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Entre la Crueldad y la Letanía

Publicado el

por Daniel Posse. 

El panóptico, según Foucault, es una metáfora y un concepto clave en su análisis del poder y la disciplina en la sociedad moderna. Describe una estructura de prisión circular donde los presos son constantemente vigilados por un guardia que ellos no ven, lo que crea un estado de permanente visibilidad y, por ende, un control social interiorizado.
Aquí es donde creo, con toda la convicción de que puedo estar equivocado —dudo—, que la resignificación nos alcanzó y nos sometió a una nueva matriz, en donde lo circular se ha desdibujado para convertirse en una poderosa red.
Ya no es un ambiente circular, es como una telaraña, en la que dejó de existir un vigilante para emerger una manada de vigilantes que observan, prejuzgan, condenan y someten a un supuesto escrutinio público. El rol de verdugos se ha vuelto estelar, para que con este ejercicio puedan terminar con las resistencias.
Esos actos nos van adormeciendo, como cuando nos acostumbramos tanto al dolor y al asco que dejamos de sentirlos. Pero el resultado, al final, parece ser el mismo. Y la historia se repite, con otros colores.

Pareciera que, desde la sensación de una anarquía constante, se esfuman las reglas, que todo se vuelve efímero, y que en esa fugacidad habita y persiste la voluntad de un Gran Hermano que tiene diferentes caras, identidades y protagonismos.
La sensación de anarquía es parte de una escenografía que no me parece real. (Pero creo que ellos saben lo que hacen).

En la obra Vigilar y castigar, de Michel Foucault, la prisión no es solo un lugar de encierro, sino un espacio que representa la transición de un sistema de castigo basado en la exhibición pública del sufrimiento a un sistema disciplinario que busca la modificación del comportamiento.
La obra explora conceptos clave como el panoptismo, la disciplina, el examen y el poder, mostrando cómo el poder se ejerce de forma sutil y a través de la vigilancia y el control de los cuerpos.
Pero ese control se ha extendido, y no solo se trata de cuerpos: también de mentes, de ideas, de rebeliones.
Se resignifican palabras como libertad y derecho. Todo termina siendo lo opuesto de lo que era. Y la palabra sin verificación —por decir el discurso falaz— se transforma en la verdad absoluta. Y parece serlo todo el tiempo, sin lugar a ninguna duda. Eso termina justificando todo.
La sensación de culpa por mentir se ha extinguido, porque la voracidad del decir que convence —de forma subjetiva y maloliente— es lo que queda como única versión de los hechos. Esa herramienta se ha vuelto esencial.

Pero nada es inocente, y nada ha sido de golpe. Todo fue un in crescendo lento, circular, muchas veces inconcluso. A veces rápido; otras veces de forma lenta.
Hemos estado viviendo entre la crueldad y la letanía. Y ese vivir nos ha hecho ir naturalizando ese proceso y ese estadio, hasta que, sin darnos cuenta, se convirtió en el paisaje diario.
Quizás por eso es que subsistimos en un clima anestesiado y de letargo.
Y todo esto tuvo como consecuencia, a mi parecer, una decadencia sorda, sin la sensibilidad necesaria para la indignación y el enojo.
Quizás por eso la gente se transformó en una manada ciega, atomizada, en la que —por obvias razones— dio lugar a una dirigencia política que dejó las reglas morales, la ética, la cortesía, por el grito, la descalificación, el insulto voraz.
Todo vale. La mentira se tiñe de una supuesta verdad que sirve de argumento sólido para expresiones y actos de crueldad que quedan haciendo un eco sordo en una letanía que nos subyuga.

Siempre pienso si la dirigencia política es producto de esto que nos pasa, o es al revés: ¿somos producto de la dirigencia?
Pero llego a la conclusión de que existe una retroalimentación continua y constante.
Esa simbiosis es áspera, pero se ha vuelto esencial para la sociedad en la que habitamos y su constante supervivencia. Para que, quizás, podamos entender las consecuencias de lo que vivimos.
Estos mecanismos se han vuelto esenciales para poder diseñar el mundo que nos rodea, sin que la fuga pueda ser una opción.
Todo vale para justificar nuestros odios y resentimientos. Todo vale para proyectar en esos otros lo que nos ha molestado, o nuestras frustraciones.
No queremos ser el otro. No deseamos lo del otro. Queremos hacerlo desaparecer, volverlo invisible, como si en nuestra historia el estado de la desaparición fuera nuevo.
Ya no nos alcanza con desconocer un genocidio: mejor lo negamos, lo volvemos invisible.

Entonces no es importante poseer metas y valores (ahora en desuso para el poder).
No nos importan ni los niños con cáncer, ni los médicos, ni los que tienen hambre.
No nos importan los ancianos y su subsistencia.
Importan los que manipulan al poder, ayudados por los espejismos de la tecnología, que los hace cada día más reales.

La ambición de una eterna juventud es la constante reforzada.
Las herramientas y las nuevas destrezas no son el trabajo y mérito de poder incluir al otro: es la exclusión.
Por eso es que somos parte de esa exclusión, porque al no decir nada, al no marchar, al hacer silencio, nos volvemos parte de ese sistema. Y terminamos siendo tan cómplices como muchos periodistas, como los medios de comunicación en general, como los políticos y las fuerzas de seguridad, que se han vuelto parte de un gran acto de invisibilizar.

Por eso creo que no nos debe extrañar que las marchas y contramarchas de los que van quedando afuera del reparto y la contención social —de los que van quedando fuera del sistema, y que cada día son más— nos parezcan menos.
En esos actos de aparente comunión entre los incluidos y los excluidos, porque sin resistencia no hay poder —se pierde—, habita una poderosa identificación. Y, a la vez, un desconocimiento a la hora de poder reconocer a ese otro que, en algún tiempo, fue como nosotros. Fue parte de nosotros.

Antes —por lo menos en mi caso— sentía vergüenza de mí mismo si me contradecía en los valores o en la palabra dada.
Quiero decir: en lo discursivo y en el hacer diario.
Hoy eso no importa.
Lo que importa es la frase justa, efectista, que anule el deseo, el sueño del otro, de lo diferente.
Los actos de crueldad se han vuelto tan cotidianos y comunes que los hacemos parte de nosotros mismos, sin notarlo.
La hegemonía del poder parece ser la forma de perdurar. Entonces hay que ser parte, por lo menos desde las redes sociales y sus vanos posteos y comentarios.

Esta vez mi columna es diferente.
Me siento diferente.
Quizás porque esos actos de crueldad, y esa letanía de la mayoría, hicieron víctimas a quienes más me importan: los niños.
O a mí mismo, que —al ser un paciente oncológico, y diabético, y mayor de edad, que está cubierto por ahora por la posibilidad de poder pagar la medicina privada— me hizo pensar que, por ahora, estoy fuera de ese exterminio planificado.
¿La matriz de lo que nos sucede no será una analogía de los Juegos del Hambre?

Por ahora me detengo.
Miro por la ventana.
La noche.
La calle vacía.
Ese Buenos Aires sordo.
Y me pregunto si esa crueldad a la que me refiero ya no es parte de mí, y de mi intento de ver a través de una fuga.

45 COMENTARIOS

  1. Quisiera salirme de lo sórdido y la manipulación ..no es fácil dejar de creer en el significado de las palabras y en las escenografías montadas en un país ficciónado y caer en la catarata de malas noticias y noticias falsas…el país perdió el sentido social de la verdad y la justicia…hace años que el facilisimo y el atajó son la moneda corriente en todos los ámbitos ..la decadencia nos llegó en toda su dimensión y si no aprendemos a ser hombres y mujeres genuinos y valientes, seguiremos ruinosos en lo material pero más aún en lo moral…hay un clamor de ética y honestidad y tristemente muchos compatriotas creen que la magia es posible…humilde opinión sabatina.. abrazo amigo

    • Estoy muy triste por la situacion de Argentina. Aqui, de Brasil, nos solidarizamos con ustedes. Que estos tiempos dificiles sean breves.

  2. Excelente Dany!!! Felicitaciones!!! Adhiero a todo lo que decís, creo que este proceso nefasto viene desde hace un tiempo, disfrazado de progreso individual por encima de lo colectivo, de meritocracia, de individualismo, de desprecio por el que menos tiene pero recibe algo, etc. Hoy vivimos una realidad que interpela solo a algunos, otros creen que la crueldad es la normalidad. Hasta cuándo? El tiempo lo dirá…

  3. Exquisitas, sentidas y reflexivas palabras describen la profunda crisis humanitaria del exterminio del derecho a ser, terner y vivir del otro que incomoda. Felicidades Daniel.

  4. Me parece muy explícito tu texto amigo, coincido. La pregunta es cual es la precuela de esta conducta social. Hoy pareciera que bancarse todo es la consigna. Una oración, un chisme alcanza para fundamentar un juicio. Abrazo.

  5. Excelente artículo, tengo que decirte amigo, que muy al pesar de nuestro pueblo y de la humanidad, todo lo que mencionas es cierto…. La ciudadanía en su letargo creo a los políticos, que en su verborragia, cada vez más brutal y bárbara, transforman a esa sociedad en una manada mansa y, si se me permite, cada día más embrutecido. Abrazo

  6. Desde nuestra posición de observados ancianos intercambiar ese lugar y pasamos también a observar, juzgar, sentenciar al otro. Intercambiamos el lugar y en esa tarea perdemos nuestros principios y valores y nos mimetizamos con el nivel superior… qué no sabemos quiénes son.

  7. Excelente tu relato Daniel, llegás al hueso de la realidad. Tu sensibilidad hace que la crueldad no sea parte de tu ser, sino que moviliza a tomar conciencia y a diferenciarse, te felicito!

  8. Hermoso amigo….. !! Todo lo que esta pasando esta escrito en el tango siglo xx Cambalache….. tanta verdad…… y podría agregar y me identifica es el tema de la Renga el revelde, y otros de los es de fito Paez. Salir al sol… son temas que hablan mucho de lo que se vive actualmente. Muchas veces me pregunto…. el futuro, podría ser peor aún???

  9. Querido Dani muy cierto todo lo que está pasando, una triste realidad la cual la gente está normalizando en algunos aspectos.
    Hermoso poder leerte, abrazo grande.

  10. Muy completa y abarcativa tu nota Daniel. Esta visión panóptica extendida del hoy. Si mal no recuerdo la obra Vigilar y castigar de M. Foucault es de los 70. Hoy tan vigente y recargada gracias tambien a las redes dónde nosotros mismos entramos en ese juego exponiéndonos a la vigilancia. Por un lado, se nos hace urgente visibilizar la verdad x encima del engaño y la negación, por otro quedamos en la mira. A mí en lo personal no me importa demasiado quedar en la mira. Prima en mí, y creo que tambien en tí, sumar a la resistencia, que como alude tu nota, parece siempre que somos menos, pero si somos gota molesta unidos seremos océano imparable.

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