Por Julieta Katz.
“La industria cultural no sublima, sino que reprime.”
— Theodor Adorno.
No hay coerción visible. Nadie obliga, nadie prohíbe, nadie dicta de manera explícita lo que debe hacerse o pensarse. Y, sin embargo, algo se repite. Una forma de vivir, de sentir, de reaccionar, de desear, que no necesita imponerse porque ya ha sido incorporada. La obediencia, en este punto, no aparece como una renuncia a la libertad, sino como su forma más cotidiana. Se ejerce sin conciencia de sí misma, como un gesto naturalizado que se confunde con la elección.
La paradoja no es nueva, pero adquiere hoy una densidad particular. La cultura, que durante siglos fue pensada como un espacio de tensión, de conflicto, de irrupción de lo inesperado, parece haberse deslizado hacia otra lógica, más silenciosa y más eficaz. No se trata de su desaparición, sino de su reorganización. El arte, la música, el entretenimiento, incluso el discurso crítico, continúan circulando, pero lo hacen bajo condiciones que reducen su capacidad de interrupción. Todo está disponible, todo puede ser visto, escuchado, compartido. Y, sin embargo, esa disponibilidad total no produce necesariamente una ampliación de la experiencia, sino una forma específica de administración de la misma.
Lo que se ofrece como diversidad no es tanto la proliferación de diferencias irreductibles, sino la variación dentro de un marco estable. Cambian los rostros, los estilos, los lenguajes, pero la estructura permanece. Se trata menos de producir algo nuevo que de reorganizar lo ya dado en formas que mantengan activa la circulación. La novedad, en este sentido, no es una ruptura, sino un efecto. Una modulación que permite que el flujo continúe sin detenerse.
En ese movimiento, el entretenimiento deja de ser un simple espacio de evasión para convertirse en una tecnología de organización de la sensibilidad. No sólo distrae: orienta. No sólo ocupa el tiempo: lo estructura. Define ritmos, intensidades, formas de atención. Enseña, sin declararlo, cómo mirar, cómo reaccionar, qué considerar relevante y qué dejar pasar. No hay aquí una pedagogía explícita, sino una formación difusa que se ejerce a través de la repetición y la familiaridad.
Lo inquietante no es que esta lógica exista, sino que haya dejado de percibirse como tal. La experiencia se vuelve transparente para sí misma. Consumimos sin advertir las condiciones de ese consumo, participamos sin interrogarnos por el marco que hace posible esa participación. Incluso la crítica, cuando aparece, suele hacerlo en términos que no desbordan el sistema que pretende cuestionar. Se integra como una variante más, como una tonalidad dentro del mismo espectro.
La obediencia, entonces, ya no necesita de una instancia exterior que la garantice. No se impone, se produce. Se construye en la repetición de gestos, en la interiorización de formas, en la adhesión a dinámicas que no requieren justificación. Se obedece no porque se haya decidido hacerlo, sino porque no hay experiencia previa que permita pensar otra cosa. La alternativa no es reprimida: simplemente no se presenta.
En este punto, la libertad misma se vuelve ambigua. No desaparece, pero se redefine. Se desplaza hacia la posibilidad de elegir dentro de un campo previamente organizado. Elegir entre opciones, entre estilos, entre narrativas. Una libertad que se ejerce, pero cuyos límites no son interrogados. Como si el acto de elegir bastara para garantizar su sentido.
Sin embargo, hay algo que no termina de encajar del todo. Un resto que no se deja absorber completamente por esta lógica. No es necesariamente visible ni fácilmente identificable, pero aparece como una incomodidad difusa, como una sensación de saturación o de agotamiento. Como si, en medio de la proliferación de estímulos, algo comenzara a faltar. No contenido, sino espesor. No información, sino experiencia.
Tal vez ahí se abra una fisura. No en la acumulación, sino en la interrupción. En la posibilidad —cada vez más rara— de suspender el flujo, de sustraerse momentáneamente a la lógica de la inmediatez, de recuperar una distancia que permita ver de otro modo. Porque ver no es lo mismo que mirar, y esa diferencia, mínima en apariencia, podría ser decisiva.
El problema no es que estemos entretenidos.
El problema es no advertir qué forma de vida se organiza en ese entretenimiento.
Y, sobre todo, hasta qué punto, en ese mismo gesto que creemos elegir, ya estamos obedeciendo.
