Por Rodri Fers.
Varios de ustedes me sugirieron que las columnas anteriores para la revista Fuga fueron demasiado técnicas y dificultosas de leer. Por eso hoy quiero comenzar con una confesión. O quizá no sea exactamente una confesión, sino más bien un deseo: siempre soñé con fundar un club. Nunca pensé el nombre ni tampoco cuál sería su actividad principal. Lo único concreto es que ese club represente un espacio para el desarrollo de lo social.
Lo paradójico es que no formo parte de ningún club de barrio. En realidad, sí: soy socio —y socio refundador— del Club Atlético San Lorenzo de Almagro desde hace casi dos décadas, y también integro un club de lectura. Pero no asisto a esos clubes donde uno puede hacer actividad física, compartir un almuerzo, conversar con los demás miembros o pasar una tarde en familia.
Sucede que lo social hoy se encuentra cada vez más fragmentado. Ya no elegimos un club para hacer actividad física. Para eso vamos a un gimnasio, nos colocamos unos buenos auriculares con cancelación de ruido y pasamos un rato entrenando. Cumpliendo. Rindiendo.
Los clubes son mucho más que eso. Son espacios donde conviven distintas generaciones, clases sociales y pensamientos. Lugares donde la cultura y el encuentro todavía pueden integrarse en una experiencia colectiva. Claro que hoy la palabra “colectiva” parece haberse transformado en una mala palabra. El coste de oportunidad resulta gravitante cuando se trata de pasar tiempo en un club “sin producir”, en vez de realizar alguna actividad que genere rendimiento. De esas actividades que las redes sociales nos enseñan a convertir en obligación: leer doscientas páginas por día de algún libro de economía o autoayuda; asistir a todos los eventos posibles para no quedarse afuera de “lo nuevo”; mirar maratónicamente la última serie de moda; o cumplir rituales obsesivos de productividad y estética incluso antes de salir de casa.
En el caso de San Lorenzo de Almagro, su origen en el Oratorio San Antonio confirma que nació para sacar a chicos de la calle y ofrecerles disciplina, pertenencia y cuidado. Su trayectoria posterior demuestra que aquella intuición fundacional podía traducirse —según las épocas— en deporte, cultura, educación, ayuda social y organización barrial. Muy pocos clubes de la dimensión que hoy tiene San Lorenzo nacieron así. Diría que es el único.
El episodio reciente de Quixaxe, en el norte de Mozambique, vuelve visible esa verdad con una fuerza casi alegórica. Según una crónica periodística basada en el testimonio del sacerdote argentino Guillermo Gómez, allí surgió en 2026 el “Clube Atlético São Lourenço de Moçambique”, con un equipo masculino y, sobre todo, con el primer equipo femenino de la localidad. En un país atravesado por la pobreza extrema, la inseguridad alimentaria, los conflictos y las profundas brechas de género, el club reaparece como un espacio mínimo de protección, pertenencia y comunidad. No parece casual que un club nacido para lo social lleve justamente el nombre de San Lorenzo.
Llamar “club” a un club es hoy decir menos de lo que realmente importa. En su sentido más fértil, el club constituye ese tercer espacio: ni hogar ni trabajo, sino el lugar donde una comunidad aprende a convivir, a discutir sin destruirse y a reconocer al otro como semejante antes que como amenaza. Por eso su deterioro pesa mucho más de lo que sugieren las crisis económicas, los balances deficitarios o el cierre de sedes sociales. Porque cuando retrocede el club, retrocede también una forma de habitar juntos.
La paradoja de nuestro tiempo es que la hiperconexión tecnológica convive con vínculos sociales cada vez más frágiles. La soledad se expande a escala global mientras la participación en organizaciones comunitarias depende crecientemente del ingreso económico, del nivel educativo y hasta de la estabilidad laboral. Es decir: incluso la posibilidad de pertenecer a un espacio de encuentro comienza a estratificarse socialmente. En ese contexto, el club deja de ser un residuo romántico de otra época y vuelve a convertirse en una pieza central de salud pública, integración y democracia cotidiana.
Volviendo a San Lorenzo, alguna vez fue el club más popular de Buenos Aires porque en Avenida La Plata no solo habitaba lo deportivo, sino también una intensa vida cultural y social. Una sede que fue arrebatada por la dictadura militar, justamente, por funcionar como un espacio de encuentro y circulación social. Donde las Madres de Plaza de Mayo difundieron por primera vez sus reclamos. San Lorenzo representaba algo más peligroso que un club de fútbol: representaba comunidad.
Hoy San Lorenzo articula peñas en todo el país y en distintas partes del mundo con tareas solidarias y culturales; sostiene un área dedicada a preservar memoria e identidad; impulsa acciones de salud y asistencia social; desarrolla programas para adolescentes; posee un punto de acceso a la justicia. El club opera así como una verdadera escuela cívica.
Pero no vine solamente a hablar del club de mis amores. Quiero que repensemos dónde se desarrolla hoy lo social. Quizá en una conversación de Discord, en mensajes privados de alguna red social o, con suerte, en una invitación para compartir un asado. Y poco más.
Porque lo social no desaparece de golpe. No hay un día exacto en que una sociedad deja de encontrarse. Se erosiona lentamente. Primero dejamos de conocer el nombre del vecino. Después dejamos de conversar con quienes piensan distinto. Más tarde empezamos a percibir cualquier interrupción humana como una molestia. El otro deja de ser alguien con quien convivir para convertirse en alguien que retrasa, incomoda o amenaza. Y quizá allí se encuentre una de las derrotas más silenciosas de nuestra época: haber naturalizado que la vida puede desarrollarse sin comunidad.
Durante siglos, la humanidad construyó espacios para encontrarse incluso sin una finalidad productiva inmediata. El café, la plaza, la biblioteca, el club o el bar del barrio cumplían una función mucho más profunda de lo que aparentaban: enseñaban a convivir con la diferencia. Lo social no consistía solamente en compartir intereses, sino en aprender a tolerar ritmos ajenos, opiniones incómodas, derrotas colectivas y pequeñas alegrías comunes. Hoy, en cambio, los algoritmos organizan vínculos cada vez más personalizados, más eficientes y también más frágiles. Vivimos rodeados de personas que piensan parecido, consumen parecido y sienten parecido. Y cuando finalmente aparece alguien distinto, ya no sabemos cómo habitar ese desacuerdo sin transformarlo en conflicto.
Quizá por eso el deterioro de los clubes resulte mucho más grave de lo que parece. Porque cuando desaparecen esos espacios intermedios, también desaparece una pedagogía invisible de la convivencia. El club obligaba a esperar turnos, compartir mesas, escuchar historias repetidas, discutir de política, festejar cumpleaños ajenos o mirar jugar a otros aunque no nos interesara demasiado el resultado. En apariencia eran cosas menores. Pero allí se construía algo esencial: la conciencia de que ninguna vida puede sostenerse completamente sola.
En una época atravesada por la crisis espiritual y la fragmentación, el ejemplo de Mozambique todavía demuestra que el club puede seguir siendo un espacio de inclusión y visibilidad para quienes no tienen nada. Tal vez la tragedia de nuestras sociedades no sea haber perdido el modelo, sino haber olvidado que el club continúa siendo una de las últimas trincheras contra la deshumanización.
