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Después del quiebre

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Por Gabriela Suárez. 

Hay experiencias que no irrumpen con estruendo, sino que se instalan de forma casi imperceptible hasta alterar por completo la arquitectura interna de quien las atraviesa. No siempre se presentan como eventos delimitados; a veces son procesos lentos, acumulativos, que desdibujan certezas, erosionan significados previos y obligan a habitar una intemperie difícil de nombrar. En esos momentos, tanto la mujer como el varón se enfrentan a una transformación que no eligieron, pero que los convoca de manera radical: la necesidad de reorganizar el sentido de su propia existencia.

No se trata, como suele sugerirse en discursos simplificados, de “encontrar algo positivo” en lo vivido. Esa formulación resulta insuficiente y, en ocasiones, incluso violenta en su ligereza. Lo que está en juego es más complejo: la posibilidad de que la experiencia, aun en su dimensión más oscura, no clausure el horizonte de significado. Es aquí donde la propuesta de Viktor Frankl adquiere una densidad particular, no como fórmula, sino como punto de partida para una reflexión más exigente.

En El hombre en busca de sentido, Frankl no niega el carácter extremo de ciertas vivencias; por el contrario, las sitúa en el centro de su análisis. Sin embargo, introduce una distinción decisiva: entre lo que le sucede a una persona y la postura que esta asume frente a ello. Este desplazamiento, aparentemente sutil, redefine la noción misma de libertad. Ya no se trata de una libertad entendida como ausencia de condicionamientos —algo que, en muchos contextos, es simplemente inviable—, sino como la capacidad de responder, de posicionarse, de no quedar completamente determinado por la circunstancia.

Esta idea, lejos de ser un consuelo abstracto, implica una responsabilidad profunda. Tanto la mujer como el varón son convocados a reconocerse no solo como sujetos afectados, sino como sujetos capaces de significar. Esto no significa que toda experiencia pueda ser inmediatamente comprendida o integrada; de hecho, muchas de ellas resisten durante largo tiempo cualquier intento de elaboración. Pero incluso en esa resistencia, en esa imposibilidad momentánea de sentido, persiste una tensión que define lo humano: la apertura a que algo pueda, eventualmente, ser comprendido de otro modo.

Resulta fundamental, en este punto, evitar una lectura reduccionista que convierta el pensamiento de Frankl en una apología del sufrimiento. No hay en su propuesta una glorificación de lo adverso, ni una invitación a buscarlo como condición de crecimiento. Lo que plantea es otra cosa: que, una vez presente, no agota la totalidad de la experiencia. Hay un resto, un margen, una zona irreductible donde la persona puede aún decidir qué hacer con eso que le ha sido dado.

Desde una perspectiva más amplia, este planteamiento dialoga con corrientes contemporáneas que entienden la subjetividad como un proceso en constante construcción. La mujer y el varón no son entidades fijas, sino configuraciones dinámicas atravesadas por múltiples dimensiones: biográficas, sociales, culturales, afectivas. En este entramado, el sentido no aparece como un dato previo, sino como una elaboración que se actualiza en el tiempo.

Sin embargo, hay momentos en los que esa elaboración se ve interrumpida. El relato que una persona tenía sobre sí misma deja de sostenerse, y con él se desmoronan también las coordenadas que orientaban su acción. Este quiebre no solo afecta la comprensión del pasado, sino también la proyección hacia el futuro. Lo que antes parecía claro se vuelve incierto; lo que antes tenía valor puede perderlo abruptamente.

Es precisamente en ese punto de desorientación donde la pregunta por el sentido adquiere su mayor profundidad. No como una demanda de respuesta inmediata, sino como una interrogación que reorganiza la experiencia. ¿Qué significa continuar cuando ya no se es quien se era? ¿Cómo habitar un presente que no coincide con las expectativas previas? ¿De qué manera reconstruir una narrativa que no niegue lo ocurrido, pero que tampoco quede reducida a ello?

Frankl propone tres vías a través de las cuales el sentido puede ser descubierto: la creación, la experiencia y la actitud. Estas dimensiones, lejos de ser categorías abstractas, encuentran su expresión en gestos concretos. Crear no se limita a la producción artística; implica también la capacidad de intervenir en el mundo, de dejar una huella, por mínima que sea. Experimentar remite al encuentro con otros, a la posibilidad de ser afectado por la presencia ajena, de reconocer en ella una fuente de significado. Y la actitud, quizás la más compleja de las tres, se vincula con la manera en que una persona se posiciona frente a aquello que no puede cambiar.

Es en esta última dimensión donde la propuesta adquiere su carácter más exigente. Cuando las condiciones externas no ofrecen alternativas claras, la transformación ya no puede darse en el plano de la acción directa, sino en la forma de asumir la experiencia. Esto no implica resignación, sino una reconfiguración interna que permite sostener la dignidad incluso en contextos adversos.

Incorporar una perspectiva existencial en este contexto implica reconocer que no todo aprendizaje es cuantificable, que no toda transformación es visible, y que hay procesos cuya validez no depende de su inmediatez ni de su productividad. La reconstrucción del sentido requiere tiempo, y ese tiempo no siempre coincide con los ritmos institucionales.

Hay, además, una dimensión que merece especial atención: la relación entre lenguaje y experiencia. Nombrar lo vivido es, en sí mismo, un acto de elaboración. Sin embargo, no todo puede ser dicho de manera directa. Existen zonas de la experiencia que se resisten a la conceptualización inmediata y que requieren otras formas de expresión. En este sentido, el silencio no es necesariamente ausencia, sino, en ocasiones, un espacio de gestación.

La esperanza, entonces, no puede entenderse como un estado constante ni como una emoción garantizada. Es más bien una disposición, una apertura a la posibilidad de que el sentido no esté completamente clausurado. Puede manifestarse de forma intermitente, incluso en medio de la incertidumbre, y no exige que todo esté resuelto para existir.

Tanto la mujer como el varón pueden reconocer en esta concepción una forma de habitar la experiencia sin reducirla a categorías simplificadoras. No se trata de negar la dificultad, ni de apresurar su resolución, sino de sostener una tensión: la de reconocer lo vivido en toda su complejidad y, al mismo tiempo, no renunciar a la posibilidad de transformarlo en algo que permita seguir.

Después del quiebre, la vida no retorna a su estado anterior. Pretenderlo implicaría desconocer la profundidad de la transformación. Lo que se abre, en cambio, es la posibilidad de una nueva configuración, en la que el pasado no desaparece, pero deja de ser el único eje de la identidad.

En última instancia, la propuesta que se desprende de esta reflexión no es una promesa de alivio inmediato, sino una invitación a asumir la propia capacidad de respuesta. En ese gesto —discreto, a veces imperceptible, pero profundamente humano— se configura una forma de resistencia que no se impone desde afuera, sino que se construye en la intimidad de cada decisión.

Y es precisamente ahí, en esa capacidad de responder aun cuando las condiciones no han sido elegidas, donde el sentido deja de ser una abstracción y se convierte en una experiencia viva. Una experiencia que no elimina la complejidad de lo vivido, pero que permite habitarla de otro modo, abriendo un espacio donde, incluso después del quiebre, la vida puede seguir siendo algo más que mera permanencia.

 

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