por José Mariano.
No alcanza con hablar de corrupción, ni de crisis. Hay una lógica más profunda, aprendida y repetida, que convierte al poder en privilegio y a la política en zona de excepción.
Esta semana los senadores se aumentaron el sueldo a 9 millones de pesos por mes. No fue un error ni una maniobra silenciosa. Lo hicieron frente a todos, sin disimulo, en plena crisis económica, mientras millones de personas viven con menos de lo que ellos gastan en un almuerzo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo se explica una desconexión tan obscena?
Hay una respuesta que va más allá del escándalo puntual, y que Manuel Figueroa formuló con claridad: la política argentina no es un espacio contaminado por la corrupción; es una cultura del poder que necesita de la corrupción, de la impunidad y del privilegio para reproducirse.
No se trata de “manzanas podridas”. No hay excepciones. Hay una estructura simbólica, económica y social que sostiene formas de hacer política donde el acceso al poder se transforma en licencia para vivir por fuera de las reglas. Los cargos no son funciones públicas, sino zonas de excepción. Y el que llega, no representa: acumula.
Una cultura que se hereda
La cultura del poder no nace con cada gobierno. Se hereda, se aprende, se entrena. Tiene sus códigos, sus gestos, sus pactos de silencio. Cambian los nombres, los colores partidarios, las alianzas… pero la maquinaria sigue. Porque más allá de las ideologías, hay un acuerdo básico: el poder es para conservarlo, no para transformarlo.
Por eso no importa quién esté al mando. Tarde o temprano, la cultura del poder se lo traga. Se naturaliza el acomodo, se negocia la ética, se pacta con el enemigo. Lo importante no es el proyecto, sino la supervivencia dentro del sistema.
Privilegios blindados, derechos en disputa
Mientras se discute si alcanza para comer, los senadores se votan aumentos. Mientras se le exige a los trabajadores “ajustarse el cinturón”, los funcionarios viajan en primera. Mientras se dice que “no hay plata”, los despachos se llenan de asesores, viáticos, contrataciones express y jubilaciones de privilegio.
El poder en Argentina no es una función. Es un club. Y el precio de la entrada no es el mérito, sino la obediencia.
Una lógica que todo lo devora
La cultura del poder lo vacía todo: la ley, la justicia, la política, la democracia. Todo se vuelve forma sin contenido, promesa sin acción, discurso sin consecuencias. Los políticos ya no buscan convencer, solo resistir. Y cuando el pueblo se indigna, se refugian en la grieta, en los trolls, en el miedo.
La cultura del poder no solo oprime: convierte a los oprimidos en espectadores impotentes. Porque lo más grave no es que pase… sino que ya nadie se sorprenda.
¿Cómo se rompe?
Nombrándola. Mostrándola. Pensándola. No como una suma de escándalos, sino como una estructura que organiza la vida política argentina. Por eso esta editorial no denuncia a una persona, sino a un sistema. Y por eso este número de Fuga gira en torno a esta pregunta: ¿qué sostiene a ese sistema? ¿Y cómo se justifica frente a quienes lo padecen?
Sloterdijk lo dijo con brutal honestidad:
“Si Jesús viviera hoy, no diría: ‘Padre, perdónalos, no saben lo que hacen’, sino: ‘Padre, perdónalos, saben lo que hacen… y lo siguen haciendo’.”
Esa es la cultura del poder.
Y es hora de empezar a desarmarla.
Bienvenidos a la Edición 03
Esto es Fuga.