por Marcela Elorriaga.
Cuidar el cuerpo es también resistir la lógica de un mundo que enferma para luego vender la cura.
En la era moderna, cuidar la salud parece un lujo o una extravagancia. Vivimos corriendo, saltando comidas, durmiendo mal, con el celular pegado a la mano. Nos acostumbramos al cansancio, al estrés crónico, a la ansiedad como ruido de fondo. El cuerpo se volvió un obstáculo para la productividad, una maquinaria que toleramos hasta que se rompe.
Pero la salud no es un accesorio del bienestar. Es la base. Es la condición para todo lo demás.
Y en tiempos de hiperconexión, ruido, y agotamiento, volver a lo natural no es nostalgia: es supervivencia.
El cuerpo como refugio
La Organización Mundial de la Salud advierte que las enfermedades crónicas no transmisibles (diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, obesidad, depresión) son responsables del 74% de las muertes a nivel global. Muchas de ellas pueden prevenirse con hábitos simples: alimentación equilibrada, descanso adecuado, movimiento diario, vínculos afectivos.
Pero el sistema no está diseñado para prevenir. Está diseñado para parchear síntomas, para medicalizar los efectos de una vida que nos arrasa. Como dice Ivan Illich: “hemos convertido la medicina en un sistema de control más que de cuidado”. Y no hay cápsula que cure un cuerpo sin pausa.
Vivir contra el cuerpo
Byung-Chul Han lo nombra con claridad: vivimos en una sociedad del rendimiento, donde el sujeto se exige a sí mismo hasta el agotamiento. Ya no hay patrón externo que nos oprima; somos nosotros los que nos explotamos en nombre del éxito, la flexibilidad y la productividad.
Dormimos poco. Comemos mal. Nos movemos poco. Y nos exigimos todo.
No es casual que los trastornos de ansiedad, insomnio y depresión estén en alza. Según datos de la OMS, la depresión es ya la principal causa de discapacidad a nivel global. Y en Argentina, 6 de cada 10 personas tienen dificultades para conciliar el sueño de manera sostenida.
Volver a lo simple: hábitos que nos reencuentran
Cuidar el cuerpo no es hacer dieta ni anotarse en un gimnasio como penitencia. Es recuperar hábitos que parecen simples pero son profundamente subversivos en esta época:
- Ejercicio regular: 30 minutos de movimiento diario puede reducir hasta un 40% el riesgo de enfermedades cardiovasculares, según el Colegio Americano de Medicina Deportiva.
- Alimentación real: menos ultraprocesados, más frutas, legumbres, cereales integrales y grasas saludables.
- Dormir bien: entre 7 y 9 horas por noche. Dormir no es perder el tiempo: es reparar el sistema nervioso.
- Naturaleza y vínculos: pasar al menos 2 horas por semana al aire libre mejora el estado de ánimo y reduce marcadores de estrés. El contacto con seres queridos disminuye niveles de cortisol y mejora el sistema inmune.
La salud como resistencia
Pero esto no es solo una serie de consejos saludables. No se trata de “cambiar hábitos” como un nuevo mandamiento individualista. Se trata de entender que cuidar el cuerpo hoy es resistir un sistema que lo desgasta. Que priorizar el descanso, la comida real, el afecto, es una forma de decir que no a una lógica que enferma para luego vendernos la cura.
Volver a lo natural no es desconectarse del mundo. Es reconectarse con el cuerpo como territorio propio, como sensor, como refugio.
Cuidarse no es indulgencia.
Es recuperar soberanía.
Es un acto político, incluso cuando parece personal.
Porque quizás el primer gesto revolucionario de esta época no sea marchar…
sino dormir bien, comer bien, respirar hondo
y no dejar que nos roben el cuerpo.