InicioPolíticaLa representación vacía, cuando nadie nos representa y la culpa es nuestra

La representación vacía, cuando nadie nos representa y la culpa es nuestra

Publicado el

por Enrico Colombres.

Argentina atraviesa una crisis de representación política tan profunda como silenciada. Los partidos están de pie, pero vacíos. Las urnas siguen llenándose, pero con fe quebrada. Las caras se repiten, los discursos también. El pueblo ya no cree en nadie, y no sin razón, los dirigentes políticos han perdido el derecho moral a pedir confianza cuando han hecho de la traición su rutina, del incumplimiento su doctrina, y de la incompetencia su escudo.

Ya no se trata de ideologías, ni de peronismo, ni de radicalismo, ni de la nueva derecha ni de la progresía testimonial. Se trata de una realidad que atraviesa todo el arco político, la ciudadanía no encuentra a quién mirar sin sentir vergüenza ajena o desconfianza automática. Se terminó el tiempo de los líderes con autoridad moral y visión de país. Lo que queda es una clase política degradada, sin preparación ni vocación real, cuya máxima preocupación es sobrevivir en la rosca, no transformar la realidad.

¿Dónde están los cuadros técnicos formados, los estadistas con visión, los dirigentes con coraje? La mayoría de los que hoy ocupan bancas, intendencias, ministerios o micrófonos no podrían sostener una entrevista de trabajo fuera del ámbito estatal. Improvisan, repiten frases de manual, tercerizan responsabilidades y se escudan en diagnósticos eternos para no ejecutar ninguna solución. ¿Qué formación tienen, qué experiencia, qué compromiso con el bien común más allá del slogan? La política se ha vuelto un refugio de mediocres, de cómodos, de cínicos.

Y lo más grave, las promesas de campaña son papel mojado desde el primer día. Nadie cumple. Nadie rinde cuentas. Nadie pierde su cargo por mentirle a la gente. Se promete «revolucionar la educación», y las escuelas siguen cayéndose a pedazos. Se jura «terminar con la inflación», y los precios suben antes de que se enfríe el café del desayuno. Se dice «defender a los jubilados», pero se los ajusta como primera medida. El contrato electoral está roto, pero nadie paga por romperlo.

En este contexto, el descreimiento popular no es apatía, es defensa propia. El ciudadano común no se alejó de la política por capricho, se fue expulsado. Porque cada vez que se acerca lo estafan, lo usan, lo olvidan. ¿Cuántas veces más hay que tocar la puerta para que no la cierren en la cara, cuántas veces más hay que votar con esperanza para que te gobiernen con negligencia?

La caída en la participación electoral es la prueba. En 2023, más del 30% del padrón no votó en las elecciones generales, y en provincias como Chaco, Salta o Misiones, la abstención superó el 40%. Ni siquiera con el voto obligatorio se logra el interés de una ciudadanía que, cansada y desilusionada, elige no votar. ¿Qué mayor síntoma de crisis democrática que el silencio de las urnas?

Por eso la participación civil está en su punto más bajo. No porque la gente no quiera cambiar las cosas, sino porque no cree que se pueda. Porque los espacios de decisión parecen inaccesibles, encriptados, reservados para una casta cerrada que solo se abre cuando necesita votos. Y cuando alguien ajeno quiere organizar algo nuevo, se encuentra con una maquinaria diseñada para impedirlo, trabas legales, falta de recursos, aprietes territoriales, indiferencia mediática. La política tradicional se autoprotege como un sistema inmunológico ante el ataque de una enfermedad terminal, que se resiste y pelea a todo lo que no reconoce como propio.

Pero también hay responsabilidad del otro lado. La sociedad se acostumbró a mirar desde la tribuna, a quejarse desde el living, a comentar indignada en redes, pero sin organizarse. La decepción es comprensible, pero no puede ser la excusa eterna para la inacción. La ausencia de nuevos liderazgos también es el resultado de una ciudadanía que, muchas veces, prefiere consumir indignación antes que construir representación. Como si bastara con tener razón para cambiar la realidad.

Y como ya he escrito anteriormente, el abordaje es multidisciplinario, estructural y profundo, pero el aporte del pueblo es indispensable. La construcción de nuevos espacios, nuevas formas de participación, nueva lógica política no va a venir desde arriba. Requiere de organización, voluntad y decisión popular. Pero también, y esto es clave, la reforma política estructural ya no es una opción, es una urgencia impostergable. Porque ya no alcanza con representar y gobernar, ahora se trata de cumplir objetivos concretos. Si la figura no da la talla, si no cumple con lo que prometió, tiene que dejar paso al que sigue. Para eso están las listas, para eso existe el mandato popular. No más cheques en blanco, no más bancas eternas para ineptos funcionales.

Además, es imprescindible economizar el sufragio. Votar debe ser un acto de decisión eficiente, no un trámite ceremonial. No puede ser que el ciudadano solo se exprese cada dos años con una boleta arcaica mientras todo lo demás sucede sin su participación. Es momento de habilitar consultas populares vinculantes, presupuestos participativos, decisiones estratégicas tomadas directamente por el pueblo. Y no estamos hablando de utopías, hoy tenemos tecnología, capacidad logística y precedentes internacionales. Aplicaciones estatales como «Mi Argentina» pueden ser una base funcional para generar plataformas digitales de votación segura, accesible y auditable. Si podés hacer una denuncia, gestionar tu DNI y ver tu historia clínica desde el celular, ¿por qué no podrías votar desde ahí decisiones clave que te afectan a diario?

El problema es que cuando nadie ocupa el vacío, el vacío lo ocupa cualquiera. Y lo que llega, cuando no hay organización ni formación ni vocación, suele ser peor. Ya lo vimos. Ya lo sufrimos. Por eso, es urgente recuperar el sentido de lo colectivo. La política no puede seguir siendo un reality de egos, una competencia de slogans ni un festival de improvisación permanente. Necesita ser reconstruida desde abajo, con nuevas reglas, nuevos actores y sobre todo con una ciudadanía activa, informada y exigente.

No alcanza con indignarse. No alcanza con votar. No alcanza con denunciar. Hay que participar. Hay que formar, formarse y formar a otros. Hay que crear espacios propios, autónomos, horizontales, con objetivos claros y control ciudadano. Y hay que hacerlo ya, antes de que la bronca social se convierta en resignación irreversible, o peor, en un atajo autoritario que prometa orden a cambio de obediencia.

Y si nadie te representa, entonces represéntate vos. No esperes a que surja el líder perfecto. No existe. No lo busques en la tele ni en las redes. No va a venir. Y si no viene, no es porque no pueda, sino porque quizás ese lugar te corresponde a vos. Sí, a vos. Que ves todo, que entendés todo, que sufrís todo. Quizás no falta un salvador, quizás falta tu coraje.

La política no se cambia con memes, se cambia con presencia. No se reforma con quejas, se reforma con hechos. Y sobre todo, no se transforma con miedo, sino con valor. El futuro no va a venir a buscarnos. Hay que salir a construirlo. Y si no lo hacemos, no es por falta de herramientas. Es por cobardía o comodidad.

Y la cobardía, en tiempos de crisis, no es neutral. Es funcional a la comodidad o mejor dicho complicidad colectiva de la que inevitablemente vos sos parte.

 

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