por Marcela Elorriaga.
¿Cómo te gustaría que fueran tus hijos?
Desde el mismo momento en que nos enteramos que seremos padres, se nos viene a la mente cómo serán: si se parecerán a mamá, a papá, o a algún abuelo. Imaginamos que serán un músico brillante, una madre excepcional, un excelente alumno, una abogada destacada. Ese es nuestro deseo, nuestro poder, y de todos, la forma de amar.
Los proyectos sobre nuestros hijos suelen ser altos. Deseamos lo mejor para ellos, pero sin quererlo los encerramos en nuestros propios muros, filtros y heridas personales. A veces, sin darnos cuenta, vemos en ellos una nueva oportunidad de reparar algo que no pudimos.
Afortunadamente, los conocemos, morimos por ellos y con ellos, en sus intentos y caídas, caminando de la mano lo más posible, con miedo de nuestros propios miedos. Queremos muchas veces que logren ser como nosotros hubiéramos querido ser. Y, obedientes, que luego se conviertan en adolescentes y jóvenes que sigan al pie de la letra nuestros planes, que valoren cada esfuerzo que hicimos por ellos.
Sin embargo, nos preguntamos si fuimos buenos padres cuando nuestros hijos, como acto de rebeldía, se rebelan y deciden rutas diferentes, movimientos no esperados en sus vidas. Entonces, la angustia y el desasosiego: ¿esos son los hijos que criamos?
Despiértate, soñador, que confundiste tu sueño con su destino. Cuesta ver que no se cumpla eso que imaginamos. Pero se nos invita al amor para toda formación. Porque en realidad no necesitamos hijos que cumplan nuestras metas, sino hijos que se animen a armar las suyas.
Hijos que aprendan a pensar por sí solos, a decidir, a sentir, a buscar sentido en un futuro incierto. Que te escuchen, pero que se levanten con sus propias fuerzas y pongan, por fin, sus huellas. Y también sus formas de libertad.
Entonces, como madres, como padres, seamos abrigo, pero no cadenas. Seamos voz, pero también silencio cuando haya que escuchar lo que les pasa.
Y así, el día de mañana, cuando los veamos partir hacia sus propios horizontes, quizás no sigan nuestros pasos. Pero llevarán consigo nuestras huellas: las huellas del amor que supo —o quiso— más, sin intentar detener su vuelo.