Interrumpir

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Por José Mariano.

«El punto de partida de la elaboración crítica es la conciencia de lo que realmente se es, es decir, un “conócete a ti mismo” como producto del proceso histórico desarrollado hasta ahora, que ha dejado en ti una infinidad de huellas sin beneficio de inventario. Es preciso comenzar por hacer ese inventario.»
—Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel

Hace cuarenta ediciones hablamos de la interrupción. Hoy queremos volver al verbo: interrumpir. Detener por un momento la velocidad de una época que deposita sus huellas en nosotros antes de que podamos reconocerlas. Hacer inventario. Comprender qué nos ha formado, qué contradicciones sostenemos y cuánto de aquello que llamamos pensamiento propio fue pensado previamente para nosotros.

El futurismo soñó con automóviles rugientes, fábricas, multitudes y máquinas lanzadas hacia adelante. Hizo de la velocidad una belleza y de la aceleración una promesa. Aquel sueño se ha consumado. La velocidad dejó de representar el futuro y se convirtió en lo cotidiano. Vivimos dentro de un movimiento que no necesita llegar a ninguna parte. Las noticias se suceden antes de que podamos jerarquizarlas, las crisis se superponen, los discursos envejecen en horas y cada acontecimiento aparece acompañado por una interpretación preparada de antemano. La época nos exige reaccionar antes de comprender.

Recibimos una cantidad de información que ninguna conciencia puede elaborar en el tiempo disponible. Vemos guerras, elecciones, catástrofes, mercados, escándalos, innovaciones y derrumbes en una misma superficie iluminada. Todo reclama atención y casi nada consigue duración. La información se acumula sin convertirse en experiencia. Sabemos cada vez más cosas acerca de un mundo que entendemos cada vez menos. En esa distancia entre lo que sabemos y lo que comprendemos crecen la ansiedad, el resentimiento y el deseo de respuestas inmediatas.

El desconcierto facilita el regreso de soluciones conocidas. Nacionalismos, extremismos y nuevas formas de dogmatismo ofrecen identidad, orden y pertenencia frente a un presente experimentado como intemperie. También las promesas de emancipación pueden terminar atrapadas en mecanismos de vigilancia, cancelación y castigo público. En los extremos aparece una tentación semejante: reducir la complejidad, ordenar rápidamente el mundo, saber quiénes somos y quiénes son los otros.

Detrás de esa necesidad de certezas existe una pérdida más profunda. La modernidad nos enseñó a imaginar el tiempo como avance. El futuro debía corregir las injusticias del pasado, ampliar la libertad y ofrecer una vida distinta. Esa confianza se ha quebrado. Las utopías perdieron fuerza narrativa y las distopías se volvieron nuestro realismo diario.

Interrumpir surge en este punto como un método para leer la época. Abrir una demora entre el acontecimiento y la reacción, entre la información y el juicio, entre el miedo y la respuesta que alguien preparó para nosotros. El mundo seguirá moviéndose. La interrupción altera por un instante nuestra relación con ese movimiento y recupera la distancia necesaria para volverlo legible.

Esa demora requiere templanza. Permanecer frente a lo que sucede sin convertir inmediatamente la impresión en juicio, el temor en obediencia o la indignación en castigo. Callar unos minutos parece sospechoso. Dudar parece debilidad. Revisar una posición se interpreta como derrota. La velocidad obliga a elegir antes de pensar y luego nos ata a lo que elegimos. Interrumpir rompe esa secuencia. Nos permite admitir que todavía no sabemos y resistir el alivio de las explicaciones que ordenan demasiado pronto aquello que apenas comienza a ocurrir.

La filosofía contemporánea viene describiendo desde distintos lugares esta transformación. Habitamos sociedades que convierten la libertad en rendimiento, producen sujetos agotados por exigencias que terminan experimentando como propias y multiplican dispositivos capaces de orientar nuestras decisiones antes de que lleguemos a formularlas. La aceleración de signos, imágenes e información supera nuestra capacidad afectiva de elaboración mientras aprendemos a delegar una parte creciente del juicio en sistemas que recomiendan, clasifican, anticipan y deciden. Podemos saber que algo nos daña y continuar haciéndolo. Podemos reconocernos libres mientras repetimos conductas previstas de antemano. El problema comienza cuando naturalizamos esas contradicciones.

Pensar tampoco ocurre en soledad. Pensamos con palabras que otros escribieron, con ideas que atravesaron generaciones y con experiencias que adquieren sentido cuando consiguen reunirse. En cada conciencia individual habita un conocimiento producido entre muchos. Circula por los libros, las aulas, las conversaciones, los oficios, las imágenes, las técnicas y las memorias de una comunidad.

Algo comienza a cambiar cuando esa inteligencia dispersa encuentra sus conexiones. Las contradicciones dejan de presentarse como fatalidades privadas y revelan la forma común de vida que las produce. Entonces podemos advertir por qué defendemos aquello que nos daña, por qué llamamos libertad a nuevas dependencias y por qué aceptamos como inevitable lo que fue construido históricamente y también podría organizarse de otro modo. La conciencia se forma cuando una sociedad consigue verse en las huellas que ha dejado sobre sí misma.

Pero reconocer ya no alcanza. Necesitamos producir una inteligencia crítica capaz de relacionar esas huellas, comprender las transformaciones en curso y distinguir entre aquello que amplía nuestras posibilidades y aquello que comienza a decidir por nosotros. Una inteligencia situada, histórica, construida entre muchos. Hecha de conocimiento, experiencia, memoria y juicio.

Esa necesidad adquiere otra dimensión frente al cambio de era que comienza a desplegarse. La inteligencia artificial introduce una transformación cuyo alcance todavía no conocemos. Como ocurrió con otras grandes mutaciones técnicas, desde el dominio del fuego hasta la industrialización, no cambiarán solamente nuestras herramientas. Cambiarán el trabajo, el conocimiento, la percepción, los vínculos y probablemente nuestra propia manera de comprender qué significa ser humano.

Podríamos estar entrando en un nuevo Renacimiento. Uno extraño, todavía incierto, en el que las capacidades humanas se expanden al mismo tiempo que aprendemos a delegarlas. Volver a colocar lo humano en el centro no significa rechazar la técnica ni refugiarse en la nostalgia. Significa conservar la capacidad de decidir qué queremos hacer con ella. Preparar lo humano para lo que viene exige comprender el mundo que estamos creando mientras todavía podemos intervenir en su forma.

Hacer inventario adquiere entonces otro sentido. Permite reconocer de dónde venimos y decidir qué merece acompañarnos hacia lo que sigue. Para hacerlo necesitamos recuperar una distinción que nuestra época intenta borrar: la distancia entre precio y valor.

El precio traduce las cosas al lenguaje de la equivalencia. Indica cuánto cuestan, cuánto rinden, cuánta atención capturan. El valor exige tiempo. Permite reconocer aquello que merece ser cuidado aunque no resulte rentable, aquello que sostiene la vida sin aparecer en una estadística, aquello que conserva dignidad aunque el mercado no consiga convertirlo en mercancía. Interrumpir también significa rescatar del flujo aquello que merece durar. Una conversación, una obra, una institución, una amistad, una causa, una idea. La época calcula su rendimiento; nosotros todavía podemos reconocer su sentido.

Fuga no pretende explicarlo todo ni entregar una respuesta para cada acontecimiento. Reúne fragmentos, los aproxima y busca la relación que todavía no resulta visible. Cada texto introduce una diferencia en el ritmo habitual de las cosas. Durante unos minutos, el lector deja de desplazarse por una secuencia de estímulos y acepta permanecer junto a una idea. En ese tiempo recuperado puede ocurrir algo pequeño y decisivo: una intuición encuentra palabras, dos hechos antes separados revelan una misma trama, una certeza pierde su comodidad.

Hace cuarenta ediciones llamamos interrupción a esa práctica. Hoy, en la edición 70, comprendemos que interrumpir debe continuar siendo un verbo. Detener la reacción, ordenar las huellas, reconocer las contradicciones y devolverles sentido. Crear la distancia necesaria para que la inteligencia dispersa de una época pueda convertirse en inteligencia crítica.

Estamos entrando en un tiempo que transformará muchas de las categorías con las que aprendimos a comprender el mundo. Prepararnos para lo que sigue exige algo más que adaptarnos. Exige comprender, distinguir, decidir. Volver a colocar lo humano en el centro de las transformaciones que nosotros mismos hemos puesto en marcha. Poner la velocidad en suspenso. Hacer inventario. Recuperar el juicio.

El mundo seguirá moviéndose mientras lo hacemos. La diferencia es que, por un instante, su movimiento dejará de decidir por nosotros.

 

 

Esto es Fuga. 

Edición 70. 

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