Por Juan Schmitt.
“El arte no tiene la obligación de decir la verdad.”
— Boris Groys
Hay algo extraño en el arte contemporáneo. Uno entra, mira, recorre, intenta entender… y no siempre pasa nada. O peor: pasa algo, pero no sabemos si eso alcanza. No sabemos si estamos frente a una obra o frente a un gesto. Si hay algo que comprender o si el problema es justamente ese: que ya no hay nada que comprender.
Durante mucho tiempo, el arte cargó con una exigencia implícita: decir algo. Representar, expresar, transmitir. Incluso cuando rompía con todo, seguía dialogando con esa expectativa. Había una pregunta de fondo: ¿qué quiere decir esto?
Hoy esa pregunta ya no tiene sentido.
No porque el arte haya dejado de producir, sino porque cambió la lógica bajo la cual opera. Ya no se trata tanto de crear algo nuevo, sino de elegir, de desplazar, de poner algo en un lugar donde antes no estaba. Un objeto, una imagen, una escena cotidiana. El gesto ya no es producir. Es señalar.
Ahí aparece Boris Groys, no como alguien que viene a ordenar el problema, sino como quien lo vuelve más incómodo. Porque lo que sugiere es que el arte ya no necesita justificarse en una verdad, ni en un mensaje, ni siquiera en una intención clara. El arte no explica. El arte expone.
Porque si el arte ya no tiene que decirnos qué pensar, entonces deja de ocupar ese lugar casi filosófico que alguna vez tuvo. Deja de prometer sentido. Y en ese movimiento, se acerca peligrosamente a otra cosa: a la superficie, a la apariencia, a la pura visibilidad.
No lo vuelve superficial. Lo vuelve inquietante.
Porque si todo puede ser arte, entonces el problema ya no es qué se produce, sino qué se elige mostrar. Quién decide qué entra en ese espacio y qué queda afuera. Qué se vuelve visible y qué permanece invisible.
Ahí el arte deja de ser inocente.
Porque seleccionar también es una forma de poder.
No hace falta imponer nada. Alcanza con elegir qué merece ser visto.
En ese punto, el arte contemporáneo se parece demasiado a la vida que llevamos. Una vida curada, editada, expuesta. Donde cada imagen parece pensada para ser mostrada. Donde cada gesto puede ser registrado. Donde la experiencia muchas veces queda subordinada a su posibilidad de ser vista.
No vivimos. Mostramos que vivimos.
Y quizás por eso el arte ya no necesita explicar nada. Porque el mundo entero empezó a funcionar como una superficie de exposición.
La pregunta entonces ya no es qué significa una obra.
La pregunta es otra, más incómoda:
¿qué estamos dispuestos a mirar?
¿y quién decidió que eso —y no otra cosa— esté ahí, frente a nosotros?
Tal vez el arte no perdió profundidad.
Tal vez simplemente dejó de ofrecérnosla.
Y nosotros aprendimos a no necesitarla.
