Ostracismo

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Por Daniel Posse. 

La cultura oficial no grita. No lo necesita. Su pedagogía más eficaz es el vacío, esa mudez administrativa que se arrastra por los despachos como un gas invisible.

En la antigua Grecia, el destierro se votaba con pedazos de cerámica, las óstraka, donde se escribía el nombre del peligroso, del molesto, del que amenazaba el orden de la polis. Hoy, la burocracia institucional ha refinado el método: ya no gasta arcilla. Lo decreta mediante el silencio de un teléfono que no suena, un proyecto que duerme el sueño de los justos en el fondo de un cajón metálico o un correo electrónico que jamás recibirá acuse de recibo.

El ostracismo moderno no te expulsa geográficamente del territorio. Te deja exactamente donde estás, parado en la misma vereda, pero te quita el aire. Te vuelve invisible.

Este mecanismo perverso encuentra sus víctimas predilectas entre los artistas y escritores críticos. Quienes se niegan a usar la palabra como un adorno de cortesía o el pincel como un aplauso al funcionario de turno son los que pagan el precio más alto. El escritor que desarma el relato oficial en sus textos y el artista plástico que expone las llagas de una realidad que la gestión prefiere maquillar se convierten inmediatamente en elementos radiactivos para la diplomacia del cóctel cultural.

No hay una pira pública donde quemar sus libros ni un decreto que prohíba sus muestras. Hay algo mucho más eficaz: la desconexión programada. Se los condena a una periferia silenciosa, un exilio dentro de su propia comunidad, donde sus nombres dejan de ser pronunciados en las reuniones de planificación.

Practicar la política del silencio es la estrategia más higiénica del poder cultural. Si los administradores del relato respondieran a estos creadores disidentes, si confrontaran con ellos, validarían la existencia del otro. Al responder, el poder otorga entidad y reconoce el estatus de interlocutor. Por eso calla. Al callar, anula.

El crítico, el artista disidente, el creador que formula la pregunta incómoda o se niega a aplaudir el simulacro no recibe una sanción abierta que le permita encarnar el papel de mártir o rebelde heroico. Recibe algo mucho más cruel y desmovilizador: la nada absoluta.

Su nombre desaparece de las listas de invitados. Su obra queda afuera de las carteleras de los teatros públicos. Se lo aparta discretamente del presupuesto oficial y de los escenarios financiados por el Estado. Es una muerte civil que no deja marcas visibles, un exilio intramuros en el que el desterrado camina por las mismas calles de siempre y cruza a los mismos funcionarios en las plazas, pero habita una dimensión paralela, una zona reservada para el descarte.

La cultura oficial lo suicida socialmente a fuerza de desatención y lo obliga a contemplar su propio fantasma errando por los pasillos de la gestión pública.

Frente a ese silencio institucional, frío y planificado, se ramifica otro mucho más oscuro y doloroso: el nuestro. Es el silencio del colega, del par, del que mira de reojo y calla para no perder su pequeño turno en el banquete de las migajas, su lugar en la próxima convocatoria, su taller financiado o su mención aprobatoria en el diario del domingo.

Al ver cómo se aísla al escritor indómito o al artista que no cede, el resto aprende la lección sin necesidad de manuales. La autocensura es el triunfo definitivo de la cultura oficial. Cuando el creador se convierte en comisario político de su propia obra por miedo a correr la misma suerte que los postergados, el sistema ya no necesita gastar recursos en vigilar.

El miedo a quedar afuera, a ser empujado mediante un gesto imperceptible hacia los márgenes del circuito, domestica las voluntades antes de que alcancen a articular la primera queja. Nos volvemos cómplices de nuestro propio entierro, cuidando el nicho para que no nos saquen.

Fuga es, en el fondo, el intento desesperado de escapar de esa parálisis, de saltar el cerco de la indiferencia programada. Pero ¿cómo se huye de un enemigo que no te persigue y simplemente actúa como si no existieras? ¿Cómo se combate contra la nada?

Escribir sobre el ostracismo es raspar la laca del discurso bienpensante y bien peinado para demostrar que aquello que el poder calla constituye, en realidad, su confesión más impúdica. El silencio de la cultura oficial frente a los artistas y escritores críticos no nace de la timidez, la falta de presupuesto o la torpeza de una agenda. Es la soberbia de saber que el tiempo, el cansancio y el olvido casi siempre juegan a su favor.

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