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Vínculos a medias en tiempos de hiperconexión


Publicado el

Por Milagros Santillán.

En una época donde podés tener a alguien escribiéndote “¿llegaste bien?” y, al mismo tiempo, no tener absolutamente nada claro, hay dos frases que se nos metieron en la piel: el “casi algo” y el “peor es nada”.

Dos formas de vincularnos que no están en ningún manual, pero que todas —en mayor o menor medida— supimos habitar.

El “casi algo” es ese territorio peligrosamente seductor. No tiene nombre, pero tiene intensidad. No hay acuerdos, pero hay miradas, hay piel, hay mensajes a cualquier hora y una tensión que te mantiene ahí, expectante, como si en cualquier momento eso pudiera convertirse en algo más.

Y a veces eso es lo más adictivo: la posibilidad.

El “peor es nada”, en cambio, no seduce: sostiene.
Es el vínculo que no te mueve demasiado, pero tampoco te deja sola. El que responde, el que aparece, el que cumple… más o menos. No hay vértigo, pero hay continuidad. Y en tiempos donde todo se cae rápido, eso empieza a confundirse con valor.

Pero no, no es lo mismo.

En el “casi algo” el cuerpo arde.
En el “peor es nada”, el cuerpo se acostumbra.

Y ahí es donde la línea se vuelve finísima.

Porque no siempre es evidente cuándo dejamos de desear lo ambiguo para empezar a conformarnos con lo mínimo. Nos contamos que estamos en algo “relajado”, “sin etiquetas”, “fluyendo”, cuando en realidad estamos negociando con la falta.

Falta de claridad. Falta de intensidad. Falta de elección.

El problema no es no tener título. El problema es no saber desde dónde nos estamos quedando. Porque una cosa es elegir lo incierto porque hay deseo, porque hay algo que vibra aunque no esté definido. Y otra muy distinta es quedarse porque “es lo que hay”, porque peor sería el silencio, porque peor sería no tener a nadie escribiendo del otro lado.

Y entonces bajamos la vara.
Pero no solo del vínculo: de nosotras mismas.

El “peor es nada” es peligroso porque no duele de golpe. Se instala lento. Es cómodo, tibio, funcional. Pero en esa tibieza empieza a pasar algo más jodido: dejamos de preguntarnos qué queremos de verdad.

El “casi algo”, en cambio, al menos incomoda. Te enfrenta a la pregunta incómoda: ¿esto me alcanza? ¿o solo me mantiene?

Y no, no todo vínculo indefinido es un problema.
El problema es cuando usamos la indefinición como excusa para no hacernos cargo.

De lo que sentimos.
De lo que esperamos.
De lo que merecemos.

Porque sí, podemos elegir no etiquetar.
Podemos elegir no prometer.
Podemos elegir lo abierto, lo flexible, lo nuevo.

Pero lo que no podemos —o no deberíamos— es elegir quedarnos donde no hay deseo y disfrazarlo de libertad.

Ahora, todo se vuelve todavía más complejo cuando ni siquiera sabemos en qué lugar está el otro.

Cuando no sabemos si también está habitando un “casi algo”…
o si para él esto ya es un “peor es nada”.

Cuando no sabemos si duda como nosotras,
o si simplemente se está quedando porque le resulta cómodo.

Ahí la ambigüedad deja de ser juego y se vuelve ruido.

Porque no es lo mismo no tener nombre que no tener dirección.

No es lo mismo elegir lo indefinido que no saber si el otro está eligiendo en absoluto.

Y entonces ya no alcanza con preguntarnos qué sentimos nosotras. Aparece otra incomodidad, más cruda:

¿el otro está en el mismo lugar…
o estamos solas sosteniendo algo que ya eligió no ser?

Entre el “casi algo” y el “peor es nada” hay una diferencia sutil, pero brutal.

Pero cuando no sabemos de qué lado de esa línea está el otro —o para qué lado quiere ir—,
ya no es una línea: es un limbo.

Y en el limbo, el deseo se confunde,
la expectativa se estira,
y lo que termina en juego no es el vínculo…

somos nosotras.

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