Por Marcelo Velasco.
«La naturaleza nos da todo gratis, nosotros debemos corresponderla con cuidado y respeto».
John James Audubon
Argentina acaba de descubrir que es más rica de lo que pensaba. O, al menos, eso parece.
Una nueva estimación sobre Vaca Muerta calculó en 30.170 millones de barriles sus recursos remanentes técnicamente recuperables de petróleo, un 89% más que la estimación realizada en 2013. La cifra impresiona. Y debería hacerlo: habla de la dimensión extraordinaria de una formación que ya modificó el horizonte energético argentino.
Pero hay una palabra que conviene no perder en medio de tantos millones: recursos.
No reservas. No producción asegurada. No dólares disponibles. No dinero esperando debajo de Neuquén a que alguien vaya a buscarlo.
“Recursos técnicamente recuperables” designa petróleo que, según las condiciones técnicas actuales, podría ser extraído. El concepto no supone por sí mismo que toda esa cantidad vaya a explotarse comercialmente. Entre aquello que existe en la roca y aquello que finalmente se convierte en riqueza hay tecnología, inversión, infraestructura, precios, mercados, costos, decisiones empresariales, reglas e instituciones.
Parece una aclaración técnica, pero en realidad puede ser una aclaración política y cultural mucho más importante.
Porque los países no solo pueden equivocarse administrando la riqueza que tienen; también pueden equivocarse administrando la riqueza que imaginan que tendrán.
Hace décadas que la economía estudia una paradoja conocida como la “maldición de los recursos”. La expresión describe un fenómeno que, con distintos resultados y explicaciones, apareció en países extraordinariamente ricos en petróleo, gas o minerales que no consiguieron transformar esa abundancia en un desarrollo equivalente.
La maldición, por supuesto, no es inevitable. Tener petróleo no condena a nadie, del mismo modo que carecer de él no garantiza instituciones virtuosas. La literatura sobre el tema muestra justamente que los resultados dependen, entre otras cosas, de la calidad institucional, de la administración de los ingresos extraordinarios y de la capacidad de evitar que un sector pujante termine desplazando o debilitando al resto de la economía.
Los ejemplos ayudan a entenderlo mejor. Noruega transformó los ingresos petroleros en uno de los mayores fondos soberanos del mundo y utilizó esa riqueza para fortalecer capacidades de largo plazo. Venezuela, en cambio, ilustra cómo una economía excesivamente dependiente del petróleo puede volverse más vulnerable cuando cambian las condiciones. Chile construyó mecanismos de ahorro y estabilización alrededor de la renta del cobre para amortiguar los ciclos de precios, mientras que Botsuana logró convertir parte de sus recursos minerales en mejoras sostenidas de gobernanza e inversión pública. Los recursos estaban presentes en todos los casos; lo que cambió fueron las decisiones institucionales que acompañaron esa abundancia.
Pero existe una variante todavía más inquietante.
Se la conoce como presource curse: la maldición anterior al recurso.
El concepto intenta describir algo contraintuitivo. Los problemas asociados con una gran riqueza natural pueden empezar antes de que esa riqueza llegue. A veces alcanza con la expectativa.
Después de un gran descubrimiento, gobiernos, empresas y ciudadanos modifican sus expectativas. El futuro comienza a sentirse más próspero. Crece la tentación de gastar, endeudarse, comprometer recursos o imaginar tasas de crecimiento apoyándose en ingresos que todavía no existen. La promesa empieza a producir efectos antes que el petróleo. El deterioro podía comenzar antes de extraer el primer barril. Pero la causa no era el petróleo producido, sino la conducta generada por la expectativa de producirlo.
Y ahí Vaca Muerta plantea una pregunta bastante más interesante que la discusión habitual entre quienes la presentan como salvación y quienes solo ven en ella una amenaza.
¿Qué hacemos con la promesa antes de que la promesa se convierta en riqueza?
Argentina conoce bien la seducción de las soluciones definitivas. Cada cierto tiempo aparece algo que parece capaz de resolver aquello que no supimos resolver de otro modo: una cosecha excepcional, un precio internacional extraordinario, un mineral estratégico, una inversión gigantesca. Hoy, para muchos, ese papel lo ocupa Vaca Muerta.
Y el riesgo empieza exactamente ahí: no en reconocer su enorme potencial, sino en asumir que la oportunidad ya está aprovechada. Porque la geología puede ofrecer ventajas extraordinarias, pero no puede garantizar los efectos económicos, sociales e institucionales que solemos asociar automáticamente con ellas. Entre la existencia del recurso y sus beneficios concretos median decisiones, incentivos y capacidades que ninguna formación geológica puede aportar por sí misma.
Puede haber miles de millones de barriles bajo tierra y, al mismo tiempo, escuelas deficientes encima de ella. Puede aumentar la producción energética sin aumentar la productividad general del país. Pueden ingresar divisas sin que se diversifique la economía. Puede crecer la recaudación sin que mejoren las instituciones. Puede expandirse un sector espectacularmente eficiente dentro de una economía que continúa acumulando viejos problemas.
Porque extraer riqueza y construir desarrollo son actividades diferentes.
Y vale la pena detenerse un momento en esa palabra porque suele utilizarse como si fuera evidente. Desarrollo no significa solamente producir más petróleo, exportar más o recaudar más impuestos. Significa ampliar las capacidades de una sociedad para generar prosperidad más allá del recurso que originó esa riqueza. Se refleja en mejores niveles educativos, mayor productividad, infraestructura moderna, innovación, capital humano calificado, ahorro intergeneracional e instituciones capaces de sostener el crecimiento aun cuando el ciclo de abundancia termine.
La primera necesita pozos, ductos, tecnología, capital y mercados. La segunda necesita además instituciones capaces de administrar ciclos de abundancia y escasez, reglas relativamente estables, infraestructura, educación, ahorro, inversión y una discusión difícil sobre quién recibe hoy los beneficios y qué se deja para mañana. Porque pensar que “los dólares nos salen por las orejas” es una ambigüedad manifiesta.
Esta diferencia importa especialmente porque los recursos naturales tienen una característica que suele desaparecer cuando los números empiezan a entusiasmar: son finitos. Una generación puede consumir la renta. Otra puede invertirla. Otra puede usarla para transformar la estructura productiva. Las tres habrán tenido petróleo, pero no necesariamente tendrán el mismo país.
Por eso quizá la pregunta central sobre Vaca Muerta no sea cuántos barriles contiene, ni siquiera cuánto puede exportar Argentina, sino qué vamos a considerar ÉXITO.
Si el objetivo es extraer cada vez más, alcanzará con mirar curvas de producción. Si es generar divisas, habrá que mirar exportaciones. Si es mejorar las cuentas públicas, habrá que seguir los ingresos fiscales. Pero si la palabra es desarrollo, la vara cambia.
Entonces habrá que preguntarse qué queda cuando el barril ya salió. Qué infraestructura, qué conocimiento, qué empresas, qué capital humano, qué ahorro, qué instituciones, qué capacidad productiva que no dependa necesariamente del próximo pozo.
La discusión también obliga a resistir otra comodidad: transformar la llamada maldición de los recursos en una profecía pesimista.
Los recursos no tienen voluntad. El petróleo no corrompe gobiernos, no endeuda Estados, no gasta presupuestos ni diseña políticas públicas. Tampoco construye universidades, financia infraestructura o crea fondos de ahorro por iniciativa propia. Todo eso lo hacen sociedades e instituciones.
La geología ofrece las condiciones iniciales. Después empieza la política en su sentido menos partidario y más profundo: la capacidad colectiva de decidir qué hacer con aquello que tenemos.
Tal vez por eso Vaca Muerta sea una oportunidad todavía mayor de lo que indican sus reservas y recursos. No porque vaya a salvarnos, sino porque puede obligarnos a discutir algo que solemos evitar: qué entendemos por riqueza.
Un país rico no es simplemente un territorio debajo del cual existen recursos valiosos.
Es un país capaz de convertir una ventaja transitoria en capacidades duraderas. Y esa transformación no está enterrada a tres mil metros de profundidad, no aparece con una perforación, no depende del espesor de la formación ni del factor de recuperación.
Hay que construirla.
Vaca Muerta puede producir petróleo durante décadas, puede generar exportaciones, inversiones, actividad y recursos fiscales; eso resulta difícil de discutir. Pero sería ingenuo creer que la oportunidad contiene, por sí sola, las condiciones necesarias para transformarse en desarrollo. La historia económica muestra que la riqueza natural abre posibilidades extraordinarias, aunque nunca reemplaza la tarea de construir instituciones capaces de convertir esas posibilidades en progreso duradero.
La verdadera maldición de tenerlo todo quizá no sea tener demasiado.
Quizá sea empezar a comportarnos como si la riqueza futura ya estuviera ganada, como si el petróleo pudiera sustituir las decisiones difíciles, como si los dólares reemplazaran a las instituciones, como si exportar fuera lo mismo que desarrollarse.
Tenemos petróleo. Muchísimo, probablemente.
Lo que todavía no tenemos es la certeza de qué país vamos a construir con él.
