IniciointernacionalLa batalla de las dos culturas

La batalla de las dos culturas

Publicado el

Por María José Mazocato.

En Medio Oriente, la guerra ya no sorprende. Se ha vuelto paisaje. Cambian los nombres, los actores, los escenarios tácticos. Pero el fondo permanece inquietantemente constante. Hoy, la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán —con episodios como la tensión en el Estrecho de Ormuz— vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿estamos ante un conflicto resoluble o frente a una guerra estructuralmente interminable?

La lectura más inmediata dirá que el problema es estratégico. Que Irán amenaza el flujo energético global al tensar el control sobre el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de un tercio del petróleo mundial. Que Estados Unidos responde para garantizar la estabilidad del mercado energético. Que Israel actúa bajo una lógica de seguridad nacional frente a un adversario que niega su legitimidad. Todo esto es cierto, pero profundamente insuficiente.

Reducir el conflicto a una ecuación de intereses es, en el fondo, una forma elegante de no entenderlo.

El problema es más incómodo: esta guerra también —y quizás sobre todo— es cultural. Es el choque entre dos formas de ver el mundo que no solo difieren, sino que se desconfían estructuralmente. Aquí es donde las ideas de Edward Said siguen siendo incómodamente actuales. Occidente ha construido durante décadas una imagen de Oriente como un espacio caótico, irracional, violento. Pero Oriente también ha construido su propia narrativa: la de un Occidente decadente, invasivo, moralmente vacío. En su versión más radical, incluso diabólico.

No hay neutralidad en estas miradas. Hay prejuicio. Y el prejuicio, cuando se convierte en política exterior, es dinamita.

En este tablero, Israel aparece como una anomalía geopolítica: un Estado con lógica occidental incrustado en un entorno predominantemente islámico. Democracia liberal, alta tecnología, alianza estratégica con Washington. Para Occidente, un socio natural. Para muchos en la región, un cuerpo extraño. Y en esa percepción —más simbólica que material— se juega buena parte del conflicto.

Irán, por su parte, no es solo un actor estatal que busca poder regional. Es también un proyecto ideológico: una república islámica que se concibe a sí misma como resistencia frente a la influencia occidental. Cuando amenaza con cerrar Ormuz, no solo mueve una pieza en el tablero energético: envía un mensaje político y cultural. Dice: “podemos desafiar el orden que ustedes consideran natural”.

Y ese “ustedes” es clave.

Henry Kissinger advirtió hace años que Medio Oriente no puede leerse con categorías occidentales tradicionales. No es simplemente un sistema de Estados racionales que negocian intereses. Es un espacio donde historia, religión, identidad y poder están entrelazados de manera inseparable. Intentar resolver estos conflictos con lógica puramente estratégica es como intentar desarmar una bomba sin entender su mecanismo interno.

La evidencia empírica es brutal. Afganistán: veinte años de intervención occidental para terminar en un retorno al punto de partida. Irak: más de dos décadas de inestabilidad estructural tras la invasión de 2003. Procesos de paz fallidos, acuerdos frágiles, equilibrios que duran lo que tarda en cambiar el contexto regional. La historia reciente de Medio Oriente es, en muchos sentidos, la historia de soluciones que no solucionan.

Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿alguien puede imaginar hoy a los líderes de Irán sentados en una mesa de negociación con Estados Unidos e Israel, en un proceso de paz genuino, sostenido, profundo?

Sería histórico. Pero también, siendo honestos, parece improbable. No porque falten diplomáticos o canales de diálogo, sino porque lo que está en juego no es solo negociable. ¿Cómo se negocia una identidad? ¿Cómo se acuerda sobre una percepción del mundo? ¿Cómo se construye confianza cuando el otro no es solo un adversario, sino una amenaza existencial?

En este punto, el conflicto se vuelve algo más que una guerra. Se transforma en una narrativa: una historia que cada lado se cuenta a sí mismo para justificar su posición. Y las narrativas —a diferencia de los intereses— no se modifican fácilmente. No responden a incentivos inmediatos. Se transmiten, se consolidan, se radicalizan.

Por eso, el eventual bloqueo del Estrecho de Ormuz no es solo un problema para el mercado energético global. Es también un símbolo. Un recordatorio de que el conflicto no se limita a misiles o sanciones, sino que atraviesa percepciones profundas sobre poder, legitimidad y resistencia.

Desde una mirada cínica —y quizás más realista—, podríamos decir que esta guerra no busca necesariamente terminar. Se gestiona. Se contiene. Se desplaza. Cambia de intensidad, pero no de naturaleza. Y en ese sentido, tal vez estamos presenciando no un episodio más, sino la continuidad de una lógica histórica: la de un Oriente y un Occidente que se piensan mutuamente como problema.

Esto no significa que la paz sea imposible. Pero sí que es extraordinariamente difícil. Porque requeriría algo más que acuerdos políticos: implicaría una transformación cultural, un cuestionamiento profundo de las narrativas que cada lado ha construido sobre el otro.

Y eso —a diferencia de los acuerdos estratégicos— no se firma en una cumbre.

Quizás dentro de algunas décadas esta etapa sea leída como un momento oscuro, una fase más en una larga historia de conflictos. O quizás como el punto en que el mundo comprendió —demasiado tarde— que no estaba ante una guerra convencional, sino ante algo más complejo: una disputa entre formas de entender la realidad.

Mientras tanto, la guerra sigue. No solo en el terreno. También en las ideas. Y esa, probablemente, sea la más difícil de terminar.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

Memoria incompleta

Por José Mariano. “El mayor mal en el mundo es el mal cometido por nadie.” —...

Polarización: un problema político, pero también cultural

Por María José Barrionuevo Gallo. En los últimos años, discutir de política en Argentina se...

¿Estamos mal, pero vamos bien o estamos bien, pero vamos mal?


Por Enrico Colombres. “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan...

En defensa del empleado público

Por Nicolás Gómez. Existe hoy, en buena parte de la conversación pública argentina, una sospecha...

Más noticias

Memoria incompleta

Por José Mariano. “El mayor mal en el mundo es el mal cometido por nadie.” —...

Polarización: un problema político, pero también cultural

Por María José Barrionuevo Gallo. En los últimos años, discutir de política en Argentina se...

¿Estamos mal, pero vamos bien o estamos bien, pero vamos mal?


Por Enrico Colombres. “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan...