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¿Quién decide lo que sentimos?

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Por Catalina Lonac.

Las imágenes piensan por nosotros.”
— Harun Farocki

He llegado a convencerme de que el amor no es un sentimiento pasajero ni un adorno de la vida, sino la condición misma de nuestra existencia. Somos recibidos en brazos antes de conocer las palabras, y ese gesto amoroso funda la posibilidad de todo lo que sigue. Sin amor, la vida sería apenas una sucesión vacía, una acumulación de días sin sentido.

Spinoza ya lo intuyó: comprender es amar. Amar no es una debilidad del corazón, sino un modo de conocimiento. En el amor se revela la unidad de todo lo que existe y se disuelve la ilusión de la separación. Por eso creo que el amor no es solo lo que sentimos, sino lo que nos sostiene incluso frente a la muerte.

Erich Fromm lo pensó como un arte. Amar no ocurre por azar: exige cuidado, esfuerzo y responsabilidad. Amar es una práctica, una construcción consciente. No es caer, es sostener. No es impulso, es decisión. Y en esa decisión se juega su potencia: el amor no es solo lo que se siente, es lo que se cultiva.

Viktor Frankl lo descubrió en el límite del horror. En un campo de concentración, privado de todo, encontró en el amor hacia su esposa una razón para seguir viviendo. Allí comprendió que el amor no es un lujo sentimental, sino el fundamento mismo de la supervivencia espiritual.

Milan Kundera escribió que el amor es un preguntar constante. Amar es no dejar nunca de interesarse por el otro, sostener su misterio, volver a descubrirlo incluso en lo cotidiano. No se trata de la intensidad de un instante, sino de la duración: el amor persiste porque sigue preguntando.

Los artistas lo han intuido siempre. En El beso, el oro envuelve a los amantes como si en ese abrazo se tocara algo que excede lo humano. No lo divino en sentido religioso, sino la experiencia de una belleza que revela una continuidad más amplia.

Pero el amor no se agota en los vínculos humanos. También habita en los objetos, en los espacios, en los proyectos. Hay una vida que reconocemos en aquello que amamos. Un libro heredado, una casa, una universidad. Lo sé por experiencia: la universidad que ayudé a fundar la siento como un hijo más. No es solo un edificio, es un cuerpo con memoria, con afectos, con futuro. Allí se vuelve visible lo que llamo una arquitectura del afecto: la materia animada por el amor.

El odio, en cambio, es otra cosa. No nos constituye, pero nos atraviesa. No nace con nosotros: se aprende. Brota de una herida, de un miedo, de una frustración que no supimos nombrar. Donde el amor abre, el odio clausura. Donde el amor sostiene, el odio erosiona.

Simone Weil escribió que la injusticia nace de la necesidad de humillar al otro para no sentir el propio miedo. Schopenhauer definió la envidia como dolor por el bien ajeno. Nietzsche advirtió que quien lucha demasiado contra monstruos corre el riesgo de convertirse en uno. El odio, en todas sus formas, tiene algo en común: no crea, no proyecta, no abre futuro. Repite, fija, paraliza.

Y sin embargo, el problema hoy no es solo el amor o el odio en su dimensión íntima.

El problema es que ambos han sido capturados.

Vivimos en un tiempo en el que los afectos dejaron de ser únicamente experiencias humanas para convertirse en materia prima de un sistema. El amor se trivializa en likes. El odio se amplifica en algoritmos. Ambos son traducidos en datos, procesados, monetizados.

La industria cultural ya no solo narra emociones: las administra.

Theodor Adorno y Max Horkheimer lo advirtieron: la cultura de masas no entretiene inocentemente, sino que modela la sensibilidad. Guy Debord lo radicalizó: los afectos no se viven, se consumen como imágenes. Y Byung-Chul Han lo vuelve explícito hoy: vivimos en un sistema que expulsa lo distinto y fabrica formas de odio funcionales a su lógica.

Las redes sociales llevan esto al extremo. El algoritmo premia la indignación, amplifica el resentimiento, convierte el odio en tendencia. No es un accidente: es el modelo de negocio. Lo que más nos divide es lo que más valor genera.

Así, lo más íntimo se vuelve lo más administrado.

Amar y odiar ya no son solo actos personales.
Son actos políticos.

Y ahí se juega algo decisivo.

Porque si nuestros afectos pueden ser diseñados, orientados y explotados, entonces la libertad no se pierde solo en lo que pensamos o hacemos, sino en lo que sentimos.

Recuperar el amor como decisión —como práctica, como creación— es, hoy, una forma de resistencia. Amar fuera de guion es interrumpir la lógica del sistema. El odio, en cambio, es su combustible más eficiente.

Por eso, el problema de nuestra época no es solo qué pensamos.

Es qué estamos sintiendo… y quién lo está escribiendo por nosotros.

En última instancia, lo humano se juega ahí: en la capacidad de no delegar nuestros afectos, de no entregarlos por completo a la maquinaria que los captura.

Porque en esa decisión —silenciosa, cotidiana, frágil— se define algo más que una emoción.

Se define lo que somos.

Y si hubiera que decirlo sin rodeos, sería así:

somos amor, o somos dato.

 

  • Este texto forma parte de Ideas yuxtapuestas: en busca del pensamiento perdido y fue adaptado para FUGA.

 

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