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¿Hemos perdido la costumbre de la reflexión?

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Por Susana Maidana.

El 30 de octubre de 1955, en Messkirch, su pueblo natal, Martin Heidegger pronunció un discurso titulado Serenidad. Allí, en medio de un siglo atravesado por guerras, técnica y aceleración, planteó una inquietud que todavía nos persigue: la pérdida del pensamiento reflexivo.

Heidegger distinguía entre dos modos de pensar. Por un lado, el pensamiento calculador: aquel que mide, organiza, optimiza, busca utilidad. Por otro, el pensamiento reflexivo: el que se detiene, interroga, abre sentido. El problema —advertía— no es la técnica en sí, sino nuestra subordinación a ella.

No somos una naturaleza fija. No somos simplemente “animales racionales”. Somos existencia, proyecto, quehacer. Estamos arrojados al mundo, obligados a hacernos a nosotros mismos. Y, sin embargo, cada vez pensamos menos en ese hecho.

La preocupación no es nueva. Ya en el siglo XX, tras la devastación de las guerras y la expansión de la técnica, la filosofía comenzó a advertir este desplazamiento. Hoy, sin embargo, el problema adquiere otra forma.

El contexto que describe Byung-Chul Han es distinto. Ya no se trata solo de la sociedad industrial, sino de un mundo dominado por las “no cosas”: datos, información, flujos digitales. La sociedad del cansancio no nos oprime desde afuera. Nos somete desde adentro. Interiorizamos mandatos, normas, exigencias. Nos autoexplotamos.

Vivimos conectados, pero sin centro. Como un enjambre: movimiento constante, sin dirección. Todo es visible, todo es inmediato, todo es transparente. Y en esa transparencia, paradójicamente, se pierde la reflexión.

Karl Jaspers distinguía entre el comienzo de la filosofía —situado en un tiempo y lugar— y su origen: aquello que la impulsa. Ese origen son las situaciones límite: la muerte, la culpa, la enfermedad, la pérdida. Esos momentos en los que la existencia se quiebra y aparece la pregunta por el sentido.

Hoy seguimos atravesados por esas situaciones, pero las rodeamos de ruido. Las anestesiamos.

Hablamos del malestar de la cultura, de la violencia, de la angustia social. Lo vemos en la inseguridad, en la pobreza, en la fragilidad de la vida cotidiana. Lo vimos con claridad durante la pandemia: el otro convertido en amenaza, el miedo instalado como clima permanente.

Y, sin embargo, incluso ahí, muchas veces evitamos pensar.

Buscamos responsables afuera. Construimos chivos expiatorios. Practicamos lo que Sartre llamaba “mala fe”: ese autoengaño que consiste en negar nuestra propia responsabilidad. Decimos que el infierno son los otros, como si nosotros no participáramos en lo que ocurre.

Pero cada acción individual tiene efectos. Kant lo formuló con claridad: actuar de modo tal que nuestra conducta pueda convertirse en ley universal. Si rompo las reglas cuando me conviene, legitimo que otros hagan lo mismo. Si me desentiendo del otro, erosiono el lazo que me sostiene.

No se trata de moralismo. Se trata de comprender que la vida en común depende de esa conciencia.

La filosofía —y también el psicoanálisis— no ofrecen recetas. No prometen soluciones rápidas. Lo que hacen es otra cosa: nos obligan a detenernos, a mirar, a pensar. Nos enfrentan con la incomodidad de nuestra propia existencia.

Porque la angustia no es un error. Es una señal. Aparece cuando la nada irrumpe en nuestra vida, cuando lo que dábamos por sentado se desmorona. Y en ese vacío, si no lo tapamos inmediatamente, puede surgir la reflexión.

Hoy, sin embargo, todo conspira contra ese momento.

La hiperactividad, la sobreinformación, la lógica del rendimiento, el narcisismo digital. Creemos estar informados, pero en realidad estamos saturados. Creemos ser libres, pero muchas veces solo seguimos patrones que hemos interiorizado.

La dominación ya no necesita imponerse. Funciona por seducción.

Por eso, recuperar la reflexión no es un gesto intelectual. Es un acto de resistencia.

Implica detenerse. Sustraerse, aunque sea por un instante, al flujo permanente. Permitir que el pensamiento no esté orientado a un resultado inmediato. En ese sentido, la poesía —como decía Heidegger— no informa, pero abre mundo. Nos devuelve a una forma de habitar más lenta, más atenta.

Frente a la expansión de la técnica, de la inteligencia artificial, de los dispositivos que modelan nuestra percepción, la pregunta no es si podemos detener el proceso. La pregunta es otra: cómo habitamos ese mundo sin desaparecer en él.

Recuperar la reflexión es, en última instancia, recuperar la posibilidad de una vida más consciente. Una vida que no se limite a reaccionar, sino que pueda interrogar.

Porque tal vez el problema no sea que no tengamos respuestas.

Tal vez el problema es que estamos dejando de hacernos preguntas.

 

 

  • Este texto forma parte de Ideas yuxtapuestas: en busca del pensamiento perdido y fue adaptado para FUGA.

 

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