Por Alfredo Acevedo.
Mi caricia cae allí, en tu pliegue. ¿Caer supone una intención? en un espacio donde resulta difícil saber si entre las yemas de mis dedos y el borde mismo de tu cuerpo existe algo que todavía pueda llamarse intención. La caricia recorre una superficie, aunque al mismo tiempo, desplaza un movimiento interior y subcutáneo en el que cada receptor informa sobre la presión exacta que se imprime sobre la piel. El cuerpo recibe aquello que la conciencia apenas alcanza a registrar; antes de que el contacto pueda convertirse en una imagen, ya ha producido una modificación.
El gesto táctil fluctúa entre la mirada y su ausencia. Podemos acariciarnos mientras los labios se buscan y los ojos permanecen cerrados, o bien leer el contacto bajo el escrutinio del ojo, como si tocar y mirar fueran dos maneras de recorrer la misma materia.
Al intensificarse una zona precisa, la acompaño con la mirada y tú también miras, desplazando los ojos entre el lugar del contacto y la linde de mis párpados. La mirada parece entonces continuar la deriva de los dedos, transformando el cuerpo en un territorio compartido por dos formas de percepción.
Acariciamos zonas, bordes y pliegues, dado que las caricias rara vez son totales, y el cuerpo nunca se ofrece como una entidad perceptible de una sola vez. Lo que tocamos es siempre una modulación física: ciertas resistencias, los pliegues de la piel. No hace falta abarcar la totalidad para afectarla entera, pues basta una pequeña zona para que lo que sucede allí se propague hacia la totalidad de la experiencia.
Esa forma de estar en el cuerpo puede llamarse háptica. No supone alcanzar un centro ni atravesar una superficie para encontrar detrás de ella algo más verdadero, sino permanecer en el contacto, atendiendo a las variaciones de una piel que se transforma mientras es tocada. La caricia permanece en la frontera sin que eso implique superficialidad: su movimiento es profundo precisamente porque no necesita atravesar la carne.
Surge así una sexualidad háptica que habita un espacio de intensidades móviles, donde las zonas de contacto se desplazan y modifican su rumbo. Ya no se trata de llegar a un destino, sino de permanecer en la fluctuación misma del encuentro, allí donde el cuerpo deja de presentarse como una unidad cerrada y aparece como una trama de presiones y respuestas.
Aquello que parece ocurrir entre dos superficies sucede también dentro de ellas: en la circulación de señales, en la respuesta de los receptores, en esa zona incierta donde una sensación ya no puede atribuirse enteramente a quien toca ni a quien es tocado. El cuerpo deja de ser el lugar donde ocurre la experiencia para volverse una frontera viva que, mientras toca y es tocada, modifica aquello que llamamos separación o distancia.
Tu cuerpo ve allí, cuando las bocas se tocan.
Sientes el movimiento, la suavidad, el calor.
Solo quedan las texturas,
la humedad,
la piel.
El contorno.
Esa forma que llamamos
momento.
