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Gobernar para la imagen

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Por María José Mazocato.

“Todo lo que alguna vez fue vivido directamente se ha convertido en una representación.”

Guy Debord.

Hay algo profundamente inquietante en la forma en que hoy observamos a los líderes mundiales. No se trata solo de sus decisiones —que siguen teniendo consecuencias reales y muchas veces dramáticas—, sino de la manera en que esas decisiones son presentadas, narradas y, sobre todo, actuadas. La política contemporánea parece haber abandonado la sobriedad del realismo para sumergirse en una lógica performática donde el gesto vale tanto como el contenido, y donde la imagen sustituye, cada vez más, a la convicción.

El líder del siglo XX, con todos sus matices y contradicciones, estaba atravesado por una idea de proyecto. Incluso en los casos más cuestionables, existía una narrativa de dirección: un horizonte ideológico, un programa, una visión de mundo. Hoy, en cambio, asistimos a la proliferación de figuras que parecen construidas más por su capacidad de comunicar que por su capacidad de sostener una causa. No lideran desde la profundidad, sino desde la visibilidad.

La política se ha vuelto escenario. Y los líderes, actores.

No es casual. Vivimos en una era dominada por la lógica de las redes sociales, donde la inmediatez y la emocionalidad son las monedas más valiosas. En ese ecosistema, la coherencia a largo plazo pierde terreno frente al impacto instantáneo. El líder que duda, que reflexiona, que matiza, queda opacado frente al que afirma con contundencia, aunque esa afirmación sea superficial o incluso contradictoria. La performance premia la claridad escénica, no la complejidad.

Esto no significa que los líderes sean necesariamente “falsos” en un sentido moral. Más bien, están atrapados en una dinámica que los empuja a representar constantemente un papel. Deben ser firmes cuando el contexto exige dudas, cercanos cuando el sistema los aleja, auténticos en un entorno que premia la construcción estratégica de la imagen. El resultado es una tensión permanente entre lo que son, lo que dicen ser y lo que necesitan parecer.

¿Estamos, entonces, frente a líderes perdidos?

En cierto sentido, sí. Pero no necesariamente porque carezcan de brújula interna, sino porque el sistema en el que operan desdibuja cualquier brújula posible. La política global se ha vuelto reactiva, fragmentada, dominada por ciclos cortos de atención y por una ciudadanía que también consume liderazgo como consume contenido, rápido, emocional, descartable.

En este contexto, la figura del líder realista —aquel que toma decisiones difíciles, muchas veces impopulares, basadas en diagnósticos complejos— pierde atractivo. No genera likes. No viraliza. No se traduce fácilmente en narrativa. Y sin narrativa, en la política contemporánea, casi no hay existencia.

Pero la pregunta más incómoda es otra ¿qué pasa con la democracia?

Decir que la democracia está perdida sería apresurado, pero ignorar su transformación sería ingenuo. La democracia no ha desaparecido; se ha desplazado. Ha mutado hacia una forma donde la representación ya no se basa únicamente en la deliberación y el consenso, sino en la identificación emocional y la conexión simbólica. El líder performático no reemplaza a la democracia, pero sí redefine sus reglas de juego.

El riesgo es evidente, cuando la política se vuelve espectáculo, el ciudadano corre el peligro de convertirse en espectador. Y un espectador no delibera, no exige, no construye; reacciona. Aplaude o rechaza, pero rara vez profundiza. La participación se vuelve episódica, superficial, guiada más por la emoción del momento que por una comprensión sostenida de los procesos.

Sin embargo, también hay una oportunidad. 

La misma lógica que hoy favorece la performance puede, en manos de liderazgos más conscientes, convertirse en una herramienta para reactivar el vínculo entre política y ciudadanía. La comunicación no es, en sí misma, el problema. El problema es cuando la comunicación reemplaza al contenido en lugar de amplificarlo.

Quizás no estamos ante el fin del liderazgo, sino ante una transición incómoda. Un momento donde las formas tradicionales han perdido eficacia, pero las nuevas aún no encuentran equilibrio. Donde la política oscila entre el fondo y la forma, sin lograr integrarlos plenamente.

La clave, entonces, no está solo en exigir mejores líderes, sino en reconstruir las condiciones que hacen posible otro tipo de liderazgo. Una ciudadanía más crítica, menos reactiva. Instituciones más sólidas, menos dependientes de las figuras. Espacios de debate que resistan la lógica del espectáculo.

Porque, al final, la política no debería ser una obra que se observa, sino un proceso que se habita.

Y tal vez ahí, en ese punto, podamos empezar a recuperar algo que hoy parece diluido, la idea de que liderar no es actuar un papel, sino sostener una responsabilidad

 

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