Por María José Mazocato.
Me fui, no porque quise, sino porque debía sobrevivir…
-Anónimo.
Hay palabras que incomodan. “Invasión” es una de ellas.
Porque decir invasión cuando hablamos de miles de personas cruzando una frontera puede convertirse rápidamente en una forma de deshumanizar. Pero también hay algo profundamente ingenuo en mirar lo que ocurrió en Ceuta y decir simplemente, “son migrantes buscando una vida mejor”.
No. Es bastante más complejo que eso…
Y justamente por eso hay que mirarlo desde la política internacional.
Durante las últimas horas, decenas de miles de personas cruzaron desde Marruecos hacia Ceuta por el Espigón del Tarajal en una entrada masiva que desbordó completamente la capacidad de respuesta de la ciudad. Las cifras oficiales españolas llegaron a situar el número en torno a 50.000 personas, mientras que el Gobierno de Ceuta elevó la estimación a 60.000. Cerca de 48.300 ya habían regresado a Marruecos. El episodio provocó despliegues extraordinarios de seguridad y movilización militar española.
Ahora pensemos un segundo en lo que significa eso…
Ceuta tiene poco más de 80.000 habitantes.
En cuestión de horas, ingresó una cantidad de personas equivalente a una parte enorme de su propia población.
Eso no puede ser tratado como una migración convencional.
¿Es una invasión?
Jurídicamente, no. Una invasión es otra cosa, ya que yace en un concepto asociado a una agresión territorial y militar. Pero políticamente, la palabra aparece porque lo sucedido excede cualquier flujo migratorio ordinario. Y porque cuando una frontera se abre de manera abrupta, masiva y aparentemente tolerada durante un determinado período, aparece una pregunta que nadie debería esquivar ¿quién abrió realmente esa puerta?
No alcanza con mirar al que cruza. También hay que mirar al Estado que está del otro lado.
Porque las migraciones masivas no aparecen de la nada. Se construyen lentamente. Se alimentan de pobreza, desesperanza, falta de oportunidades, inseguridad y ausencia de futuro. Una persona no abandona su casa, su barrio y su territorio porque Europa le parezca una postal bonita.
Muchas veces se va porque quedarse dejó de ser una opción.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones del sistema internacional, en donde los Estados que generan las condiciones que expulsan a su propia población no necesariamente asumen el costo político de esa expulsión.
El problema viaja.
La desesperanza cruza la frontera.
La pobreza cruza la frontera.
La crisis social cruza la frontera.
Pero la responsabilidad del Estado emisor parece quedarse atrás.
Y entonces el país receptor se encuentra obligado a administrar una crisis que no produjo. Eso es lo que vuelve a Ceuta mucho más que una discusión migratoria. Es una discusión sobre soberanía, poder y responsabilidad internacional.
Existe incluso un concepto utilizado en el análisis de Relaciones Internacionales: la instrumentalización de la migración. Es decir, la posibilidad de que los movimientos de población sean utilizados como una herramienta de presión política entre Estados.
Ceuta ya conoció algo parecido en 2021, cuando unas 8.000 personas ingresaron en apenas dos días durante una grave crisis diplomática entre España y Marruecos.
Por eso resulta imposible no mirar el episodio actual con memoria.
Y hay otra cuestión todavía más incómoda.
Gran parte de esas personas regresó.
No porque hayan descubierto que Marruecos se convirtió mágicamente en un lugar maravilloso donde las oportunidades sobran.
Regresaron porque del otro lado tampoco había una vida preparada para ellos.Porque cruzar una frontera no significa automáticamente encontrar un futuro. A veces significa solamente cambiar el escenario de la precariedad.
Y esa es quizás la imagen más brutal de Ceuta donde miles de personas arriesgan su vida para llegar a un territorio que simboliza una posibilidad distinta y, horas después, regresando al mismo lugar del que intentaron escapar. Entonces la pregunta deja de ser “¿por qué quieren entrar?” sino que ma pregunta se convierte aun mas profunda ¿qué tuvo que pasar para que quisieran salir?
Porque mientras Europa discute cómo cerrar sus fronteras, hay sociedades enteras que deberían preguntarse por qué sus ciudadanos quieren abandonarlas. Como Argentina… porque irse mas lejos que nuestra propia casa ¿no? porque elegimos mirar al norte, y pensar en una mejor vida, arriesgando todo, que quedarse y apostar a la patria. Lo hacemos porque ya no creemos en el rumbo del país.
Mientras España discute seguridad, Marruecos debería explicar qué sucede con una juventud que está dispuesta a jugarse la vida para cruzar una frontera.
Y mientras los gobiernos se señalan mutuamente, hay personas que quedan atrapadas en el medio.
Personas que dejan de ser personas.
Se convierten en cifras.
50.000.
60.000.
18 muertos.
41 muertos.
48.300 retornados.
Y detrás de cada cifra hay alguien que tenía un nombre, una historia y una razón para estar ahí.
Ese es el peligro.
Que terminemos discutiendo migración como si fuera una estadística y no el resultado visible de un sistema internacional profundamente desigual.
Porque las fronteras no solamente separan países. También separan oportunidades.
Y cuando un Estado no consigue construir un futuro para su propia sociedad, esa sociedad empieza a buscarlo afuera.
Ahí Ceuta deja de ser una crisis española.Se convierte en un problema internacional. Porque si un Estado puede expulsar —por acción, omisión o incapacidad— a miles de personas hacia otro territorio, ¿quién responde por esas personas?
¿El Estado que no pudo retenerlas?
¿El Estado que tiene que recibirlas?
¿La Unión Europea que protege una frontera?
¿O nadie?
Quizás el verdadero problema no sea que miles hayan intentado entrar. Quizás el problema sea que millones, en distintas partes del mundo, sienten que tienen que escapar. Y cuando escapar se convierte en la única política exterior que le queda a una sociedad, algo mucho más profundo que una frontera está fallando.
Ceuta no nos obliga solamente a discutir quién entra.
Nos obliga a preguntarnos quién está haciendo que tanta gente quiera irse.
Y esa pregunta, aunque incomode, es bastante más peligrosa que la palabra “invasión”.
