por José Mariano.
Vivimos en una época donde casi nadie se confiesa ingenuo. Sabemos que los políticos mienten. Sabemos que los medios responden a intereses. Sabemos que las instituciones están tomadas, que los jueces no son neutrales, que los poderosos no pagan las consecuencias de sus actos. Lo sabemos. Todos lo saben. Lo decimos en redes, en cafés, en charlas de pasillo. Y sin embargo…
Nada cambia.
Ahí aparece Peter Sloterdijk con una de las ideas más filosas de la filosofía contemporánea: la razón cínica.
En su libro Crítica de la razón cínica (1983), describe una forma de conciencia propia de nuestra época: una lucidez sin consecuencia, una inteligencia resignada. Gente que sabe perfectamente cómo funciona el sistema, pero igual participa de él.
Ya no vivimos, dice Sloterdijk, bajo el dominio de la falsa conciencia que criticaba Marx. Nadie se cree el cuento. La mentira fue reemplazada por el espectáculo. El engaño, por la ironía. El poder ya no necesita ocultarse: le basta con que lo mires sin esperanzas.
Saberlo todo… y no hacer nada
En este modelo, el saber se transforma en una coartada para la pasividad.
“¿Qué querés que haga?”, “Son todos iguales”, “El mundo está podrido”, “Ya lo sabíamos”…
Frases que parecen críticas, pero que en realidad son escudos.
La razón cínica te protege del ridículo de creer, del riesgo de comprometerte, del dolor de esperar algo que probablemente no suceda. Es una lucidez fría, defensiva, que te permite sentirte “por fuera” de todo, cuando en realidad ya estás adentro, funcionando como parte del engranaje.
Cínicos arriba, cínicos abajo
La cita más famosa de Sloterdijk lo dice sin vueltas:
“Si Jesús viviera hoy, no diría: ‘Padre, perdónalos, no saben lo que hacen’, sino: ‘Padre, perdónalos, saben lo que hacen… y lo siguen haciendo’.”
Esa frase no solo apunta a los poderosos. También nos apunta a nosotros.
Porque la razón cínica no es exclusiva de los que mandan.
Es una forma de existencia que se cuela en todos los niveles. En el ciudadano que vota sabiendo que lo van a traicionar. En el periodista que denuncia pero nunca incomoda a su dueño. En el votante que justifica al corrupto de su propio bando. En el militante que se burla del que todavía cree en algo.
El cinismo no es rebeldía.
Es una adaptación.
Una forma de sobrevivir… pero sin transformar nada.
El caso de los senadores
Esta semana, por ejemplo, el Senado se votó a sí mismo un aumento para llegar a casi 10 millones de pesos brutos por mes. Lo hicieron a mano alzada, sin debate, con acuerdo entre oficialismo y oposición. Y cuando estalló el repudio social, algunos salieron a simular indignación.
Otros, directamente, no dijeron nada.
Y los votantes —otra vez— ya lo sabían.
No fue sorpresa. Fue confirmación.
Una escena perfecta del cinismo estructural: todos saben lo que está mal, pero nadie asume el costo de romper la lógica.
La risa como anestesia
Sloterdijk también advierte que el cinismo viene con risa. Esa risa sarcástica, inteligente, que dice “yo ya lo sabía”. La risa del que se burla de los discursos, de la política, de la moral.
Pero esa risa no incomoda al poder. Lo tranquiliza. Porque detrás del sarcasmo no hay acción, solo desconfianza. Y una sociedad que desconfía de todo es una sociedad que no construye nada.
No hay nada más útil para el sistema que una ciudadanía informada… pero inmóvil.
Ese es el triunfo de la razón cínica: lograr que pensar y actuar no tengan relación.
¿Se puede romper el cinismo?
No con datos. No con más análisis.
El cinismo no se combate con razones, sino con gestos. Con vínculos reales. Con prácticas que desarmen la lógica del “todo está perdido”. Con espacios donde el lenguaje no sea solo performance, sino palabra viva.
Con medios que no repitan el espectáculo.
Con palabras que no estén hechas para likes.
Con ideas que también nos incomoden a nosotros mismos.
Porque lo más cómodo es reírse.
Pero lo más urgente… es volver a creer que algo puede cambiar.