Por Daniel Posse.
—No lo soporto más —afirmó frente al espejo del baño.
—Esta noche lo haré —continuó, mientras trataba de disimular el moretón de la mejilla con un poco de maquillaje y unos anteojos negros.
Lidia sabía que era una decisión difícil. Harta de esa situación de violencia, vivía cada agresión como una sentencia de muerte que se prolongaba de manera incierta; nunca sabía cuándo llegaría el final. Su rostro había pasado de la sonrisa gentil a una imagen tenebrosa en los últimos años. Si bien primero pareció mostrarse indiferente ante la situación y después simuló resignación, lo cierto es que, desde la primera vez que ocurrió, con toda la rabia e impotencia contenidas, había empezado a pensar cómo lo haría. Nunca sintió que fuera una cuestión de venganza, sino un acto de justicia.
Con cada golpe, la ira dejaba un saldo de mayor perfección en la planificación. Por momentos, entraba en una suerte de contracciones que la sumergían en un estado de silencio e inmovilidad, cargado de insomnio y desgano. Con el tiempo dilucidó que era el efecto de las promesas de amor eterno que ambos se habían hecho. No era que no siguiera amándolo; era, justamente por eso, que debía decir basta.
De lo que no tenía dudas era de que el acto sería premeditado, pero eso sí: sin alevosía.
Envió a los niños a casa de sus abuelos y empezó a preparar la cena como siempre. Mientras picaba la cebolla y trozaba la carne, no pudo evitar reír y sentir algo de placer al imaginar qué respondería ante las preguntas de la justicia. Resolvió que, en su declaración, diría firmemente que creía que se trataba de un ladrón.
Terminó de cocinar y se lavó las manos. Recordó haber aceitado el arma, haberla cargado y haberla dejado lista. El clima estaba templado; la noche era una de esas en las cuales resulta ideal matar o morir. Arregló su cabello y se puso un vestido nuevo, rojo, que dejaba sus hombros al desnudo y la comisura de sus pechos al aire.
Abrió el frezzer e introdujo el champagne. Se perfumó y esperó con las luces apagadas, sentada debajo de las escaleras. El reloj marcó las 8:45. La puerta se abrió. Solo por un instante sintió pena, pero al mismo tiempo imaginó cuál sería la expresión de él al sentir las balas entrando en su cuerpo. No le dio tiempo a encender ninguna luz: los chispazos de los disparos irrumpieron y solo se logró escuchar el golpe del cuerpo contra el piso. Cortó la oscuridad encendiendo las luces del recibidor y descubrió que había matado a uno de sus hijos.
- De Sueños y Azar. Editorial Nuestra América- 2004
