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El hombre como animal metafísico

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Por Catalina Lonac.

“¿Qué es entonces la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos; en suma, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente, y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes.”

— Friedrich Nietzsche.

Desde hace años me persigue una idea: el ser humano no se conforma con vivir, necesita comprender. No lo digo como una abstracción filosófica. Lo he visto, lo he sentido, lo he sufrido incluso en mi propia vida. Hay algo en nosotros que no se satisface con lo inmediato. Una incomodidad persistente, una necesidad de mirar detrás de lo que aparece.

Aristóteles lo dijo de un modo que todavía resuena: somos un animal dotado de palabra y razón. También un animal político, condenado —o bendecido— a vivir con otros. Pero hay una definición que me resulta más cercana, más precisa para nuestro tiempo. Ernst Cassirer sostuvo que el hombre es, ante todo, un animal simbólico.

Y creo que ahí está la clave.

No reaccionamos de manera inmediata como los demás seres vivos. Entre lo que nos ocurre y lo que hacemos hay un intervalo, un pequeño retraso. Y en ese espacio —casi imperceptible— construimos el mundo. Inventamos relatos, lenguajes, dioses, teorías. Creamos cultura.

Esa demora no es una falla. Es nuestra forma de libertad.

Nos permite no ser pura reacción. Nos permite elegir. Nos permite crear. En ese intervalo nacen las artes, la religión, la filosofía, las ciencias. Nacen también las ficciones con las que intentamos explicarnos a nosotros mismos.

Incluso Nietzsche, con su lucidez incómoda, lo sabía. Cuando decía que la verdad es un “ejército móvil de metáforas”, no estaba destruyendo la ciencia, sino recordándonos algo más profundo: que incluso lo que consideramos más objetivo está atravesado por símbolos, por acuerdos humanos, por construcciones que decidimos sostener.

Alain Supiot lo formula con otra expresión: el hombre es un animal metafísico. Necesitamos sentido tanto como necesitamos alimento. Construimos herramientas para proteger el cuerpo, pero también construimos relatos para sostener la conciencia. Sin técnica no sobrevivimos; sin sentido, nos vaciamos.

Por eso, en todas las épocas, encontramos altares.

Antes eran de piedra. Hoy caben en la palma de la mano. Antes consultábamos oráculos; hoy consultamos algoritmos. Antes el misterio estaba en los astros; hoy lo buscamos en la física cuántica o en la materia oscura. Cambian los lenguajes, pero no la pregunta.

¿Por qué estamos aquí? ¿Qué significa todo esto?

Esa pregunta no pertenece a una disciplina. No es propiedad de la religión, ni de la filosofía, ni de la ciencia. Es anterior a todas. Es, en cierto sentido, lo que las hace posibles.

Y si uno mira la historia sin prejuicios, descubre algo que incomoda: la ciencia no nació en contra de la religión, sino dentro de ella. El conocimiento fue preservado durante siglos en monasterios, copiado a mano por monjes que no sabían que estaban salvando las bases de la humanidad. Las primeras universidades nacieron bajo amparo eclesiástico. El estudio del mundo era, en ese entonces, una forma de leer la obra de Dios.

La idea misma de que el universo es comprensible —de que existe un orden— no surge de un experimento. Es una creencia previa. Sin esa confianza, ningún método científico podría comenzar.

Esto no significa negar los conflictos. Galileo lo demuestra. Pero incluso en ese conflicto hay una paradoja: el mismo mundo que lo censura es el que le dio las herramientas para pensar.

Religión y ciencia no nacieron como enemigas. Nacieron como hermanas que, con el tiempo, tomaron caminos distintos.

Y en ese recorrido aparece la filosofía, que no viene a reemplazarlas, sino a incomodarlas. A preguntar por lo que cada una da por supuesto. A insistir en que no hay respuestas definitivas.

Las tres responden al mismo impulso: no resignarse al misterio.

La religión ofrece sentido, comunidad, una promesa. La ciencia ofrece método, conocimiento provisional, herramientas para intervenir en el mundo. La filosofía abre preguntas, desarma certezas, expone grietas.

Las tres, de distintas maneras, han ejercido poder. Han organizado sociedades, justificado decisiones, modelado formas de vida.

Y hoy, en pleno siglo XXI, vuelven a cruzarse.

La inteligencia artificial, la biotecnología, las nuevas formas de control y producción plantean dilemas que no pueden resolverse solo con datos. Nos obligan a repensar qué entendemos por libertad, por identidad, por humanidad.

En ese punto, la ciencia muestra algo que muchas veces se olvida: no es un sistema de certezas, sino un proceso en constante revisión. No avanza como una línea recta, sino como una serie de rupturas. Lo que hoy parece indiscutible, mañana puede ser revisado.

Kuhn habló de cambios de paradigma. Bachelard de obstáculos epistemológicos. Feyerabend, más radical, llegó a decir que no hay un único método. La historia de la ciencia no es la historia de certezas acumuladas, sino de certezas derrumbadas.

Y sin embargo —y esto es lo más interesante— la ciencia también cree.

Cree que el universo es inteligible. Cree que las leyes son estables. Cree que lo que observamos hoy podrá repetirse mañana. Ninguna de estas cosas puede demostrarse completamente. Son presupuestos. Actos de confianza.

La ciencia también tiene algo de fe. No la fe religiosa, pero sí una confianza en el orden del mundo.

La diferencia es que, en su mejor versión, está dispuesta a revisar esa base.

Pero no siempre ocurre. A veces, ciertas ideas se convierten en dogmas. Se blindan. Se defienden no por evidencia, sino por autoridad. Y entonces la ciencia empieza a parecerse a aquello que alguna vez criticó.

Al mismo tiempo, la religión adopta el lenguaje científico para legitimarse. Y en ese cruce, las fronteras se vuelven borrosas.

Quizás eso revele algo más profundo: no podemos vivir sin un marco de sentido.

Hoy ese marco ya no es solo religioso ni científico. Es también tecnológico. El rendimiento se convierte en valor supremo. La optimización en mandato. La hiperconexión en forma de vida.

Nos autoexplotamos creyendo que somos libres.

Byung-Chul Han lo señala con claridad: la dominación ya no necesita imponerse desde afuera. Funciona desde adentro.

Y en ese contexto, la pregunta vuelve.

No como respuesta, sino como insistencia.

¿Cómo vivir en un mundo que no podemos comprender del todo, pero que tampoco podemos dejar de intentar comprender?

Tal vez no se trate de resolverla.

Tal vez se trate de sostenerla.

Porque en ese intento —inacabado, imperfecto, a veces desesperado— no solo buscamos sentido.

Nos construimos.

 

  • Este texto forma parte de Ideas yuxtapuestas: en busca del pensamiento perdido y fue adaptado para FUGA.

 

 

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