Por Daniel Posse.
El General se sentó satisfecho y tomó de un solo sorbo la ginebra., sintió cómo el líquido le quemaba la garganta, casi tosió, pero logró evitarlo. En la medida que el alcohol le llegaba a su estómago, su cuerpo se llenó de calor y entonces se sacó el pullover gris.
Había dado la orden de no ser molestado; todo el mundo quería verlo, es que después de tantas derrotas, por fin la gloria del triunfo había regresado; era el nuevo intendente de la capital provincial.
Se desplazó hasta el ventanal y observó la ciudad cruzada por las luces y las sombras de la noche.
Las elecciones fueron duras, empezó a reír al pensar que había triunfado apenas por 17 votos; la misma cifra que la de su edad cuando decidió que sería General; pero también era el mismo número de enemigos que mató con sus propias manos.
La carcajada no se hizo esperar al imaginar el rostro de su adversario en la contienda electoral, sobre todo porque por los juegos del destino era el hijo del primer enemigo, que capturó e inició en el ritual de la picana. Pero no debía pensar en eso. A pesar de las persecuciones y de los intentos, nunca pudieron contra él, ni con juicios, ni con pedidos de captura, ni muchos menos con pedidos de extradición.
Ahora disfrutaba feliz su vuelta, con la gloria que lo llevaba al éxtasis. Muy pronto se sentaría en el sillón más importante del palacio municipal, ahí alguien golpeó la puerta, y él con cara de perro preguntó:
— ¿Quién es?
—Aquí lo buscan, mi General.
— ¿Quién es y qué quiere?
—Dice que es un oficial de justicia, que viene a buscarlo, que tiene orden de detenerlo.
— ¿A mí? No puede ser—respondió mientras el miedo le secaba la garganta. Entonces abrió la puerta y en silencio, casi inmóvil se dejó llevar esposado.
La alarma del reloj sonó y lo despertó. Julia entró con el desayuno en una bandeja laqueada de azul y mirándolo le dijo:
— ¿Estás seguro que querés ser candidato?
*Del Libro De Sueños y Azar, dela sección 5 postales de un general
