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La inteligencia de la resignación

Publicado el

Por José Mariano.

«Saben muy bien lo que hacen, pero aun así lo hacen».

— Slavoj Žižek, El sublime objeto de la ideología

La ignorancia ha dejado de necesitar la ausencia de información. Conocemos los mecanismos que nos gobiernan, las consecuencias de nuestras decisiones y las contradicciones que atraviesan nuestra existencia. Sabemos lo suficiente como para reconocer aquello que nos perjudica. También hemos aprendido a convivir con ello.

La verdad ya no necesita permanecer oculta para resultar inofensiva.

La corrupción puede ser pública, la desigualdad puede medirse, la manipulación puede reconocerse y la injusticia puede exhibirse todos los días. Nada de eso garantiza que algo cambie. Hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para incorporar lo intolerable a nuestra vida cotidiana. La indignación se agota, las denuncias se acumulan y aquello que alguna vez resultó inadmisible termina formando parte de la normalidad.

El cinismo se ha convertido en una forma de adaptación. Reconocemos las contradicciones del mundo que habitamos y encontramos argumentos para seguir participando de ellas. La conciencia de lo que ocurre puede convivir con la aceptación de sus consecuencias, hasta convertir aquello que cuestionamos en una condición más de nuestra existencia.

Nuestra inteligencia también trabaja para protegernos de aquello que sabemos.

No necesitamos negar los hechos. Podemos interpretarlos hasta volverlos compatibles con nuestras preferencias, construir explicaciones que preserven nuestras certezas y encontrar razones suficientes para continuar haciendo lo mismo. La justificación termina ocupando el lugar del pensamiento.

La circulación permanente de información ha modificado nuestra relación con aquello que conocemos. Las denuncias compiten por atención, las injusticias se suceden en una pantalla y cada acontecimiento desplaza al anterior antes de que podamos comprender sus consecuencias. La crítica encuentra espacios cada vez más amplios para expresarse, pero también puede quedar atrapada en la velocidad que la vuelve pasajera. La visibilidad de un problema termina confundiéndose con la posibilidad de resolverlo.

Esta disposición atraviesa la política, las instituciones, el trabajo y nuestras relaciones cotidianas. Las estructuras de poder también se sostienen sobre esa capacidad de adaptación. La denuncia puede multiplicarse, convertirse en conversación o espectáculo, sin alterar las condiciones que la hicieron necesaria.

Sin embargo no toda aceptación es voluntaria. Existen dependencias materiales, relaciones de poder y condiciones que restringen nuestra capacidad de decidir. Pero esas limitaciones conviven con otra disposición, la facilidad con la que transformamos nuestras conveniencias en principios y nuestras renuncias en decisiones razonables.

La posibilidad de expresar nuestro desacuerdo constituye una conquista fundamental. Pero su existencia no garantiza que aquello que cuestionamos pueda transformarse. Entre hacer visible una contradicción y alterar las condiciones que la producen existe una distancia que ninguna acumulación de discursos consigue resolver por sí sola.

La crítica ha encontrado un lugar dentro del mismo orden que cuestiona. El desacuerdo se vuelve visible, la indignación adquiere reconocimiento y la denuncia puede producir la sensación de haber intervenido. Aquello que debería poner en cuestión el funcionamiento de las cosas puede terminar contribuyendo a su continuidad. El sistema aprende a convivir con sus propias impugnaciones.

El poder ha descubierto que no necesita impedirnos conocer la verdad. Le alcanza con que no hagamos nada con ella.

Sin embargo, ninguna forma de adaptación consigue cancelar definitivamente las contradicciones que la hacen necesaria. Aquello que permanece a la vista también conserva la posibilidad de ser pensado, discutido y transformado. La misma circulación de conocimientos que puede alimentar la indiferencia contiene una potencia que todavía no hemos terminado de desarrollar.

El conocimiento acumulado por una sociedad constituye una inteligencia que excede a cada individuo. Se construye en las experiencias compartidas, en las capacidades de cooperación y en las formas de pensamiento que somos capaces de producir colectivamente. Su potencia comienza a desplegarse cuando dejamos de acumular información y conseguimos relacionarla, discutirla y convertirla en una capacidad común para intervenir sobre nuestras condiciones de existencia.

Esa inteligencia colectiva tampoco está a salvo de ser apropiada por las estructuras de poder. Puede servir para reproducirlas o para cuestionarlas. Su capacidad transformadora depende de las relaciones que construimos, de las posibilidades de organización y de nuestra disposición a producir algo distinto de aquello que conocemos.

La salida de este cinismo no depende de descubrir una verdad que permanecía oculta. Las contradicciones están expuestas. Lo que todavía necesitamos construir son las condiciones para que ese conocimiento deje de funcionar como una explicación de nuestra impotencia y se convierta en una posibilidad de transformación.

El poder puede aprender a convivir con nuestras críticas. Lo que todavía no ha conseguido es cancelar nuestra capacidad de pensar juntos aquello que podemos transformar.

 

Esto es Fuga.

Edición 72. 

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