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Iure Sanguinis: El Derecho de Sangre y la marcha hacia la Pertenencia Ajena

Publicado el

por Enrico Colombres.

Durum est, sed ita lex scripta est” es una expresión latina que significa “es duro, pero así fue redactada la ley”.

¿Qué revela la fiebre por obtener pasaportes europeos en un país donde cada vez más personas sienten que el futuro no está donde viven?

En la última década, miles de argentinos han hecho fila frente a consulados europeos con una carpeta bajo el brazo: partidas de nacimiento, certificados de matrimonio, traducciones juradas. Todo con la esperanza de acceder a una ciudadanía que no les fue otorgada por el lugar, sino por la sangre. El fenómeno del iure sanguinis, el derecho de sangre a la nacionalidad, ha adquirido una relevancia renovada en países con fuertes diásporas como el nuestro. Pero más allá de los beneficios legales o económicos, esta práctica revela una pregunta más profunda: ¿qué nos dice esta búsqueda desesperada por otro pasaporte sobre nuestro vínculo con la nación que habitamos?

Italia, una de las principales fuentes de ciudadanía por descendencia, ha comenzado a restringir este acceso: pruebas más rigurosas, generaciones limitadas, plazos estrictos. A primera vista, podría parecer una cuestión meramente legal. Pero el giro restrictivo de una nación que alguna vez fue emblema de la migración plantea una tensión de fondo: ¿por qué una Italia que supo ser tierra de partida se ve forzada a negar el retorno simbólico de sus hijos?

En ese espejo, el iure sanguinis deja de ser una formalidad jurídica y se convierte en un síntoma. No solo de una política europea en crisis, sino también de nuestra propia necesidad de hallar futuro fuera de nuestras fronteras. ¿No es, acaso, esta voluntad de partir una crítica tácita a lo que somos como sociedad?

Charles Bukowski escribió: “Lo que no nos mata nos hace más fuertes… pero también nos hace más cínicos”. ¿No es ese cinismo el que nos lleva a buscar soluciones en pasaportes ajenos, resignándonos a la imposibilidad de transformar lo propio?

La mirada, entonces, debe girar hacia Argentina. Un país que, a pesar de su potencial humano, su diversidad cultural y sus recursos naturales, parece condenado a la fuga. Como apuntó el estoico Epicteto: “No nos afectan las cosas, sino la forma en que las miramos”. Tal vez el iure sanguinis no sea más que el reflejo invertido de nuestra insatisfacción: no es que queramos ser italianos, es que hemos dejado de querer ser argentinos.

El desafío, sin embargo, no es sentimental. Requiere una transformación concreta de las estructuras legales, políticas y económicas. Como señaló Carlos Cossio, jurista argentino, en su teoría egológica del derecho, el derecho no es una imposición externa, sino una construcción humana que nace del obrar social. No debería empujarnos a huir, sino habilitar nuestra permanencia. No como estancamiento, sino como compromiso transformador con el entorno que habitamos.

Argentina necesita dejar de definirse como país de salida y comenzar a pensarse como territorio de posibilidades. No por orgullo vacío, sino por convicción activa. Porque mientras sigamos esperando que el futuro venga de afuera, nuestras decisiones seguirán siendo reflejo del miedo más que de la esperanza.

El iure sanguinis puede parecer una llave hacia otros horizontes, pero también es una señal de alarma: la de una ciudadanía que se siente incompleta en su propia tierra. ¿Por qué tanto afán por obtener una nacionalidad extranjera? ¿Es solo una estrategia frente a la crisis, o es un síntoma de algo más profundo —una ruptura en el lazo simbólico entre individuo y nación?

Italia, al cerrar sus puertas, nos obliga a mirarnos de frente. ¿Seguiremos buscando pertenencia en la validación ajena, o asumiremos el desafío de construir un país donde pertenecer no sea una carga, sino un proyecto?

Como insistía Cossio, el derecho no es solo norma, es apuesta existencial. Y la ciudadanía, más que un papel, es una práctica diaria. Tal vez el verdadero pasaporte no sea el que se tramita en una embajada, consulado o cancillería, sino el que se construye cuando decidimos quedarnos a transformar lo que tenemos.

Porque al final, ¿de qué sirve un pasaporte europeo si lo que nos falta es confianza en nuestra propia tierra?

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