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La tormenta perfecta

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Por Enrico Colombres.

“Cada generación es un pueblo nuevo.”
Alexis de Tocqueville.

Hay procesos históricos que no terminan, mutan, se transforman, cambian de forma, de protagonistas, de narrativa, pero conservan su esencia. Argentina está atravesando uno de esos momentos. No es una crisis nueva, es la prolongación de una crisis mal resuelta. Un eco persistente de la crisis de 2001 que, lejos de disiparse, vuelve a tomar volumen con una intensidad inquietante.

¿El clima es familiar? Demasiado.

Hay un aroma que remite directamente a aquel colapso institucional, económico y social que marcó a fuego a una generación. No hace falta que los indicadores repitan exactamente los mismos números de antaño; basta con observar las dinámicas. Un gobierno que se autopercibe liberal, pero que en la práctica despliega un estilo marcadamente neoliberal, reconstruyendo vínculos internacionales que la historia argentina ya conoce demasiado bien. Las llamadas “relaciones carnales” con el país del norte, aquellas que la prensa supo adjudicarle al expresidente riojano en los años noventa, vuelven a aparecer, esta vez bajo nuevas formas, pero con lógicas similares.

En aquel entonces, el contexto político estaba dominado por una mayoría bicameral justicialista que garantizaba gobernabilidad formal —ahí está la reforma constitucional— mientras el tejido social comenzaba a resquebrajarse. La economía mostraba signos de agotamiento, el desempleo crecía y la desigualdad se profundizaba. Sin embargo, el relato oficial sostenía una ilusión de estabilidad que terminaría estallando.

Después vino la Alianza.

Un experimento político nacido más del rechazo que de la convicción. Una construcción heterogénea, sostenida por el hartazgo social frente al peronismo y por la necesidad de ofrecer una alternativa viable. Fue, en esencia, un acuerdo de supervivencia institucional. Y el pueblo acompañó. Pero la falta de cohesión interna, sumada a una crisis económica en plena aceleración —con una fuga intencional de divisas— terminó por arrastrar al gobierno hacia el abismo.

El desenlace es conocido. Pero lo importante no es lo que pasó, sino lo que no se aprendió.

Porque hoy, en 2026, las similitudes no solo existen: se profundizan.

La crisis de representación está más vigente que nunca. Ninguna fuerza política logra consolidar una mayoría clara ante la opinión pública. Las encuestas lo dicen sin eufemismos: si hoy hubiera elecciones, el ballotage sería inevitable. No hay liderazgo que sintetice, no hay proyecto que entusiasme, no hay narrativa que logre trascender la grieta.

Y en ese vacío, todo se vuelve posible.

Incluso la especulación —cada vez menos marginal— de un adelantamiento electoral supuestamente evaluado por el gobierno hacia mayo de 2027. Un movimiento que, de concretarse, no respondería a una estrategia de fortalecimiento institucional, sino a una necesidad política de permanencia: anticiparse al desgaste. Porque la imagen negativa del gobierno crece, los cuestionamientos se acumulan y los “trapitos sucios” ya no pueden ocultarse bajo la alfombra del discurso de un vocero cada vez más cuestionado.

Pero reducir el análisis a la coyuntura sería un error.

El problema es más profundo. Y más complejo, incluso en términos gnoseológicos.

Este gobierno llegó al poder capitalizando el hartazgo de la sociedad con la clase política tradicional. Construyó su identidad sobre una crítica feroz al gasto público, al privilegio, a la “casta”. Durante años instaló una narrativa disruptiva que logró penetrar en la opinión pública y canalizar un malestar genuino.

Ganó. Con ese discurso, ganó.

Pero gobernar implica otra lógica. Y ahí aparece la contradicción: hoy, ese mismo espacio se nutre de sectores de la política tradicional para sostener su gobernabilidad y aprobar sus medidas. La ruptura prometida se convierte, de hecho, en una conveniente continuidad reciclada. La épica antisistema choca con la necesidad de construir poder dentro del sistema.

Nada nuevo bajo el sol argentino.

Cristina Fernández de Kirchner lo había anticipado, incluso sin proponérselo, cuando lanzó aquella frase que quedó grabada en la memoria política reciente: “Si no les gusta, armen un partido político y ganen las elecciones”. El mensaje, cargado de desafío, se materializó. Mauricio Macri lo hizo. Construyó una alternativa, ganó y gobernó. Y ahora, el actual presidente repite ese recorrido, con otra estética, otro lenguaje, pero la misma lógica de construcción desde el descontento.

El ciclo se repite. Y se agota.

Porque mientras los nombres cambian, la estructura permanece. Y con ella, sus vicios.

Hoy, la política argentina se ha transformado en una batalla de gallos. Un escenario donde el objetivo principal no es proponer, sino destruir al adversario. Como en una competencia de freestyle, lo importante es la capacidad de improvisar una crítica, de viralizar un ataque, de ganar el aplauso momentáneo. El contenido, la profundidad, el proyecto de país quedan relegados. Y ni hablar de proponer reformas estructurales que beneficien al conjunto de la sociedad.

Y lo más grave es que ya nadie se sorprende.

La sociedad ha naturalizado esta degradación del debate público. Se ha acostumbrado a elegir entre opciones que no terminan de representar: el llamado mal menor. A votar más en contra que a favor. A resignarse.

Esa es, quizás, la verdadera crisis.

Entonces, la pregunta no es solo quién puede ganar una elección. La pregunta es si existe la posibilidad de construir algo distinto.

Una alternativa real.

No desde las estructuras tradicionales, sino desde una lógica inversa: de abajo hacia arriba.

Un espacio político nuevo, integrado por jóvenes profesionales de distintas áreas, que no respondan a las lógicas de la rosca, sino a la necesidad de transformar la realidad. Un partido que utilice plataformas digitales para organizarse, debatir y generar propuestas concretas. Donde cualquier ciudadano pueda afiliarse, participar, presentar proyectos de ley y discutirlos colectivamente.

Un espacio donde los candidatos no sean producto del dedo, sino de la capacidad y del consenso.

Donde la representación no sea una delegación pasiva, sino una construcción activa.

Y donde el poder vuelva, efectivamente, al pueblo.

La implementación de mecanismos como el referéndum popular vinculante para decisiones estructurales —privatizaciones, endeudamiento, reformas previsionales, legislación laboral— podría ser una herramienta clave. Porque hay cuestiones que no deberían resolverse entre cuatro paredes. Porque el pueblo no puede seguir siendo espectador de decisiones que condicionan su futuro.

El poder no se delega sin costo.

Y Argentina lo ha pagado caro. Siempre.

Por eso, la reflexión final no puede ser tibia.

Es necesario reconstruir el compromiso cívico. Salir de la lógica de la confrontación permanente. Dejar de demonizar al que piensa distinto. Entender que el adversario político no es un enemigo, sino parte de una misma comunidad que necesita encontrar puntos de acuerdo para sobrevivir.

Porque mientras nosotros nos peleamos, otros avanzan.

Y no es una metáfora.

En un mundo atravesado por tensiones geopolíticas, intereses económicos y disputas estratégicas, un país fragmentado es un país vulnerable. La falta de cohesión interna no solo debilita la democracia: la expone.

Argentina ya estuvo ahí.

Y las consecuencias fueron devastadoras.

¿Ya vinieron por el agua, ya vinieron por los minerales, ya vinieron por la pesca, ya vinieron por el petróleo, ya vinieron por nuestras tierras y ya están quemando nuestros bosques, o todo eso es casualidad?

Hoy, el escenario vuelve a configurarse. No como una repetición exacta, pero sí como una evolución de aquel proceso inconcluso que comenzó a estallar en 2001 y que, si no se corrige el rumbo, podría encontrar un nuevo punto de quiebre en 2027. Ojalá no.

La historia no está escrita del todo.

Pero tampoco espera.

La pregunta es si esta vez vamos a aprender…
o si vamos, una vez más, a tropezar con la misma piedra.

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