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Primero de Mayo

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Por Lucía Goldman.

La libertad sin socialismo es privilegio e injusticia; el socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad.”
— Mijaíl Bakunin.

El primero de Mayo celebra el Día del Trabajador. Se habla de derechos, de conquistas, de dignidad. Se repiten consignas, se organizan actos, se publican mensajes. Todo parece ordenado, previsible, casi inofensivo. Pero el primero de mayo no nació como celebración. Nació como ruptura. No fue una fecha pensada para recordar. Fue una fecha que quedó marcada por un conflicto que el relato oficial todavía no termina de contar del todo.

A fines del siglo XIX, Estados Unidos atravesaba una transformación acelerada. La industrialización avanzaba a un ritmo vertiginoso y con ella se consolidaba un modelo de trabajo brutal: jornadas de doce, catorce, hasta dieciséis horas, salarios mínimos, condiciones insalubres y una ausencia casi total de regulación. En ese contexto comenzó a crecer un movimiento obrero que ya no se conformaba con mejoras parciales. La consigna era clara: ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas para vivir.

El 1 de mayo de 1886, cientos de miles de trabajadores iniciaron una huelga en distintas ciudades del país. En Chicago, uno de los principales centros industriales, la movilización adquirió una intensidad particular. Durante días, las marchas y concentraciones se sucedieron con una mezcla de organización sindical y militancia política, en la que el anarquismo jugaba un papel central. No eran simplemente trabajadores reclamando condiciones. Eran militantes que discutían el sentido mismo del trabajo, la autoridad del Estado y la legitimidad del orden social vigente.

El 3 de mayo, frente a la fábrica McCormick, la tensión escaló. La policía abrió fuego contra un grupo de huelguistas, dejando varios muertos. La respuesta fue inmediata: se convocó a una concentración al día siguiente en la plaza Haymarket. El 4 de mayo, bajo la lluvia y con una asistencia menor a la esperada, la protesta se desarrollaba de manera relativamente pacífica hasta que, hacia el final, cuando la policía avanzó para dispersar a los presentes, estalló una bomba entre las filas policiales. Murió un agente. La reacción fue instantánea y desproporcionada: disparos indiscriminados, caos, muertos y heridos cuyo número nunca se estableció con precisión.

Lo que vino después no fue una investigación en busca de la verdad. Fue una operación para restaurar el orden. Ocho militantes anarquistas fueron detenidos. Muchos de ellos ni siquiera estaban en el lugar de la explosión. El juicio que siguió es hoy considerado uno de los procesos más arbitrarios de la historia judicial estadounidense. No se los juzgó por pruebas materiales, sino por sus ideas, por sus discursos, por su pertenencia política. Cuatro de ellos fueron ejecutados en la horca en 1887. Uno se suicidó en su celda. Los demás recibieron largas condenas. Años después, el propio Estado reconocería las irregularidades del proceso y concedería indultos, demasiado tarde.

Ahí está el núcleo que el relato suele suavizar.

El primero de mayo no es solo la historia de una demanda laboral. Es la historia de una represión política y de un castigo ejemplificador contra un movimiento que no pedía simplemente mejores condiciones, sino que cuestionaba la estructura misma del poder. El anarquismo no buscaba negociar la jornada laboral. Buscaba desarmar la lógica que hacía posible jornadas de esa naturaleza. No apelaba al Estado. Desconfiaba de él. No pretendía integrarse al sistema. Pretendía superarlo.

Y, sin embargo, muchas de las conquistas que hoy se consideran básicas nacieron en ese clima de conflicto radical. La jornada de ocho horas no fue una concesión altruista. Fue el resultado de una presión sostenida que obligó a reconfigurar las reglas del juego. El derecho del trabajador no surgió de la buena voluntad de las instituciones. Surgió del miedo a que ese cuestionamiento avanzara aún más.

Entonces ocurrió algo que la historia repite con una precisión incómoda. Lo que nació como amenaza fue absorbido. Lo que era conflicto se volvió conmemoración. Lo que era interrupción se volvió calendario. En 1889, la Segunda Internacional declaró el 1 de mayo como jornada de lucha internacional en homenaje a los mártires de Chicago. Con el tiempo, los Estados comenzaron a incorporarlo como feriado, como acto oficial, como fecha institucional.

El conflicto se volvió recuerdo.

Y en ese pasaje, algo se perdió.

No la memoria, que todavía se invoca, sino el filo. Porque recordar no es lo mismo que continuar. Hoy hablamos de derechos laborales como si fueran un punto de llegada, como si fueran algo garantizado, como si siempre hubieran estado ahí. Pero cada uno de esos derechos lleva la marca de un conflicto que no fue moderado, que no fue negociado en términos cómodos, que no buscó ser aceptado.

Fue impuesto.

Y detrás de esa imposición hubo ideas que hoy siguen incomodando. La idea de que el trabajo no puede absorber la vida. La idea de que la dignidad no se negocia. La idea de que el orden existente no es inevitable.

Tal vez el problema no sea que olvidamos el origen del primero de mayo. Tal vez el problema es que lo recordamos sin querer lo que implicaba. Porque en el momento en que lo volvimos inofensivo, dejamos de entenderlo. Y entonces la pregunta ya no es qué se celebra hoy.

La pregunta es qué queda de aquello que hizo posible que hoy exista algo para celebrar.

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