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Por Hugo Robles Lama.

La era del hielo y la danza del cono de paja

Las viñetas del la novela gráfica del inspector Dardinac avanzan lentas, varadas en el hielo implacable de un papel que soporta los trazos de tinta con la certeza de lo efímero y lo transitorio. Mi memoria se hunde en los gajes del oficio, en la comisión del guion gráfico de la primera película de una famosa serie familiar de alcance continental. La luz menguante de la antorcha de bronce del falso coloso retrotrae las reuniones de pauta con los titiriteros, todo es deseo aspiracional y fuera de campo.

El mapa no es el territorio, pero a veces el territorio es una trampa de hielo. Javier Milei, con la frente apoyada en las piedras milenarias del Muro de los Lamentos, los hombros sacudidos por un llanto que parecía venir de un sótano muy profundo, uno de esos donde no llega la luz de la macroeconomía ni el consuelo del déficit cero. Hay algo en la imagen del poder sollozando ante lo sagrado que nos devuelve a una era anterior a los tratados de libre comercio: la era de la teocracia, donde los líderes no buscaban votos, sino señales en el vapor de una roca.
Mientras el presidente busca una redención mística en Jerusalén, el tablero se mueve con la fricción del ICE. La geopolítica actual no es otra cosa que un gran sistema de refrigeración y muros. El ICE no es solo una sigla de control fronterizo; es la metáfora de nuestra era: el congelamiento de los movimientos humanos mientras los recursos fluyen como sangre caliente hacia los centros de poder. Litio, gas, agua dulce; el botín de guerra se disfraza de diplomacia, evidencian exhumación y despojo.
Aparece la otredad, esa frontera invisible que nos dice quién pertenece y quién es el extraño.

En las costas de Benín, la respuesta a esa incertidumbre tiene forma de cono de paja: el Zangbeto. Los «Cazadores de la noche».
Para el ojo occidental, el Zangbeto es un folklore colorido. Para el iniciado, es la policía espiritual. Es el guardián que patrulla la oscuridad para que la comunidad no se desintegre. Lo fascinante del Zangbeto no es quién está adentro —porque la tradición jura que no hay nadie, que es solo un vacío habitado por una fuerza— sino lo que hace: gira. Gira como un trompo poseído, barriendo la aldea de malos espíritus y de aquellos que han roto el pacto social. Es el vigilante de la noche, el que decide dónde termina «lo nuestro» y dónde empieza el caos de los otros.
Ahí es donde todo se muerde la cola.

Milei llora lágrimas de tinta china en el Muro, su lamento hueco, es la voz y la mano de su maestro, él también es parte de un giro que no controla. Un títere de mano ajena. La geopolítica es ese gran Zangbeto de paja que barre el mundo. Los recursos naturales son el eje sobre el cual gira la estructura, y nosotros, los espectadores, tratamos de ver quién maneja los hilos de esta teocracia de mercado. Pero al igual que en el ritual de Benín, cuando levantan la máscara, no hay nadie. Solo el movimiento.
La escena en Jerusalén es el clímax de las piruetas en el hielo de un ser de paja, todo se resuelve en el baile. Como el Zangbeto, la historia no avanza, simplemente gira sobre su propio eje de ambición y misticismo hasta que todos quedamos mareados. El llanto de Milei es el ruido de ese roce, la fricción entre el hombre de carne menguante y el símbolo de paja que debe girar, eternamente, para que el sistema —ese guardián implacable de la noche— no se detenga.

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