se disputan los sentidos.
Esta transformación no implica la desaparición del conflicto, sino su reconfiguración. La disputa por la agenda pública se desplaza hacia una economía de la atención en la que intervienen actores con capacidades profundamente desiguales. En este contexto, como ha señalado Mark Fisher, la crítica tiende a ser absorbida por el mismo sistema que pretende cuestionar, volviéndose un elemento más dentro de la circulación general de signos. La disidencia no desaparece, pero se vuelve funcional.
A su vez, la saturación informativa produce un efecto paradójico: no genera ignorancia, sino indiferenciación. Como sugiere Byung-Chul Han, el exceso de positividad —de estímulos, de información, de exposición— debilita la capacidad de negatividad, es decir, la posibilidad de detenerse, de resistir, de elaborar una distancia crítica. Todo aparece, todo circula, pero nada logra fijarse el tiempo suficiente como para volverse experiencia.
En este marco, el problema ya no es la manipulación en su sentido clásico, sino la configuración de un entorno donde la distinción entre lo relevante y lo irrelevante se vuelve cada vez más difusa. La repetición, más que ocultar, produce verdad. Y esa verdad no se impone desde un exterior, sino que se construye en el propio acto de circulación.
El arte, en este contexto, ocupa una posición ambigua. Por un lado, forma parte de la misma lógica que estructura la industria cultural: es producido, distribuido y consumido dentro de sus circuitos. Por otro, conserva una potencia específica que no ha sido completamente neutralizada. Siguiendo a Rancière, podría decirse que el arte tiene la capacidad de redistribuir lo sensible, de alterar las formas de percepción establecidas, de introducir una disonancia en el orden de lo visible.
Sin embargo, esta capacidad no debe ser idealizada. Como advierte Boris Groys, incluso la crítica puede ser integrada como una forma más de producción cultural, perdiendo así su capacidad de exterioridad. La transgresión, en muchos casos, ya no rompe el sistema: lo alimenta.
La tensión, entonces, no se resuelve en una oposición simple entre integración y resistencia, sino en un campo más complejo donde toda práctica está atravesada por la posibilidad de ser absorbida. No hay un afuera garantizado. Pero tampoco todo es equivalente.
Persisten, todavía, gestos que interrumpen. Formas que no se dejan traducir completamente en términos de consumo. Experiencias que exigen tiempo, que resisten la inmediatez, que incomodan. No como solución, sino como posibilidad.
Una posibilidad mínima, pero decisiva: la de suspender, aunque sea momentáneamente, la adaptación total a las formas dominantes de percepción.
En una época donde el entretenimiento organiza la experiencia, tal vez el verdadero gesto crítico consista en recuperar la capacidad de no coincidir plenamente con lo que se nos presenta como evidente.
