Por Catalina Lonac.
Yo creo que se puede gobernar sin un modelo rígido. Eso sí. Pero no sin una idea. No sin una visión. Porque aun cuando un político dice “no tengo ideología” o “no sigo ideologías”, en la práctica siempre termina respondiendo a una concepción del poder, de la economía, del individuo y de la sociedad.
Eso aparece en las decisiones. En lo que prioriza. En lo que deja afuera. En lo que considera urgente y en lo que considera prescindible.
De hecho, la ausencia de un modelo declarado ya es, implícitamente, un modelo.
Ese modelo, aunque no se diga, organiza.
Y ese nuevo modo de gobernar puede tomar distintas formas.
A veces aparece como pragmatismo político. Se toman decisiones según la necesidad inmediata. Se actúa en función de lo que resuelve, de lo que funciona en el momento. La fidelidad doctrinaria pierde peso. Lo que importa es hacer. Resolver. Avanzar.
Otras veces se expresa como eclecticismo. Se mezclan elementos de distintos sistemas. Algo de liberalismo, algo de estatismo, algo de conservadurismo, algo de progresismo. Se toman piezas. Se combinan. Pero no hay pertenencia total a ninguna estructura.
También puede tomar la forma de un gobierno situacional. Cada problema se aborda según su contexto específico. No hay una teoría global que ordene todo. Hay respuestas parciales. Locales. Ajustadas al momento.
Y aparece, cada vez con más fuerza, la idea de post-ideología. Un concepto moderno que intenta describir gobiernos que dicen haber superado las grandes ideologías del siglo XX.
Pero yo creo que la post-ideología es, en sí misma, una ideología.
Porque negar la ideología no elimina la necesidad de sentido.
Cuando la doctrina deja de ser el eje, aparece otra cosa. La figura del líder. Su intuición. Su carisma. Su voluntad. Su forma de leer la realidad.
Ahí hay personalismo.
Y también aparece algo más inestable todavía. Un populismo líquido. Un modo de gobernar que cambia de discurso y de herramientas según el clima social. Que se adapta. Que se mueve. Que no sostiene una estructura doctrinal consistente, pero sí una gran capacidad de percepción del momento.
Hay algo filosóficamente interesante en todo esto.
Podría pensarse como una política experimental. Como navegar sin mapa. Como avanzar sin una teoría del destino. Guiarse por la experiencia inmediata, por la lectura del presente, más que por un horizonte previamente definido.
Pero ahí aparece una tensión profunda.
Un modelo demasiado rígido puede volverse dogmático. Puede cerrarse. Puede dejar de escuchar.
Pero la ausencia total de modelo puede derivar en improvisación. En dispersión. En decisiones sin coherencia.
Entonces la pregunta no es si existe o no un modelo.
La pregunta es otra.
Si hay, detrás de ese modelo —o de su ausencia— una visión humana.
Qué se entiende por libertad.
Qué se entiende por igualdad.
Qué lugar ocupa la dignidad.
Qué lugar ocupa la cultura.
El arte.
El progreso.
La verdad.
Porque incluso el caos, si se lo mira bien, termina teniendo una estética. Un orden. Y también una filosofía.
Nada es completamente vacío. Siempre hay una forma que organiza, aunque no se la nombre.
En definitiva, pienso que el pragmatismo es lo que hoy aplican quienes están a cargo de los destinos del mundo. No necesariamente porque lo hayan elegido de manera consciente, sino porque las cosas ya no están dadas como en el siglo XX.
Se ha perdido, de algún modo, ese universo de juicio. Ese sistema que ordenaba. Esa estructura que permitía interpretar.
Lo que antes eran marcos claros, hoy muchas veces quedan como formas puras. Como teoría. Como algo que pertenece a los libros.
Y los libros siguen siendo importantes. Pero no siempre alcanzan para comprender lo que está pasando.
Mientras tanto, los cambios son reales.
En el hombre individual.
En la sociedad.
Y se sienten. Se sienten como dolores de parto.
Algo está naciendo. Pero todavía no tiene forma clara.
El mundo, de alguna manera, se está pareciendo a sí mismo. Como si estuviera dejando atrás capas anteriores. Como si estuviera buscando su propia forma.
Y quizás, en ese proceso, sea necesario algo nuevo.
Nuevos filósofos.
Nuevos políticos.
Nuevos sociólogos.
Nuevas teorías.
Teorías que no repitan, sino que interpreten. Que no ordenen desde el pasado, sino que lean este tiempo.
Lo que está escrito en los libros no se pierde. No se descarta.
Pero no alcanza.
Sirve como punto de partida.
Como base.
Como memoria.
Pero no como respuesta final.
Y quizás ahí, en ese vacío que todavía no se llena, en esa tensión entre lo que ya no funciona y lo que todavía no aparece, esté empezando algo.
Algo que todavía no sabemos nombrar.
Pero que, tal vez, con el tiempo, podamos reconocer como un nuevo renacimiento.
