Por Daniel Posse.
Violinista de la Orquesta Estable de Tucumán, docente y fundador de Unidos por el Arte, Rubén conversa con Daniel sobre sus maestros, la música popular, la enseñanza del violín y los desafíos de la gestión cultural independiente.
1. Rubén, tu formación musical comenzó en tu adolescencia como autodidacta, y luego se consolidó con los maestros Manuel Rajas y Néstor Eidler. Mirando hacia atrás, ¿qué recuerdos tenés de ellos y de sus enseñanzas?
Con el maestro Néstor Eidler tuve la posibilidad de tomar algunas clases, mientras que con el maestro Manuel Rajas mantuve un contacto mucho más frecuente y durante varios años. De ambos guardo recuerdos muy gratos y, sobre todo, enseñanzas que fueron importantes para mi formación.
Del maestro Rajas recuerdo especialmente una frase que siempre quedó grabada en mí: “Si de verdad querés ver la grandeza del violín, escuchá a los grandes virtuosos del pasado”. Creo que esa frase resume muy bien su manera de entender la música: la importancia de escuchar, estudiar, observar y aprender de quienes hicieron grande a nuestro instrumento. Mi maestro fue uno de los fundadores de la Orquesta Sinfónica de la UNT. Era un gran músico y tenía una formación y una pedagogía profundamente tradicionales, muy exigentes, pero que dejaron una huella enorme en mi formación.
Guardo recuerdos muy entrañables de aquellas tardes que compartíamos. Además de las clases, teníamos largas conversaciones sobre música y sobre los compositores. Muchas veces, mientras cenábamos, escuchábamos en vinilo las grabaciones de Jascha Heifetz. Eran momentos sencillos, pero de un enorme valor para mí, porque allí no solo aprendía a tocar el violín: también aprendía a escuchar, a comprender y, sobre todo, a amar la música.
Creo que esa combinación entre disciplina, conocimiento y pasión por la música fue una de las enseñanzas más importantes que me dejó.
2. En el año 2010 ingresaste por concurso a la Orquesta Estable de Tucumán, algo muy importante para cualquier músico profesional de la provincia. ¿Cómo fue la experiencia de trabajar bajo la batuta y el nivel de exigencia de directores tan virtuosos como el recordado maestro Jeff Manookian?
La Orquesta Estable tiene una trayectoria enorme y, desde hace muchos años, tengo el orgullo de formar parte de la fila de primeros violines. Ha sido una experiencia extraordinaria poder compartir tantos años de trabajo con grandes directores y músicos.
Particularmente, trabajar con el maestro Jeff Manookian fue muy enriquecedor. Durante su etapa al frente de la orquesta hubo un crecimiento musical importante y una búsqueda permanente por elevar el nivel de la orquesta
Para mí, formar parte de una orquesta profesional significó mucho más que un crecimiento artístico. También fue y sigue siendo una experiencia humana muy valiosa, en un ambiente donde el compañerismo y el trabajo colectivo tienen un papel fundamental.
3. El ambiente de la música sinfónica suele estar ligado a un protocolo muy estricto. ¿Cómo conviven en vos la rigidez técnica del repertorio clásico y la libertad interpretativa que te demandan otros géneros populares?
Creo que la música clásica y la música popular pueden convivir perfectamente y, de hecho, se enriquecen mutuamente. Son lenguajes diferentes, pero tienen muchos puntos de encuentro.
La formación clásica me dio herramientas técnicas, disciplina y una determinada manera de abordar la música. Al mismo tiempo, la música popular me permitió explorar otras formas de expresión, otros ritmos y una mayor libertad interpretativa.
Para mí no son mundos enfrentados. Todo lo contrario: cada experiencia musical aporta algo a la otra. La técnica te da herramientas, pero la sensibilidad y la capacidad de interpretar son las que finalmente permiten comunicar.
4. Junto al arpista Roberto Sir conformaste el dúo Entre Cuerdas. ¿Cómo surgió la idea de amalgamar el violín con el arpa y cuál considerás que es la mística que se genera cuando interpretan folklore latinoamericano en el escenario?
En 2015 nació el dúo Entre Cuerdas con el objetivo de difundir la música instrumental folclórica y latinoamericana. La combinación del violín y el arpa nos permitió explorar un repertorio muy rico y, al mismo tiempo, darle una mirada más cercana a la música de cámara.
Para mí, la mística de interpretar folklore está en que el músico no solamente ejecuta notas: se convierte en un canal entre el pasado, la tierra y el presente. La música folclórica habla de los paisajes, de las penas, de las alegrías y de los rituales de un pueblo.
Por eso interpretarla también implica una responsabilidad y, de alguna manera, una forma de mantener viva nuestra identidad cultural.
5. Hace unos años recorrieron numerosos escenarios del NOA llevando la música popular a un plano de cámara. ¿Pensaste en volver junto al dúo Entre Cuerdas?
Sí, sería un proyecto muy lindo y, sobre todo, muy placentero. Se extrañan los ensayos, las charlas y esos momentos compartidos alrededor de un buen café mientras uno piensa un nuevo repertorio.
Me gustaría mucho volver a encontrarme con esa propuesta, armar un nuevo repertorio y regresar a los escenarios. Creo que después de tantos años seguramente tendríamos muchas cosas nuevas para decir desde la música.
6. Dictás cátedra de violín en instituciones clave como el Círculo del Magisterio de Tucumán y aplicás los lineamientos de la pedagogía Suzuki. ¿Por qué elegiste esta metodología de la “Educación del Talento” y qué diferencias sustanciales notás en el aprendizaje de los niños?
Elegí la metodología Suzuki porque considero que es especialmente adecuada para los primeros pasos musicales de un niño. Propone un aprendizaje sin exámenes ni presiones innecesarias, basado fundamentalmente en escuchar, observar, imitar y repetir.
Una de sus grandes fortalezas es entender que el aprendizaje musical puede desarrollarse de una manera natural, accesible y respetuosa de los tiempos de cada alumno. No todos los niños aprenden de la misma manera ni al mismo ritmo, y acompañar ese proceso es fundamental.
A lo largo de mi experiencia pude comprobar que, cuando un niño aprende en un entorno de confianza y motivación, no solamente desarrolla habilidades musicales. También fortalece su concentración, sensibilidad, perseverancia y seguridad en sí mismo.
7. Shinichi Suzuki sostenía que cualquier niño a quien se entrene correctamente puede desarrollar una habilidad musical, del mismo modo que aprende su lengua materna. ¿Cómo se trabaja la frustración en un instrumento tan complejo como el violín en sus etapas iniciales?
La frustración forma parte de cualquier proceso de aprendizaje, y en el violín puede aparecer especialmente al comienzo porque es un instrumento que requiere mucha paciencia, coordinación y constancia.
Por eso considero fundamental aprender de manera lenta y consciente, valorando cada pequeño avance. El acompañamiento del docente y de la familia también es muy importante para que el niño no sienta que tiene que alcanzar resultados inmediatos.
Una de las cosas que más trabajo con mis alumnos es que no se comparen con otros estudiantes. Cada uno tiene su propio proceso. Lo importante es aprender a mirar el propio progreso, reconocer los avances y entender que cada dificultad también forma parte del aprendizaje.
En definitiva, intento que el niño no vea el error como un fracaso, sino como una parte natural del camino para aprender.
8. Al guiar a tantos jóvenes artistas en su etapa formativa, ¿qué porcentaje considerás que representa el talento natural y cuánto se debe a la disciplina y al entorno familiar que apoya al estudiante?
Creo que el talento es la chispa inicial, la disciplina es el motor que permite desarrollarlo y el apoyo emocional es el pilar que sostiene todo el proceso.
No podría establecer un porcentaje exacto, porque cada alumno es diferente. Pero sí estoy convencido de que el talento, por sí solo, no alcanza. La disciplina, la constancia y el compromiso son fundamentales en la música y también en cualquier ámbito de la vida.
A eso hay que sumarle el acompañamiento de la familia. Cuando un niño se siente apoyado, valorado y acompañado, tiene muchas más herramientas para atravesar las dificultades y disfrutar del proceso.
Al final, más que formar solamente buenos músicos, se trata de formar personas perseverantes, sensibles y capaces de confiar en sus propias posibilidades.
9. En 2017 fundaste el movimiento Unidos por el Arte (UPEA). ¿Cuál fue la necesidad o el diagnóstico cultural en Tucumán que te impulsó a pasar de tu rol exclusivo como músico al de gestor cultural?
La gestión cultural siempre me interesó, pero en 2017 tomé la decisión de dedicarle una parte muy importante de mi tiempo, casi de manera completa, a la creación y desarrollo de proyectos y actividades culturales.
Como músico, durante muchos años pude conocer de cerca las dificultades, pero también las enormes posibilidades que existen para quienes producen y hacen cultura. Sentí que podía aportar desde otro lugar: no solamente arriba de un escenario, sino también generando espacios, articulando entre artistas e instituciones y creando oportunidades para que distintas expresiones artísticas pudieran llegar al público.
Así nació Unidos por el Arte, con una convicción muy clara: la cultura necesita artistas, pero también necesita personas que la gestionen, la promuevan, generen vínculos y creen las condiciones para que las ideas puedan transformarse en proyectos concretos.
10. ¿Cuál fue tu primer proyecto como gestor cultural? ¿Y cómo definirías la gestión cultural en una sola frase?
Mi primer proyecto como gestor cultural fue la organización y conducción del Primer Festival Unidos por el Arte, realizado en el Círculo del Magisterio y dedicado en homenaje al periodista Alejandro Villafañe.
Fue una experiencia muy importante para mí porque significó llevar a la práctica una idea que hasta ese momento estaba principalmente en mi cabeza: reunir distintas expresiones artísticas y generar un espacio de encuentro con el público.
Si tuviera que definir la gestión cultural en una sola frase, diría que es transformar ideas y proyectos en experiencias culturales que puedan llegar a la sociedad.
Gestionar cultura significa planificar, producir, articular y generar vínculos entre artistas, instituciones y públicos. Pero, sobre todo, significa encontrar los caminos para que una propuesta cultural pueda hacerse realidad.
11. Desde Unidos por el Arte no solo impulsan la música y la danza, sino también presentaciones literarias, exposiciones de arte, muestras y sinergias entre diferentes disciplinas. ¿Cómo definirías la filosofía de trabajo de la organización para lograr que distintas ramas del arte convivan bajo un mismo techo?
La filosofía de trabajo de UPEA parte de una idea muy simple: la cultura crece cuando las distintas disciplinas se encuentran y se enriquecen mutuamente.
No buscamos solamente compartir un espacio físico. Buscamos generar un territorio común donde la música, la danza, la literatura, el teatro y las artes visuales puedan dialogar, complementarse y generar nuevas experiencias para el público.
Con el tiempo, UPEA fue desarrollando una estructura de trabajo flexible y colaborativa que nos permite adaptarnos a distintos proyectos y trabajar con artistas e instituciones de diferentes ámbitos. Por eso me gusta definirlo como una productora cultural multidisciplinaria, pero también como un espacio de encuentro y articulación.
Creo que cuando un músico conoce a un escritor, cuando un bailarín comparte escenario con un artista visual o cuando una institución abre sus puertas a diferentes expresiones, aparecen posibilidades nuevas. Y justamente ahí está una de las mayores riquezas de la gestión cultural: generar esos encuentros y hacer que sucedan.
12. La gestión cultural independiente en Argentina suele lidiar con la falta de presupuestos estables. ¿De qué manera la autogestión y el tejido comunitario suplen las carencias institucionales para sostener la continuidad de los ciclos?
La autogestión es, muchas veces, una necesidad, pero también una manera de entender y hacer cultura. Cuando no existen presupuestos estables, los proyectos independientes se sostienen gracias al compromiso y, fundamentalmente, al trabajo colectivo.
En mi experiencia, el vínculo con artistas, instituciones, espacios culturales, escritores, músicos y distintos actores de la comunidad permite generar redes que hacen posible que muchas actividades continúen.
Creo que la cultura no se construye solamente desde las instituciones. También se construye desde abajo, desde quienes todos los días tienen una idea y buscan la manera de llevarla adelante.
Desde UPEA intentamos justamente generar esos puentes: acompañar a los artistas, buscar espacios, gestionar apoyos y unir voluntades. A veces los recursos económicos son limitados, pero cuando existe compromiso y una comunidad que acompaña, muchas dificultades pueden transformarse en oportunidades.
13. Has mencionado en diversas oportunidades el valor de acompañar la producción independiente y fomentar el desarrollo de nuevos talentos. ¿Qué diagnóstico hacés de la escena artística tucumana actual en cuanto a espacios físicos para los nuevos creadores?
Tucumán tiene muchísimo talento y una producción artística muy diversa. Permanentemente aparecen músicos, escritores, actores, bailarines, artistas visuales y jóvenes que tienen mucho para decir y aportar.
El problema, muchas veces, no está en la falta de talento, sino en la falta de espacios donde ese talento pueda mostrarse, desarrollarse y encontrarse con el público.
Creo que necesitamos ampliar y fortalecer los lugares de encuentro cultural, tanto públicos como privados e independientes. Un artista que recién comienza necesita oportunidades concretas: un escenario, una sala, una biblioteca, un centro cultural o simplemente un lugar donde pueda presentar su trabajo.
Por eso considero fundamental acompañar la producción independiente. No se trata solamente de organizar un evento, sino de generar un circuito que permita que los artistas puedan crecer y que el público tenga acceso a propuestas diferentes.
Tucumán tiene una enorme riqueza cultural. El desafío es generar las condiciones para que esa riqueza pueda expresarse, circular y tener continuidad.
14. En una época hiperconectada donde los consumos culturales suelen ser tan fugaces, ¿cómo logra un gestor cultural captar la atención del público joven hacia expresiones que exigen una escucha y contemplación más atenta?
Creo que no hay que competir contra las nuevas tecnologías, sino aprender a convivir con ellas y utilizarlas como herramientas. Los jóvenes tienen nuevas formas de relacionarse con la cultura y con la información, y quienes gestionamos cultura tenemos que comprender esos cambios sin renunciar a la calidad ni a la profundidad de las propuestas.
También es importante generar experiencias. Cuando un joven participa de una actividad y siente que forma parte de algo, que puede descubrir, compartir y expresarse, la cultura deja de ser algo distante.
La clave, para mí, está en despertar la curiosidad. No podemos obligar a nadie a interesarse por una determinada expresión artística, pero sí podemos crear las condiciones para que tenga la oportunidad de conocerla.
Y muchas veces, cuando esa primera experiencia ocurre, descubrimos que los jóvenes están mucho más interesados de lo que suponíamos.
15. Para cerrar, Rubén: entre la Orquesta Estable, tu labor como profesor de violín y la agenda importante de Unidos por el Arte, ¿cuáles son los proyectos más urgentes que tenés en mente de cara al futuro?
Proyectos tengo muchos, porque permanentemente me estoy reinventando y buscando nuevos caminos para seguir aportando a la cultura. La gestión cultural es una profesión de mucha exigencia, entrega y, sobre todo, devoción. Cuando uno realmente siente pasión por lo que hace, siempre aparecen nuevos desafíos.
Como proyecto prioritario, me gustaría consolidar el espacio de Unidos por el Arte, fortalecer todo lo que venimos construyendo y darle una mayor proyección. También quiero profundizar el trabajo conjunto con instituciones y organizaciones culturales de otras provincias y, si es posible, avanzar en vínculos y proyectos con instituciones del exterior.
Creo que el futuro pasa por generar más redes, compartir experiencias y abrir nuevas oportunidades para nuestros artistas.
Después de tantos años, tengo cada vez más claro que gestionar cultura es, en definitiva, crear puentes. Puentes entre artistas y públicos, entre instituciones y proyectos, entre Tucumán y otros lugares. Y ese es el camino que quiero seguir recorriendo.
