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Marcas, sellos y caudillos

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Por Fernando Etienot.

Los votantes ante los “falsos testimonios”

Muchas veces se vota por sentimiento, por prebenda o por un lugar en la estructura. Pero incluso cuando se intenta elegir con criterio, la oferta electoral está distorsionada, el potencial votante rara vez conoce el verdadero contenido de lo que se le ofrece. Y quienes sí son conscientes suelen estar sumidos en el escepticismo o la apatía. Allí es donde entran en juego las marcas.

Las marcas en política deberían condensar ideas, valores y un proyecto de país. A veces la marca es un sello partidario que, por su historia, pretende dar previsibilidad respecto a las acciones futuras. Pero con frecuencia la marca es un nombre propio, un caudillo.

El votante asocia directamente al caudillo con un conjunto de posturas y conductas, y confía en esa imagen. O bien, de forma indirecta, traslada esa confianza a hijos, hermanos o herederos que cargan con el mismo apellido y prometen continuidad.

La fuerza de la marca

La marca otorga ventajas decisivas. Por un lado, atrae a votantes que buscan cierta coherencia política. Por otro, asegura el acompañamiento del “núcleo duro”: los que siguen al caudillo como fans incondicionales —el “termo”— o los que lo hacen por conveniencia, esperando una prebenda o un lugar en la estructura.

Así prosperan las candidaturas testimoniales, cuando un caudillo encabeza una lista para asegurar votos, aunque no tenga intención de asumir el cargo. El prestigio del líder se transfiere a candidatos sin trayectoria ni legitimidad propia, que se benefician simplemente por aparecer en la boleta.

La estrategia no es nueva. “Cámpora al gobierno, Perón al poder” fue una fórmula explícita. Hoy se repite en clave más opaca: “fulano es mengano”, “este candidato = aquel caudillo”. La lógica es siempre la misma, convencer de que, aunque el caudillo no ocupe el cargo, seguirá en el poder.

Sellos como mercancía

Las marcas también se negocian. Como en el mercado, el prestigio se vende y se compra, incluso si quien lo recibe no tiene coherencia ni trayectoria. Basta con entrar bajo el paraguas de la marca para adquirir prestigio automático, venga de donde venga.

Esto abre paso a otra consecuencia: la dedocracia. Si lo que importa es el sello, las internas reales sobran. Las bases partidarias dejan de tener voz. Los candidatos se eligen a dedo, la competencia interna se evapora y la democracia interna se convierte en una formalidad vacía.

El voto nominal y su sentido

El voto en nuestro sistema representativo es nominal. El mandato se entrega a una persona, no a una marca ni a un caudillo.

Si los cargos fueran propiedad de los sellos, bastaría con que un solo representante, designado por el partido, votara en nombre de todos. Se ahorrarían gastos, pero sería la demolición de la democracia.

Cada candidato debe asumir la responsabilidad personal de representar al votante que lo eligió. No puede escudarse en la obediencia al partido o al caudillo. Porque el verdadero jefe del mandatario no es el sello ni el líder, es el ciudadano que le dio su voto.

Legitimidad o escepticismo

La distorsión no es solo teórica, erosiona la legitimidad. En el sistema inglés, por ejemplo, la representación efectiva permitió limitar al rey sin necesidad de una revolución como la francesa. La ciudadanía se sintió verdaderamente representada en el Parlamento, y eso blindó de legitimidad a las leyes e instituciones.

Pero esa legitimidad requiere que el votante sienta que su representante le responde a él más que al partido. Durante mucho tiempo, las circunscripciones pequeñas permitían un vínculo directo entre votantes y candidatos.

Aquí, en cambio, el voto nominal se convierte en un cheque en blanco a favor de la marca. El votante dice: “No conozco al candidato, pero si está con este sello, lo voto igual”. El resultado es previsible: falta de legitimidad, escepticismo, apatía y cada vez menos participación.

La distorsión que naturalizamos

La democracia representativa y republicana no fue pensada así. Y, sin embargo, nos hemos acostumbrado a que el apellido pese más que la trayectoria, que el sello valga más que la responsabilidad, que la obediencia a un caudillo sustituya el mandato ciudadano.

El problema no es menor. Si seguimos aceptando que los votos son propiedad de las marcas o de los caudillos, la representación se convierte en una ficción.

La democracia se vacía cuando dejamos de reclamarle a los representantes que respondan ante nosotros. Y ese vacío es el que alimenta la apatía.

Nuestro sistema democrático seguirá con una legitimidad distorsionada si no entendemos que el único jefe de cada mandatario electo no es una marca ni un caudillo, sino el votante que da un mandato de cumplir, en forma personal y sin interferencias, una plataforma electoral para un proyecto de país.

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