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Lo que permitimos

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Por José Mariano. 

“El mayor mal en el mundo lo cometen personas que nunca toman la decisión de ser buenas o malas.”

— Hannah Arendt.

No hace falta un monstruo para que algo se vuelva insoportable. No hace falta un fanático, ni un ideólogo, ni siquiera alguien especialmente cruel. A veces alcanza con alguien que cumple, baja la cabeza, hace lo que le dicen, firma, calla, mira para otro lado, repite una orden sin hacerse demasiadas preguntas.

Ahí empieza todo. No en el exceso, sino en la normalidad.

Nos gusta imaginar que el abuso, la violencia o la humillación vienen de sujetos excepcionales. Nos tranquiliza pensar que hay una distancia entre ellos y nosotros. Pero la verdad es más simple, lo que termina dañando a otros no nace del odio, sino de la obediencia ciega. No de la convicción, sino de la inercia. No de una decisión consciente de hacer el mal, sino de la incapacidad de detenerse a pensar.

Eso fue lo que mostró Hannah Arendt cuando asistió al juicio de Adolf Eichmann. No encontró a un monstruo. Encontró a un hombre mediocre, incapaz de pensar más allá de la lógica administrativa en la que estaba inmerso. Un burócrata. Alguien normal.

El problema no era lo que Eichmann era. Era lo que hacía… sin detenerse a pensar.

Esa distancia —entre la acción y la conciencia— no es un fenómeno histórico aislado. Es una posibilidad siempre latente.

Está más cerca de lo que nos gusta admitir.

Está en esas situaciones donde alguien sabe que algo no está bien, pero igual sigue. En el que repite una consigna que no cree porque negarse tiene un costo. En el que naturaliza una orden injusta porque necesita sostener su lugar.

Pero también está en lo más cercano.

En el que firma algo que no revisó. En el que escucha un comentario que sabe que está mal y no dice nada. En el que ve cómo alguien es perjudicado y elige no meterse. En el que sabe que algo no corresponde, pero igual lo hace.

En el que no pregunta demasiado porque intuye que la respuesta lo va a incomodar. En el que prefiere no entender del todo para no tener que decidir.

No siempre hay convicción.
A veces alcanza con algo más simple:
no interrumpir.

Siempre hay una razón. Siempre hay una explicación. Siempre hay algo que vuelve aceptable lo que, en otro contexto, sería inaceptable.

Y ahí aparece la excusa más eficaz de todas: la necesidad.

La necesidad del trabajo, de pertenecer, de no quedar afuera. Y en nombre de esa necesidad, todo empieza a volverse tolerable, primero una incomodidad menor, después una orden que no cierra, después una situación que claramente perjudica a alguien, después el silencio.

Siempre hay alguien que paga el costo. Pero ese costo queda lejos, difuso. Y ahí es donde el límite se corre.

No de golpe. Apenas. Lo suficiente como para poder seguir sin hacerse cargo. Lo suficiente como para convencerse de que no es para tanto. Lo suficiente como para que lo que ayer hubiera sido inaceptable hoy sea parte de lo cotidiano.

Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a convivir con cosas que antes nos hubieran resultado imposibles.

No porque hayamos cambiado de valores, sino porque dejamos de considerarlos.

Ya no se trata de quién ejerce ese poder, sino de por qué puede hacerlo, qué condiciones lo sostienen, qué silencios lo habilitan, qué pequeñas renuncias lo vuelven posible.

Porque no hay abuso que se mantenga solo.

Siempre necesita de alguien que lo ejecute. Pero también —y sobre todo— de muchos que lo permitan.

Y esos muchos no son una masa abstracta. Son personas concretas. Personas que, en algún punto, saben. Que perciben que algo no está bien, pero aun así siguen. No porque no entiendan, sino porque eligen no detenerse. Porque detenerse implicaría asumir una posición. Y asumir una posición tiene un costo.

Entonces aparece una forma de existencia, una vida organizada alrededor de no incomodarse, de no tensar, de no poner en riesgo lo propio. No es alguien perverso. Es alguien que ha aprendido a adaptarse, a justificar, a traducir lo intolerable en algo administrable.

Y en ese ejercicio constante, algo se desplaza. La capacidad de decir que no. De ver al otro como un igual. De interrumpir.

Y cuando eso se pierde, lo que queda ya no es simplemente obediencia. Es una forma de habitar el mundo donde el otro deja de ser un límite.

La obediencia debida no es una figura lejana. Es una práctica cotidiana. Es ese momento en el que alguien sabe que algo no está bien… pero lo hace igual.

Pero hay algo que incomoda más todavía.

Nadie está obligado a aceptar lo inaceptable.

Lo que nos lleva a hacerlo no es una fuerza externa irresistible. Es algo más difícil de nombrar, una combinación de miedo, comodidad y adaptación. Una forma de supervivencia que, en el intento de protegernos, termina erosionando aquello que nos permite vivir en paz con nosotros mismos.

Porque hay algo que no se puede delegar.

Ninguna estabilidad compensa del todo la conciencia de haber sido parte.

Y aunque todo siga funcionando, algo se desplaza. Algo se acomoda en silencio. Algo deja de encajar.

¿Hasta qué punto la necesidad justifica la renuncia?
¿Dónde está el límite entre adaptarse y convertirse en parte del problema?

No hay respuestas simples.

Pero hay algo que sí sabemos —aunque a veces prefiramos no pensarlo—, cada vez que alguien elige no ver, no decir, no frenar, no es sólo algo lo que se consolida.

Somos nosotros.

 

Edición 48.

Esto es Fuga. 

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