Por Hugo Robles Lama.
Un jirón de tregua
Por fin las primeras viñetas de la novela gráfica “El caso del falso coloso”: un niño conduce un carro de bomberos; espera el contraplano de la pesadilla de una mujer con la llama del coloso de bronce que se consume. La IA me entrega una primera portada tentativa, que tiene algo pero sin aura. Rodrigo y Adrían sentenciarán. Rodrigo seguro. Acá, en esta columna sin título, las palabras ante la luna llena esperan la marea.
(fotos niño en coche de bomberos y portada de novela gráfica)
En el cuadro de Piero de la Francesca, Federico de Montefeltro nos mira de perfil con una fijeza que hiela la sangre. Pero no es solo una pose de caballero renacentista. Si uno se acerca lo suficiente a esa nariz quebrada, entiende que hay un tajo voluntario, una cirugía bárbara hecha por amor a la visión. El Duque había perdido el ojo derecho en un torneo y, harto de que el tabique le estorbara la visual, se lo mandó a cortar. Quería que su ojo izquierdo, el único sobreviviente, tuviera un horizonte sin obstáculos.
Waldo Gómez, un asiduo comentarista de estas derivas, me decía el otro día que el Duque inventó, sin saberlo, el plano secuencia. Para Montefeltro, la vida era una toma continua solo interrumpida por el sueño, ese lugar donde —según Waldo— ocurre lo realmente importante.
Le propuse a Waldo escribir sobre la relación epistolar entre un autor y su comentarista. Él, con esa generosidad de los que viven en los márgenes de los textos ajenos, se entusiasmó. Sugirió un título: “Lo mentado”. No me gustó, tiene algo de aura (y yo nunca he entendido a Walter Benjamin).
La literatura siempre supo que no hay nada más sexy ni más aterrador que interceptar una correspondencia. Mary Shelley lo entendió en 1818 con Frankenstein. No empezamos viendo al monstruo; empezamos leyendo las cartas de un tal Robert Walton a su hermana, desde el frío absoluto del Ártico. Esa distancia entre que el tipo escribe y nosotros leemos le da a la historia un aire de fatalidad, como si estuviéramos leyendo el diario de un muerto. Bram Stoker llevó esto al paroxismo con Drácula: un collage de diarios, telegramas y hasta registros fonográficos. El suspenso en Drácula no nace de lo que el vampiro hace, sino de que los personajes están dispersos y no comparten la información. Solo el lector, que es el gran espía, une las piezas para entender que el Conde ya está en Londres.
Pero si hay alguien que llevó la relación epistolar al terreno de la metafísica, fue nuestro Macedonio Fernández. Para él, las cartas no eran para dar realismo, sino para dinamitarlo. En Museo de la Novela de la Eterna, Macedonio le escribe a una mujer que ya no está, a la «Eterna», para decirle que no hay muerte si hay memoria. Sus prólogos son cartas de navegación para un «Lector Salteado» al que invita a desordenarlo todo. «Lector: no creas que estos personajes existen; no creas que yo existo», nos dice, como si nos estuviera mandando un WhatsApp desde el más allá para avisarnos que todo es un simulacro.
Hoy, ese simulacro cambió de soporte, pero no de espíritu. Pasamos de la «estética de la demora» de la carta manuscrita a la tiranía del check azul. Daniel Glattauer en Contra el viento del norte demostró que el correo electrónico es el caldo de cultivo ideal para la idealización romántica: dos desconocidos se enamoran por un error de tipeo en la dirección, alimentando una pasión que solo sobrevive porque no se ven las caras. Es el amor como una construcción puramente gramatical.
Y si nos ponemos modernos, la cosa se vuelve más extraña. Hay una novela, Several People Are Typing, que transcurre íntegramente en Slack. Un empleado queda atrapado digitalmente en la plataforma de su empresa y toda la trama son emojis, canales de #RRHH y jerga corporativa. Es el horror de la deshumanización en tiempo real. O el caso de Janice Hallett en The Twyford Code, donde el libro es la transcripción automática de archivos de audio de un iPhone antiguo. Lo fascinante es que el lector tiene que descifrar los errores de la Inteligencia Artificial —los «glitches»— para entender qué está pasando realmente. Como decía Lucrecia Martel: «el oído no tiene párpado». No podemos dejar de escuchar, incluso cuando lo que escuchamos es una máquina interpretando mal una voz humana.
Incluso la televisión se volvió literaria con esto. En la serie Calls, de Fede Álvarez, no vemos actores. Solo vemos ondas sonoras y la transcripción de llamadas telefónicas durante un evento apocalíptico. Es puro Montefeltro: al no tener imagen, el cerebro se ve obligado a «renderizar» el horror por su cuenta. La historia sucede en nuestra imaginación, ese lugar que Waldo reclama como el único importante.
Quizás toda relación, incluso la nuestra con los libros o la de un autor con su comentarista, no sea más que una serie de archivos recuperados, de cartas enviadas al país de la inexistencia esperando que alguien, del otro lado, les ponga el cuerpo. El Duque de Montefeltro se cortó la nariz para ver mejor el mundo; nosotros nos sumergimos en diarios ajenos y chats de oficina para ver si, por un segundo, logramos ver lo que hay detrás de la pantalla. Se que Rodrigo detesta el género epistolar.
Sigo buscando un título para esto, me quedo con la imagen de consuelo de ese ojo único, vigilando el plano secuencia de una realidad que siempre se nos escapa, exhalando desde el miembro amputado, de entre los dedos de su inútil pañuelo, sin duda, blanco.
Porque Rodrigo tiene razón comentará Waldo: las cartas son siempre el rastro de una derrota. Pero ese ojo, esa lente impávida que nos filma, es lo único que impide que el plano secuencia se desbarranque hacia el olvido.
