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Las ideas que nos escriben

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Por Tomás Benz.

A fines de los años noventa, en una universidad inglesa, un grupo de filósofos, teóricos y artistas empezó a trabajar con una intuición que, en ese momento, sonaba exagerada, incluso delirante: que la realidad no era algo fijo, estable, esperando ser interpretado, sino un proceso en constante mutación, atravesado por fuerzas que no terminábamos de comprender del todo.

Ese grupo se llamó Cybernetic Culture Research Unit. CCRU.

No era una escuela filosófica en el sentido tradicional. No buscaba ordenar el pensamiento ni producir un sistema. Más bien lo contrario. Funcionaba como un laboratorio donde se mezclaban filosofía, ciencia ficción, teoría social, música electrónica, cultura digital. Un espacio donde pensar implicaba romper las formas en las que veníamos pensando.

Su punto de partida era incómodo.

La idea de que el mundo ya no podía entenderse como antes.

Durante siglos, la filosofía se construyó sobre una distinción clara: primero están los hechos, después vienen las interpretaciones. Primero la realidad, después el pensamiento. Pero esa secuencia empezó a resquebrajarse.

La CCRU invierte esa relación.

Propone que ciertas ideas no se limitan a describir lo que existe. Empiezan a producirlo.

No porque sean verdaderas en un sentido clásico, sino porque circulan, se repiten, se instalan. Y en ese movimiento, adquieren eficacia.

A eso lo llamaron hiperstición.

Una ficción que se vuelve real no porque alguien la imponga, sino porque logra infiltrarse lo suficiente como para empezar a organizar la realidad en torno a ella.

No se trata de una mentira. Tampoco de una profecía.

Es otra cosa.

Un relato que, al ser creído, modifica el comportamiento de quienes lo reciben. Y al modificar ese comportamiento, termina produciendo las condiciones que lo hacen posible.

La diferencia con otras épocas es la velocidad.

Antes, estas transformaciones eran lentas, casi imperceptibles. Hoy, circulan en tiempo real. Una idea aparece, se replica, se adapta, se convierte en tendencia, y en cuestión de días o semanas empieza a tener efectos concretos.

No hace falta que sea cierta.

Alcanza con que funcione.

Ahí es donde el pensamiento de la CCRU se vuelve inquietante.

Porque ya no alcanza con preguntarse si algo es verdadero o falso. La pregunta pasa a ser otra: qué logra instalarse, qué logra repetirse, qué logra volverse operativo.

Y en ese escenario, el poder también cambia.

Deja de apoyarse únicamente en instituciones visibles, en jerarquías claras, en estructuras definidas. Empieza a operar a través de flujos, de narrativas, de circuitos de circulación.

No necesita imponerse.

Necesita expandirse.

Una idea que se repite lo suficiente ya no necesita ser defendida. Se vuelve el marco desde el cual todo lo demás se interpreta.

Y entonces, lo que parecía marginal puede volverse central. Lo que parecía absurdo puede volverse razonable. Lo que parecía imposible puede empezar a suceder.

No porque haya cambiado la realidad en sí misma.

Sino porque cambió la forma en que se la habita.

En ese punto, la frontera entre ficción y realidad deja de ser clara.

No porque todo sea falso, sino porque lo real empieza a comportarse como si estuviera siendo escrito al mismo tiempo que ocurre.

La CCRU no ofrecía soluciones. Tampoco advertencias en el sentido clásico.

Más bien exponía una condición.

La de un mundo donde el pensamiento ya no llega después de los hechos, sino que interviene en su producción. Donde las ideas no esperan ser verificadas, sino que se prueban en la práctica, en su capacidad de propagarse.

Y eso deja una pregunta abierta.

No sobre lo que es verdad.

Sino sobre lo que estamos ayudando a volver real cada vez que pensamos, repetimos o creemos algo.

 

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