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Serie USTED ESTÁ AQUÍ

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Por Hugo Robles Lama.

 

 

TANGO

Hay gente que dedica su vida a cosas difíciles de entender. Un vecino de mi infancia colecciona boletos de bus. Otro pasa las tardes contando palomas en una plaza vacía. Zbigniew Rybczyński elige algo parecido. Se encierra durante siete meses en un estudio de animación polaco para observar cómo la gente entra y sale de una habitación.

No parece un gran argumento.

Tampoco parece una buena manera de gastar siete meses.

Pero los grandes disparates suelen empezar así.

La habitación es pequeña. Tiene tres puertas, una ventana, una cama y el aspecto ligeramente triste de los lugares donde nadie permanece demasiado tiempo. Allí no ocurren asesinatos, revoluciones ni romances memorables. Entra una pelota por la ventana. Un chico aparece para recuperarla. Después se va. Nada más.

La mayoría de las personas sensatas apaga el proyector en ese momento.

Rybczyński decide continuar.

Entonces entra otra persona.

Y después otra.

Y otra más.

Al cabo de unos minutos la habitación parece una estación de tren en un país donde todos los trenes llegan con retraso. Hay una mujer que se cambia de ropa, un hombre que intenta cambiar una bombilla con el entusiasmo suicida de quienes nunca leen instrucciones, un ladrón que aparece para llevarse un paquete, un borracho que cruza el cuarto con la dignidad averiada de los borrachos de cualquier lugar del mundo, una anciana tendida en una cama como si ya hubiera visto todo lo que vale la pena ver.

Nadie habla.

Nadie saluda.

Nadie parece notar la existencia de los demás.

Es una multitud perfectamente organizada para ignorarse.

La música de Janusz Hajdun acompaña el espectáculo con la paciencia de un cobrador de impuestos. Da vueltas sobre sí misma una y otra vez. No empuja la acción hacia adelante. Apenas la mantiene respirando. Como esos ventiladores viejos que sobreviven varios veranos sólo porque alguien olvida desenchufarlos.

Mientras tanto, la habitación sigue llenándose.

Lo curioso es que nadie tropieza con nadie.

En la vida real las personas chocan. Se pisan. Se insultan. Piden disculpas. Derraman café sobre la camisa ajena. Se enamoran por accidente. Discuten por una silla vacía. Hacen cualquier cosa menos comportarse con la precisión de un reloj.

En “Tango” ocurre exactamente lo contrario.

Cada personaje parece conocer su destino con una obediencia conmovedora.

Entra.

Hace lo que tiene que hacer.

Se marcha.

Y después vuelve para repetirlo.

Mirando la película uno termina sintiendo cierta simpatía por ellos. No porque sean héroes. Tampoco porque sufran demasiado. Más bien porque se parecen mucho a la gente que espera el autobús bajo la lluvia, a los oficinistas que caminan mirando el suelo un lunes por la mañana o a los vecinos que regresan cada noche a la misma ventana iluminada.

Son personas ocupadas en sobrevivir.

Nada más.

Quizás por eso la película produce una tristeza extraña. No la tristeza de las grandes tragedias. Esa tristeza tiene música propia y suele llegar acompañada de discursos. La de “Tango” es más modesta. Se parece a la que dejan las estaciones de ferrocarril cuando parte el último tren o a la que flota en los bares cuando apagan las luces y los clientes deben regresar a sus casas.

La sensación de que algo termina aunque no estemos seguros de qué.

Con el correr de los minutos la habitación alcanza su punto máximo de ocupación. Hay personas por todas partes. Entran por las puertas. Cruzan delante de la cama. Desaparecen detrás de una pared. Regresan. Vuelven a irse.

Y sin embargo, el lugar parece vacío.

Ése es el truco más impresionante de Rybczyński.

Construye una multitud y muestra la soledad.

No necesita discursos. Tampoco manifiestos. Le basta una habitación. A fin de cuentas las personas llevan siglos haciendo lo mismo. Se reúnen en grandes cantidades para sentirse menos solas y terminan descubriendo que la soledad también aprende a viajar acompañada.

La mujer sigue entrando.

El ladrón sigue robando.

El borracho sigue cruzando el cuarto.

El chico sigue buscando la pelota.

Todos parecen atrapados en una pequeña condena doméstica que no castiga a nadie y que, precisamente por eso, resulta más inquietante.

Nadie intenta escapar.

Nadie se rebela.

Nadie pregunta para qué hace lo que hace.

Simplemente continúan.

Tal vez porque ésa es la especialidad humana.

Continuar.

Con el trabajo, con las costumbres, con los horarios, con los pequeños rituales cotidianos que terminan pareciéndose demasiado a nosotros mismos.

Después comienza la retirada.

Los personajes desaparecen con la misma disciplina con la que llegan. La habitación se despeja lentamente. Primero unos pocos. Después varios. Más tarde casi todos.

Hasta que sólo queda la anciana.

La pelota vuelve a aparecer.

La mujer se incorpora con la calma de quien no tiene ninguna prisa.

La recoge.

Sale por una puerta.

Y listo.

La música se calla.

La habitación queda vacía.

Exactamente igual que al principio.

Uno espera alguna revelación final. Algo que explique el sentido de todo aquello. Pero la película no concede ese favor. Se limita a dejar la habitación donde estaba, silenciosa, inmóvil y corriente.

Con los años las personas también desaparecen de los lugares que ocupan. Se llevan sus costumbres, sus manías y sus pequeñas tragedias. Quedan apenas algunos rastros. Una fotografía olvidada. Una marca sobre una pared. Un recuerdo cada vez más borroso.

 

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