Por María José Mazocato.
“El centro acumula los frutos del progreso; la periferia, las consecuencias de la dependencia.”
Raul Prebisch
El 4 de octubre, Brasil no solamente elegirá presidente. Brasil volverá a poner en discusión algo mucho más profundo, ¿hacia dónde quiere mirar América Latina?
¿Hacia el Norte?
¿Hacia el Sur?
¿Hacia China?
¿Hacia Washington?
¿Hacia sí misma?
La elección enfrenta a dos proyectos políticos que exceden ampliamente las fronteras brasileñas, por un lado Luiz Inácio Lula da Silva, referente histórico de la izquierda latinoamericana, y por el otro extremo del ring político está Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal e hijo del expresidente Jair Bolsonaro. En un escenario de fuerte polarización, las encuestas de los últimos días muestran una primera vuelta competitiva y escenarios de segunda vuelta dentro del margen de error.
Pero reducir esta elección a Lula versus Bolsonaro sería quedarse en la superficie. Porque Brasil no es cualquier país.
Es la principal economía de América Latina, una potencia territorial, energética, agrícola, minera, diplomática y militar. Es uno de los actores centrales de los BRICS, tiene una posición estratégica en el Atlántico Sur, comparte fronteras con diez países y concentra aproximadamente el 60% de la Amazonia. Lo que ocurra en Brasil modifica el equilibrio de poder regional.
Y ahí aparece una pregunta incómoda
¿Está girando nuevamente el péndulo latinoamericano hacia la derecha?
En los últimos años, distintos países de la región atravesaron virajes políticos hacia gobiernos de derecha o centroderecha. Brasil, Argentina, Ecuador, Uruguay y otros casos muestran que aquella llamada “marea rosa” de comienzos del siglo XXI ya no explica por sí sola la política latinoamericana.
Pero tampoco alcanza con decir que América Latina “volvió a la derecha”…
Porque quizás el péndulo no se mueve solamente entre izquierda y derecha. Quizás se mueve entre distintas formas de relacionarse con el mundo. Y ahí aparece la vieja teoría de la dependencia.
Raúl Prebisch pensó América Latina desde una estructura centro-periferia, pensó a un mundo dividido entre economías capaces de concentrar tecnología, capital y valor, y otras cuya inserción internacional tendía a depender de la exportación de materias primas. La CEPAL convirtió esa mirada en uno de los grandes pilares del pensamiento económico latinoamericano.
Décadas después, la pregunta sigue viva.
Porque el mundo puede haber cambiado, pero la periferia continúa negociando desde una posición estructuralmente desigual.
El Norte necesita recursos.
El Sur necesita mercados.
El Norte concentra capital y tecnología.
El Sur concentra minerales críticos, alimentos, energía, biodiversidad y territorios estratégicos.
El mundo es un pulpo.
Tiene tentáculos económicos, financieros, tecnológicos, militares, culturales y diplomáticos.
Y todos buscan llegar al mismo lugar, el centro. La diferencia es que hoy ese centro ya no tiene un único nombre.
Estados Unidos continúa siendo una potencia decisiva, pero China se convirtió en un actor económico fundamental para Sudamérica. La competencia entre Washington y Beijing abrió nuevos espacios de negociación para los países periféricos, aunque también generó nuevas formas de dependencia. Estudios recientes sobre América Latina señalan precisamente cómo el ascenso chino modificó los vínculos de la región con las potencias tradicionales, al tiempo que profundizó la especialización sudamericana en materias primas.
Entonces, ¿estamos volviendo a la Doctrina Monroe?
No exactamente.
La Doctrina Monroe nació en 1823 como una advertencia de Estados Unidos a las potencias europeas para impedir nuevas intervenciones y colonizaciones en el hemisferio occidental. Con el tiempo, especialmente desde el Corolario Roosevelt, adquirió una dimensión mucho más intervencionista y vinculada con la pretensión estadounidense de ejercer influencia sobre América Latina.
Pero la pregunta vuelve a ser pertinente porque Washington y Beijing disputan influencia en una región donde Brasil ocupa una posición privilegiada. Y allí las diferencias entre Lula y Flávio Bolsonaro adquieren una dimensión geopolítica.
Lula plantea una política exterior basada en el multilateralismo, el fortalecimiento de los BRICS y una concepción de la soberanía brasileña que busca ampliar el margen de autonomía frente a las grandes potencias. Flávio Bolsonaro, en cambio, plantea una relación más cercana con Estados Unidos y ha cuestionado la dependencia de Brasil respecto de China; incluso ha considerado la posibilidad de revisar la participación brasileña en los BRICS.
No se trata solamente de elegir entre dos presidentes. Se trata de definir qué autonomía estratégica quiere Brasil. Y, por extensión, qué América Latina puede construirse alrededor de Brasil.
Porque quizás el verdadero péndulo no sea izquierda contra derecha.
Quizás sea dependencia contra autonomía.
Y ahí está la paradoja latinoamericana de hace años, mientras nuestras sociedades discuten quién ocupa el palacio presidencial, el sistema internacional sigue preguntándose quién controla los recursos, quién financia, quién produce tecnología, quién fija las reglas y quién termina pagando el precio de esas decisiones.
Brasil vuelve a votar. Pero, detrás de las urnas, se juega algo mucho más grande: quién quiere ser Brasil en el mundo.
Y quizás, es allí donde debamos detenernos.
