Por Fabricio Falcucci.
Durante la pospandemia se consolidó una escena política reconocible. El enojo ciudadano, la frustración acumulada y la sensación de desorden encontraron una traducción inmediata en discursos disruptivos, muchas veces encarnados por derechas extremas que prometían soluciones rápidas frente a problemas complejos.
Esa narrativa pareció imponerse a escala global. Pero algo empieza a moverse. No porque ese clima haya desaparecido, sino porque surgen señales de desgaste. La política del enojo, eficaz para conquistar poder, comienza a exhibir sus límites cuando debe ejercerlo. Allí donde se esperaba orden, con frecuencia se profundizan las grietas. Donde se prometía eficiencia, emergen nuevas desigualdades. Y donde se ofrecía claridad, se instala la incertidumbre.
Las grandes ciudades funcionan como un termómetro de ese desplazamiento. En Francia, la ultraderecha no logra consolidarse en los espacios urbanos más complejos. París, Marsella y Lyon permanecen bajo coaliciones progresistas o ecologistas. En Estados Unidos, Nueva York acaba de ofrecer una señal aún más nítida. El triunfo de una propuesta progresista, centrada en vivienda, transporte, cuidado y regulación económica, revela la existencia de una demanda distinta. No se trata de grandes relatos ideológicos, sino de respuestas concretas a problemas cotidianos.
Ese mismo patrón comienza a observarse en Europa. El Reino Unido vuelve a mirar hacia el laborismo. España y Portugal sostienen experiencias de centroizquierda que, con matices, resisten el avance de las derechas más radicalizadas. No hay una ola homogénea, sino una disputa abierta sobre cómo gobernar sociedades atravesadas por la desigualdad, el costo de vida, la diversidad cultural y la fragmentación social.
En ese marco, los liderazgos más duros empiezan a evidenciar dificultades. El caso de Giorgia Meloni es ilustrativo. La lógica de la confrontación pierde eficacia cuando debe traducirse en políticas públicas sostenibles. Gobernar exige algo más que identificar adversarios.
La figura de Donald Trump concentra, quizás como ninguna otra, esa tensión. Su estilo marcó una época y redefinió el lenguaje político global. Pero hoy enfrenta un escenario más complejo. La guerra con Irán lo coloca en una encrucijada difícil. Escalar el conflicto implica costos económicos y políticos crecientes. Retroceder puede interpretarse como debilidad.
Y, sobre todo, hay un dato que atraviesa el escenario internacional: el rechazo social a la guerra es hoy significativamente mayor que en otras épocas. Diversas encuestas globales muestran mayorías claras en contra de nuevas intervenciones militares a gran escala, incluso en países históricamente alineados con Estados Unidos.
La memoria de conflictos largos, costosos y sin resultados claros sigue presente. Por eso, la pregunta comienza a formularse todavía en voz baja, pero cada vez con más frecuencia: ¿puede Irán convertirse en un nuevo Vietnam? No por analogía histórica directa, sino por la posibilidad de quedar atrapado en una guerra prolongada, sin salida clara y con efectos globales.
En ese contexto, Donald Trump parece moverse dentro de su propio laberinto. Oscila entre la escalada y la negociación, mientras el escenario internacional se vuelve menos tolerante a ese tipo de estrategias.
América Latina aporta otra dimensión a este cambio de etapa. Los gobiernos de Claudia Sheinbaum, Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro mantienen una presencia internacional relevante, con agendas centradas en derechos, desarrollo y multilateralismo. Con tensiones y límites, proyectan una forma de liderazgo distinta, menos anclada en la confrontación permanente y más orientada a la construcción de acuerdos.
Nada de esto permite afirmar que la derecha haya retrocedido de manera definitiva. Sigue siendo una fuerza gravitante en muchas regiones. Pero sí deja entrever algo más sugestivo: el ciclo político que se abrió al calor de las dificultades de los gobiernos para gestionar la pandemia, atravesado por el enojo y la disrupción, comienza a agotarse.
En su lugar, los electorados parecen demandar menos épica y más respuestas. Menos identidades cerradas y más políticas concretas. Menos ruptura y mayor capacidad de gestión.
Las experiencias progresistas en ciudades como Nueva York o París todavía están en construcción. No ofrecen certezas; ofrecen, en todo caso, una hipótesis: que es posible responder a los problemas contemporáneos sin profundizar las fracturas que dicen venir a resolver.
El tiempo dirá si esa hipótesis logra consolidarse o no.
Un mundo dominado por el enojo como motor político empieza lentamente a quedar atrás. Y en ese desplazamiento, todavía incierto, se juega el sentido y el propósito de la próxima etapa.

Es tan cierto todo Profesor y el enojo nos está haciendo ver una realidad tan incierta que asusta